Cartas al director
Tejer y destejer palabras
De eso trata la poesía, de tejer cuidadosamente las palabras evitando la formación de nudos o, lo que es peor, que se rompan los hilos mientras se trenza la obra. Se asemeja al trabajo de un orfebre por su meticulosidad, por el sumo esmero a la hora de encajar la palabra apropiada en el lugar adecuado del verso, ni una más ni una menos. Ha de quedar una composición armoniosa, bella, que discurra obedeciendo el ritmo y el gusto de su creador.
Cada 21 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Poesía, así que en ciudades y pueblos lo celebramos con numerosas actividades de todo tipo, encuentros y recitales en torno a ella. Bien está. La poesía busca la belleza a través de la expresión de sentimientos y emociones universales: amor, odio, tristeza, miedo, alegría, melancolía y un larguísimo etcétera. En verdad, es un género minoritario, tanto por el número de escritores que lo practican como por sus escasos lectores y, sin embargo, ¿quién no recuerda haberse estremecido al escuchar o leer un poema? ¿Quién no ha soñado alguna vez con la mar anhelada de Alberti o la pupila azul de Bécquer? Me atrevo a asegurar que, cuando la fuerza de un verso te agarra, no te suelta jamás y su sombra te acompaña por siempre.
Ahora que nos visita Flora, diosa romana de la primavera, arrojo un ramillete de versos de grandes poetas como retazos de sus vidas. Yo no sé lo que busco eternamente en la tierra, en el aire y en el cielo (Rosalía de Castro). Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde (Jaime Gil de Biedma). Llegué al dolor por la alegría (José Hierro). Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa (Santa Teresa de Jesús). Hoy es siempre todavía (Antonio Machado). Pura delicadeza.