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Cartas al director

El juez Peinado va en autobús

Sí. Lo vimos un dieciséis de junio. Sale de trabajar. El día de la imagen, un quince por la tarde, le fue algo mas intenso.

Espera su turno bajo la marquesina, levanta su mano al unísono de alguien que le sigue en la cívica cola, que como nuestra inmensa mayoría, regresa a casa tras desarrollar la actividad para la que está capacitado y le procura el sustento.

Decidir en un procedimiento con nombre y apellidos pero no como el de otros tantos. Sometimiento permanente a la treta, ardid, enredo, embrollo, lío, complot, confabulación, maquinación, contubernio y maniobra para amilanar. Esto le es nuevo. En puridad, no lo vio venir. Sin embargo, ahí permanece.

Reconsideremos. Ese medio de transporte permite lujos solo al alcance del usuario: libera del transporte privado –y de su comorbilidad–, posibilita pisar la calle –no todos pueden– y mirar, para ver, que conmigo otros también disponen de un espacio, su respetable espacio, que permite libremente momentos de reflexión.

Somos transportados en compañía de seres únicos con los que, si hemos coincidido antes, volverán a serlo en una identidad que como ficción continua creamos para darle sentido a nuestra vida; y si no ha sido así, cumplirá con el logro clásico del thaumazein, base peripatética del conocimiento, que se practica paseando.

Muy bien. Veamos cómo se comportan ahora los patéticos.

Opciones de transporte. No público, no privado, no oficial; vehículo de representación con sus características y servicio armado de protección.

Cita bien definida. Horario de jornada complementaria y no ordinaria, fuera del cálculo de las reglamentadas laborales y cotizables.

Acceso a parking. Ya se sabe que a esa hora encontrar aparcamiento está imposible.

Días después las medidas cautelares al uso. Calígula se lo apropió: oderint dum metuant.

Félix José Martín Gallardo.

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