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Cartas al director

El escritor y poeta Antonio Rivero Taravillo y la vida

Conocí a Antonio en los pasillos de la Universidad de Sevilla, de la antigua Fábrica de Tabacos, quizás el último año de los setenta del pasado siglo, en circunstancias propias de tan singular momento político. Pocos días antes de morir, Antonio publicaba el artículo «Aborto y toros», abordando la hipocresía de quienes se declaran antitaurinos y protectores de la vida del toro, «pero defienden el sacrificio de los fetos en ese otro ruedo que es el vientre de una mujer encinta». Cuando lo publicó, Antonio se sabía herido muy gravemente de una muerte que le amenazaba desde hacía meses y que le reclamaba con urgencia. Y quizás debido a esta fatal inmediatez es por lo que dedicó sus últimas palabras escritas a ser voz de los sin voz, de los más inocentes entre los inocentes. A la defensa de una causa tan noble, pero marginada y despreciada hoy, como es la de aquellos que ni nombramos, porque nunca tuvieron nombre. De aquellos a los que, en nuestro entorno cultural, que se sigue llamando cristiano, resulta de mal gusto recordar y hemos condenado al silencio eterno sin dejarles escapar siquiera su primer gemido. Antonio se nos fue discretamente como era él, dejando, además de su importante obra literaria, una vida fecunda en amigos y generosidad. Su muerte, como la de todo hombre bueno, nos interpela a ser mejores.