Cartas al director
Patriotas
He participado esta semana en una iniciativa del Memorial de Víctimas del Terrorismo en Vitoria: la presentación del libro de Manuel Sánchez Riera, en torno al ataque de un equipo del CNI en Irak, en noviembre de 2003. Quien se salvó de aquella matanza cruel, expuso que le ha costado mucho tomar esta decisión literaria. Yo me alegro mucho de que finalmente la haya acometido. La interpreto como un homenaje en toda regla, a sí mismo en su proceso de sanación. Un culto a las víctimas que allí perecieron; a sus familias; a sus compañeros profesionales, a quienes tanto afectó. Una muestra a la propia institución, tan necesariamente parca a la hora de ofrecer respuestas y explicaciones.
Cuando ingresé en las Fuerzas Armadas, hace ya un tiempo, creí percibir que las dotes personales y colectivas, que el arrojo en el servicio podían incluso trascender la propia vida. Mediado el tiempo, ese fervor ha ido evolucionando y menguando en mi caso. Han contribuido excepcionalmente a ello episodios tales como poner a la institución a los pies de los caballos, solo por el mero propósito de tratar de salvaguardar un falso prestigio individual y/o partidista, por muy presidente de quien se trate. O aferrarse al crédito profesional del CNI, para limar tristes cuitas personales, por muy alta autoridad que se vea afectada. Qué franco contraste el de semejantes carcomas, con el dechado de frescura, entrega y profesionalidad que atribuimos a los miembros del CNI. Sois vosotros quienes dotáis de alcance a la sigla. Sois vosotros de quienes nos sentimos orgullosos, convencidos de que bien merecéis la pena.