Cartas al director
Dejar a la gente en paz
Hay una forma de egoísmo invisible y cobarde que se disfraza de afecto. Es entrar en la vida ajena, despertar una ilusión, buscar compañía y, cuando el otro ya ha abierto la puerta, marcharse sin haber sabido qué se buscaba al otro lado.
Conocí a alguien que apareció y desapareció de mi vida con la ligereza de quien no entiende el peso del tiempo ajeno. Cada regreso parecía prometer una redención, una forma distinta de hacer las cosas. Hubo conversaciones largas, miradas cómplices y esa esperanza silenciosa de que, tal vez, esta vez sí. Yo no pedía promesas; solo sinceridad. Quería saber desde qué lugar me hablaban.
Con el tiempo comprendí que el problema no era mío, sino de una incapacidad ajena: la de sostenerse a uno mismo antes de pretender habitar a los demás.
No siempre se hiere por maldad. A veces se hace por miedo, egoísmo o por la necesidad de sentir que alguien espera mientras uno sigue vagando a la deriva. Pero una herida no necesita ser intencionada para doler. Y es injusto exigir a otra persona que soporte nuestras contradicciones.
Quizá deberíamos aprender a marcharnos antes siquiera de tocar la puerta. Porque al otro lado hay alguien que respiraba en paz antes de nuestra llegada, alguien que no nos exigió nada y, aun así, confió. La confianza es un territorio sagrado que merece, como mínimo, honestidad.
No se vale entrar y salir como si el tiempo de los demás fuera un vestidor gratuito. Puedes cambiar de opinión o no estar preparado, pero mantener una puerta entreabierta mientras juegas a la deriva es una forma de soberbia emocional.
Si no sabes lo que quieres, dilo. Si no vas a quedarte, ten la decencia de no entrar. Dejar a la gente en paz no es solo respeto hacia los demás: también es dignidad propia.