Cartas al director
La celebración del monarca
Era 1999. Un príncipe sustituye al rey finado. Desde entonces hasta hoy es celebrado.
Recepciones y encomiables. Pero es buen día, también, para actos destacables. Y de que manera.
La elegida: nuestra Ceuta «la ocupada». Punto de partida: la que fue Castillejos. Niños, por doquier, con todo dispuesto, se les manda a nadar. Unos saben menos que otros y, de aquellos, al menos innumerables, no vuelven a ninguna orilla pisar. Lo demás lo visto, lo cotidiano, la paradoja temporal: volver a la realidad.
Muy bien. Frente por frente, en el Real Club Náutico de Algeciras, el nuevo cónsul general del rey agasajado, con el que va hilvanando con fino hilo un ñandutí, sirve a cielo abierto causas y respuestas.
Bandera e imagen del rey al que representa. Ausencia de las mismas del país que le acoge: antes sí y ahora no. Acude la subdelegada en Cádiz y la representante de la Administración General del Estado. No acude la Junta de Andalucía. No acude el Ayuntamiento de Algeciras. Tampoco el presidente de la Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras.
El Cónsul habla de colaboración, justicia social, del Sahara marroquí. De los niños muertos ese mismo día, un silencio presente. Ausente estuvo el primer teniente de alcalde, que no lo avisó y el cónsul general no reparó pero la palabra le dio. Actos destacados, errónea mención, dolientes ausentes y occisos olvidados.
Tres grandes romanos. Publio Cornelio Escipión «el Africano» a Aníbal en Zama: «aut pugnas aut nos vinces». Marco Antonio, coetáneo de Cristo, por Plutarco, tras perder Accio, «no busquéis más mi ruina, pues está ya consumada». Julio César, tras la batalla de Zela: «veni vidi vici» y tras cruzar el Rubicón: «alea iacta est».
Siempre se puede empeorar. Nunca hubo otra ocasión.