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VertebralMariona Gumpert

Hable bien

¿Cómo comprender nuestra propia historia sin saber de cristianismo? La Reconquista, el espíritu evangelizador de la conquista de América, el porqué y las consecuencias de Trento y de la Contrarreforma. ¿Cómo disfrutar plenamente a Velázquez, el Greco, Zurbarán o Murillo?

Hace unos días, un articulista del diario monárquico por excelencia –el del semanario Alfa y Omega, sí– comenzaba su escrito con una blasfemia grosera, sin despeinarse. No la reproduciré aquí, dejémoslo en que, en lugar de decir «esto es una auténtica barbaridad», lo que hizo fue tachar de meretriz a la Sagrada Forma. No trato con esto de censurar al compañero, más bien lo contrario: hace tiempo que he constatado que la mayoría de personas de cuarenta años para abajo ni siquiera saben a qué hace referencia la palabra 'hostia', seguramente es su caso. Está tan extendido su uso como palabra malsonante que ya tiene entidad propia, como cuando un adolescente dice que ha «colgado» el teléfono (móvil), sin saber realmente a qué hace referencia. Por cierto, incluso entre algunos católicos se asume como algo natural la distinción entre 'hostia consagrada' y 'hostia' interjección, en una reedición moderna de la restricción mental jesuita.

Falta educación. No me refiero –todavía– a la de intentar ser correcto al hablar, sino a algo más elemental: educación religiosa. Es la culpable de que la mayoría de gente que utiliza la palabra «hostia» como palabra malsonante no sepa siquiera por qué suena mal, valga la redundancia. La educación religiosa es fundamental, al margen de las creencias personales de cada uno. Sin nociones suficientes –doctrinales, filosóficas e históricas– uno ignora que la doctrina de la dignidad humana universal comienza con el cristianismo («ya no hay judío ni griego», San Pablo), que la distinción entre poder político y religioso nace del mismo evangelio o que el concepto de libertad de conciencia surge con los mártires. ¿Cómo comprender nuestra propia historia sin saber de cristianismo? La Reconquista, el espíritu evangelizador de la conquista de América, el porqué y las consecuencias de Trento y de la Contrarreforma. ¿Cómo disfrutar plenamente a Velázquez, el Greco, Zurbarán o Murillo? ¿Con qué ojos se pueden ver así las catedrales o leer la literatura del Siglo de Oro español? Es natural que tengamos, así, poco orgullo de nuestra propia historia, ¡si no estamos en condiciones de apreciarla! Y no sólo la española, por supuesto. Un ejemplo rápido: Dante, Milton, Dostoievski, Tolkien. La Capilla Sixtina o Santa Sofía, entre muchas otras.

Y, ahora sí, hablemos de educación como conjunto de normas que hacen la vida más agradable al prójimo, y que es algo que va más allá de evitar utilizar palabras malsonantes. La forma condiciona el fondo. Y viceversa. Siempre. Una de las normas de higiene mental que se aconseja a quienes trabajan en o desde casa es hacerse la cama, darse una ducha y vestirse, algo que también se recomienda a personas con depresión. El cuidado exterior facilita el cuidado interior. Ocurre con todo, también con las formas y modos que tenemos al expresarnos. Orwell afirmaba que el lenguaje descuidado facilita el pensamiento descuidado y viceversa. Si usted es de soltar tacos, pruebe a sustituirlos por otras expresiones. Verá que no resulta tan sencillo al principio.

Al fomentar un lenguaje respetuoso no sólo mostramos deferencia hacia los demás sino que, además, nos respetamos a nosotros mismos. Al elegir hablar con educación nos elegimos como personas educadas que piensan que los demás merecen un respeto. Y todo eso moldea una mentalidad y una cultura. Desde lo más pequeño a lo más grande. Cosas en apariencia tan sencillas como ceder el asiento o no hacer ruidos innecesarios tienen impacto. Si no tienes la mala costumbre de arrojar desperdicios al suelo le ahorrarás trabajo innecesario al empleado encargado de limpiar las calles. Y, conforme vayas acumulando este tipo de gestos, los conviertas en un hábito –¡los habites!– más complicado te resultará sustraer un paquete de folios en el trabajo o aparcar empleando dos espacios porque te da miedo que te rayen el coche, por poner un par de ejemplos tomados al azar.

Nos hemos quejado mucho de las salidas de pata de banco de Puente, sobre todo de las perpetradas en twitter, donde tiene bloqueada a media España. El ministro de Transportes ya no está, pero quedan muchos otros. Recordemos, entonces, a San Agustín: «Los tiempos son malos, son difíciles, dice la gente. Vivamos bien y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos: como somos nosotros, así son los tiempos.»

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