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Cartas al director

Vuelva usted mañana... o mejor no vuelva

Se ha establecido una forma de vida que solo parece estable porque consiste, precisamente, en no estabilizar nada. El país no cae ni se levanta: permanece, que es forma más grave de inmovilidad, en una oscilación discreta entre el deseo de ser y la costumbre de no llegar a serlo.

La política ha perfeccionado aquí el arte de administrar la espera. Se promete con solemnidad, se rectifica con elegancia, se posterga con método. No hay proyecto, sino continuidad; no hay rumbo, sino inercia cuidadosamente vestida de debate. El ciudadano asiste, paciente, a una representación cuyo único argumento es el aplazamiento del desenlace.

Mas no sería justo cargar toda la culpa sobre quienes mandan, pues el sistema descansa también en la colaboración discreta de quienes obedecen sin exigir demasiado. Se discute lo accesorio con ardor, se ensaya la indignación con precisión de espejo y se olvida con idéntica rapidez. Se opina como quien respira: sin esfuerzo y sin huella.

La envidia, institución antigua que no ha conocido decadencia sino refinamiento, regula la convivencia con más eficacia que muchas leyes. No necesita grandes desigualdades: le basta el leve resplandor ajeno para activarse con exactitud. El mérito se contempla con recelo, la excelencia con sospecha, y la mediocridad se celebra como refugio común donde nadie destaca y todos se consuelan.

En medio de ello, el ciudadano cultiva una inclinación casi artística por lo trivial. Se entrega con entusiasmo a lo que no importa y vuelve el rostro, con elegante desgana, a lo esencial. Hay en ello menos ignorancia que voluntad de no saber: una pereza lúcida que prefiere el ruido a la sustancia.

Y así transcurre la vida pública y privada: entre promesas que no llegan a cumplirse y decepciones que apenas llegan a doler. Todo se disuelve en hábito, y el hábito adquiere forma de destino. El resultado es una obra sin desenlace, sostenida únicamente por la inercia de su propia repetición.

Porque en el fondo todo ocurre como en cierta oficina de paredes gastadas y luz indiferente, donde los expedientes no se resuelven: se acumulan. El empleado no niega, no afirma, no decide; archiva. El tiempo no pasa: se sella. Y el ciudadano, tras una breve esperanza, aprende la más útil de las lecciones administrativas: que la vida no se niega ni se concede… se pospone.

Y así, al salir de esa casa de ventanillas eternas, con el papel aún caliente de ninguna solución, se comprende por fin el sentido último de toda la nación:

Vuelva usted mañana… o mejor no vuelva.

Sergio de Fuente

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