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Cartas al director

Idiotas

Resulta que hay una manera bastante sencilla de saber cuándo la sociedad empieza a considerarte mayor: cuando comienzas a recibir mensajes sobre el cuidado de la próstata, medicamentos para la memoria, ejercicios para combatir la flacidez de los músculos o tratamientos milagrosos para la caída del cabello, aunque, en mi caso, esto último ya no tiene remedio.

Al final, todo se reduce a vender. Incluso los medios de comunicación han aprendido que, para transmitir una noticia, ya no basta con contar lo que sucede; hay que conseguir que alguien quiera escucharla. El resultado es una sociedad en la que dos personas pueden sentarse delante de un televisor para ver las mismas noticias y levantarse con dos versiones completamente diferentes. Y en política ocurre exactamente lo mismo: quienes ganan hoy las elecciones son los mejores vendedores. En Alemania, por ejemplo, las acaba de ganar un comercial de sustancias aromáticas y accesorios perfumados.

Tomemos el ejemplo de Ceuta. Según los medios oficiales, estamos ante una emergencia humanitaria y, por supuesto, ante una conspiración de la internacional ultraderechista reaccionaria. Ya sólo les falta la manera de implicar a Franco.

Ahora bien, hay determinadas cosas que resultan difíciles de manipular. Que este es un Gobierno ineficaz e incompetente y que, si no miente más, es por falta de tiempo, es algo que ya pocos ponen en duda. Y puede que siga intentando vendernos que, mientras Sánchez buceaba en las cálidas aguas lanzaroteñas, estaba ocupándose de la invasión. O que Israel, Trump y Rusia estuvieran detrás del asalto y que Marruecos no hubiera tenido nada que ver, pese a las imágenes de agentes marroquíes dirigiendo la marea humana.

Pero hay un problema con este relato: mientras miles de personas sin identificar deambulen a sus anchas por la ciudad, haciendo insoportable la convivencia, resulta difícil sostener que todo está bajo control o que se está haciendo todo lo posible para solucionarlo.

Y puede que sí, que efectivamente nos estemos haciendo mayores. Pero hacerse mayor no implica hacerse idiota, aunque algunos se empeñen en demostrar lo contrario.

Luis Asenjo Pérez

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