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Cartas al director

Mala educación en el cine

Este año estoy yendo mucho al cine. En todas las ocasiones me ha sucedido lo mismo: mientras yo llego con antelación suficiente a la sala para encontrar mi asiento y esperar a que apaguen las luces mientras vacío mis palomitas, más de la mitad de la sala opta por lo contrario: llegar tarde (muy tarde, los más valientes) y utilizar la linterna del móvil para buscar su asiento y, de paso, deslumbrar a los espectadores puntuales.

Lo peor es, sin lugar a dudas, la linterna del móvil a discreción. Los únicos perjudicados con eso son aquellos pobres espectadores que ven cómo su puntualidad es castigada con unos segundos de absoluta ceguera. Y encima no les puedes decir nada, porque por norma general el que es maleducado para hacer eso, lo es para responderte si se lo haces saber.

Una vez los impuntuales han encontrado su fila, queda encontrar su asiento. Hace poco coincidí con una pareja que fue preguntando uno a uno de los que estábamos en mi fila cuál era el número de nuestro asiento, como si fueran aleatorios y no siguieran una numeración matemática. Todo esto ocurrió durante los primeros minutos de película.

Este año he ido bastante al cine y con desesperanza asumo que este es el destino al que está abocado. Al final esa impuntualidad y haces de luz blanca son reflejo de una sociedad donde cada uno piensa en sí mismo. La contrapartida es que toda esa gente ayuda a llenar salas, lo que siempre será algo bueno.

Si fuera rentable, tal vez los cines impedirían el acceso a sus salas 5 minutos después del comienzo de las películas, como en el teatro. Me temo que eso no va a suceder. A pesar de mi queja, seguiré acudiendo a mi cita semanal con el séptimo arte.

Lidia Barrios Martín

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