Cartas al director
En quién estaré yo pensando
Según la primera acepción en el diccionario de la RAE, «democracia» es «el sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes». Por tanto, los políticos ejercen una representación pública, que conlleva una responsabilidad democrática. Los cargos públicos deben entender la trascendencia política y social que tienen sus acciones, más allá de su vida personal.
Se da la curiosa circunstancia de que muchos políticos ya no sólo no representan la voluntad del pueblo, sino que utilizan su cargo para su propio beneficio, y no se les mueve una pestaña.
Un político que se vea envuelto en el más mínimo escándalo debería dimitir, aunque sólo fuera por salud democrática, más cuando el escándalo es por haberse beneficiado, él o su familia de un puesto que se le ha asignado para representar y servir a la ciudadanía.
Que un político siga aferrándose al cargo cuando estas cosas suceden, además de vergonzoso es absolutamente ilegítimo. Si tuviera la más mínima dignidad y decencia debería dimitir. Quizás precisamente porque no tiene dignidad ni decencia, ni honra, ni nobleza ni decoro, está cometiendo las fechorías que comete y por eso no se va. Y no hablo de ningún político en concreto sino –y por desgracia– de una inmensa y miserable mayoría. (Aunque a todos se nos venga el mismo a la cabeza).
Las personas que ocupan cargos públicos deberían ser conscientes de que los ciudadanos no estamos a su servicio, sino al revés. Pero esto no les entra en la cabeza, sobre todo, cuando hay ciudadanos que se sienten siervos de su «amo». Y mientras eso no cambie, el «amo» seguirá ejerciendo su tiranía. Y tan «pichis».