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Cartas al director

Asesinos sueltos

Sabemos que no debería sorprendernos, que ya son cerca de cien los sicarios de la mafia etarra beneficiados por el infame pacto del Gobierno con el terrorismo nacionalista vasco. Ahora sabemos que fue un pacto entre malhechores, unos con corbata y otros con capucha, pero igual de desalmados. Unos fueron juzgados y condenados, otros esperan –esperamos– la acción de la Justicia. Recientemente dejó su celda un tal Azpiazu, al que apodan Cheroqui. Apenas ha cumplido 17 de los casi 400 años de cárcel que la Justicia le impuso por sus crímenes, y ya está en la calle de lunes a viernes. Bajo la capucha, su siniestra mirada es el espejo del alma que le habita, y lleva colgada una mochila repleta de asesinatos, amenazas, extorsiones… Todo el horror que un capo de la maldita banda es capaz de cargar a sus espaldas.

Ni asomo de pedir perdón, ni hablar de colaboración. Pero, ¿qué son 370 asesinatos sin resolver frente a los cinco votos de Bildu que le dan el poder a un ególatra? Hay que pasar página, nos dicen que ETA ya no existe, incluso puede que nunca haya existido, dado que quieren sacarla de la lista de grupos terroristas de la UE. ¿Y el dolor de las víctimas? Eso no cuenta, y es que el cínico que nos gobierna está incapacitado para sentir el dolor ajeno. Nos queda aguantar la náusea de verle humillarse ante una tal Aizpurúa, la diputada que fue condenada por enaltecer el terrorismo y que hoy se jacta de que «un escaño de Bildu manda más que el principal partido del Congreso». A esta aberración hemos llegado desde que otro presidente puso al Estado a negociar con asesinos. Malditos sean y malditos los que los sueltan.