Cartas al director
¿Quién quiere ser profesor?
Como directivo de un colegio grande, constato cada año la misma paradoja. Desde mediados de agosto, las familias suspiran porque llegue septiembre y los niños vuelvan al colegio: así se ve en las redes sociales y en cada una de las playas españolas. Sin embargo, al poco de comenzar las clases –y a veces antes–, aparecen las quejas: «mi hijo no quiere estar con estos compañeros», «no le gusta el profesor que le ha tocado», «no conoce a nadie en su clase». Situaciones vividas como verdaderos dramas familiares.
El trasfondo no es el colegio, sino una cuestión más profunda: la dificultad creciente para educar en los límites. La vida no siempre se acomoda a nuestros deseos y aprender a aceptarlo es parte esencial de la madurez personal. Pretender que un niño solo esté rodeado de los amigos que elige, o que siempre tenga el profesor «perfecto», es condenarlo a la frustración cuando se enfrente a la realidad de la vida adulta.
Sorprende, además, que incluso los padres organicen su vida social en torno a los grupos de WhatsApp de clase. Cambiar de grupo parece una tragedia. ¿Qué mensaje damos entonces a los hijos? ¿Qué prioridad ocupa de verdad el colegio: la educación integral de los niños o la comodidad de las familias?
Necesitamos recuperar la confianza en la escuela y en los docentes. La misión de un colegio no es garantizar que cada niño viva en una burbuja hecha a medida, sino ofrecerle una comunidad diversa, con retos y aprendizajes que le ayuden a crecer. Y la misión de los padres no es preparar la vida para sus hijos, sino preparar a sus hijos para la vida.
Educar exige cariño, sí, pero también tenacidad y límites. Tal vez el inicio de curso sería menos traumático si lo viviéramos con menos dramatismo y más realismo y sentido común.