Cartas al director
Afrodita nacarada
Esclavos de nuestras palabras, lo somos. Me refiero a un caso actual, el de una actriz española muy laureada y nominada a un Óscar hollywoodiense por su papel protagonista. Nos ha sorprendido en presentaciones glamurosas, apabullantes promociones de su película y felicitaciones intergalácticas y en esas imágenes, si la observamos con detenimiento, parece recién emergida de las aguas envuelta en delicados tules como una Afrodita nacarada, muy bella.
Estos días, cuando suenan los timbales percutidos de los Premios Oscar, tras desvelarse unos desafortunados tuits escritos por esta actriz hace cinco años, en los que con la excesiva verborrea que la caracteriza califica sin consideración y miramiento alguno a personas y colectivos, los reproches y vituperios contra ella se han desbordado con tal rapidez que, al igual que las hienas devoran hilarantes a su presa sin piedad, los medios ya la han castigado inmisericordes. La gran mayoría de aquellas manos amigas se han convertido en sus mejores enemigos. Dicen que el entorno de la película por ella protagonizada le ha dado la espalda, mejor dicho, la ignora como si no existiera.
Ella ha optado por pedir perdón y, en segundo lugar, por guardar silencio y dejar que la película hable en su nombre