Una dimisión que no pide perdón sino que amenaza: «Volveremos a hacerlo»
La única conclusión al respecto que puede afirmarse es que es dimisión puede ser cualquier cosa, excepto limpia y por las víctimas. A lo que se ve y parece van a intentar instrumentarla, como si no hubiera sido obligada, lo único posible y a lo que se ha resistido de nuevo como un mulo
Después de pasarse la semana enrocando en que no lo haría, apoyado por su amo Sánchez y la bandada mediática, Óscar Puente culminó el sainete dimitiendo en directo para el telediario, aunque según él mismo lo hacía en diferido porque era lo que tenía decidido desde el primer momento. Lo hizo sin pedir perdón alguno y más bien exigiendo que se le dieran las gracias y le estuviéramos agradecidos todos por haberlo hecho, incluidos los familiares de los muertos de Ademuz y Urda y hasta también los muertos mismos. Porque si, como le dijo Rufián al oído para que nadie lo oyera, «has sido un gran ministro», solo faltaba la coletilla de añadir que «solo» había matado a 116 viajeros.
Travestirlo de verdugo y apestado a victima y héroe es la próxima escena. Ya empezaron a abrazarlo allí mismo y nadie se extrañe que lo veamos convertido en estrella mediática y paseado por mítines y televisiones, comiéndoselo a besos y dedicado ya a tiempo completo a insultar a los rivales y ocupar el puesto encomendado en 2023 a Zapatero. Resultaría tremendo pretender que resulte más perdonable un muerto que un zafiro y la posibilidad resulta alucinante incluso para ellos. Pero, ¿quién se atreve a descartarla dada la calaña ya exhibida sin pudor alguno y la desesperación imperante?
Para ello ha de establecerse primero que la dimisión, de por sí inevitable y sin remedio, ha de considerarse como redentora y reparadora. Lo ha dicho de inmediato el gurú y guía espiritual, Redondo, y que al hacerlo, Puente no solo ha pagado todos sus pecados y alcanzado la indulgencia plenaria, sino que amen de ello él es en realidad el pobre sufridor que no tenía en lo sucedido responsabilidad alguna y que se ha inmolado por el interés de todos y sin tener motivos. Ese es el relato que van a intentar colocarnos. Y supongo que suponen que con ello lo taparán todo y que todos los descarriados volverán al redil y al voto. Pero para ello, aunque les sobren razones para creer que pueden conseguirlo, la credulidad debería alcanzar categoría de obnubilación absoluta, desmemoria total y abducción irreversible. No lo descarten.
Siguiendo por esa cuerda, la bandada papagaya, la que le instaba a no dimitir, ha comenzado de inmediato a loarle con frenesí por haber hecho lo que pedían un instante antes que no hiciera y poner con ello la maquinaria de la agitación y la propaganda en marcha.
Pero el «relato», o sea la sarta de mentiras enjaezadas, está preñado de contradicciones a cada paso. De creer su alegato final, de autoamnistía y autobombo, durante todos estos días les ha estado engañando a ellos, incluido a Sánchez y riéndose de todos nosotros y la pantomima la ha perpetrado, escrito y representado él solito. Es algo poco creíble esto dada su absoluta sumisión al «puto amo». Cabe más por los antecedentes que Sánchez lo decidiera a la vista del desplome del voto y lo prepararan juntos y el acatara la instrucción y perpetrara el teatrillo. Objetivo. Impedir el descabello final a la campaña, antes de empezada, dar un «ejemplo de responsabilidad y dignidad» e inmolarse como «víctima», algo que comenzó a hacer desde el primer instante a lo que se añade su renuncia a ir en la lista al Congreso. Puro cálculo electoral y partidista que cuadra con sus primeras palabras en Atocha de que para él antes que nada y de todo, de las víctimas, de la verdad y de todos nosotros y nuestra seguridad y vida, están Sánchez y el partido. Todo es raro, raro, raro y no cuadra nada. Desde las primeras palabras de Puente hasta las últimas.
¿Avisó él diez minutos antes a Sánchez o fue al revés y fue de Moncloa de donde llegó la orden de coger la carpeta roja? ¿Fue todo algo montado desde hace días e impostado para causar más impacto con la sorpresa final? ¿O no tuvieron más remedio porque tenían el agua al cuello? ¿O ambas cosas?
La única conclusión al respecto que puede afirmarse es que es dimisión puede ser cualquier cosa, excepto limpia y por las víctimas. A lo que se ve y parece van a intentar instrumentarla, como si no hubiera sido obligada, lo único posible y a lo que se ha resistido de nuevo como un mulo. Nueve meses atrás cuando Adamuz y durante una semana tras Urda. ¿Van, encima, a intentar convertirlo en un mártir y un activo electoral por ello?
Pues eso parece y así lo ha anunciado Sánchez convirtiendo la dimisión en una terrible amenaza con una frase que hiela el alma: «Lo ha vuelto a hacer, lo volveremos a hacer».
¿El qué? ¿Conseguir volver a sumar en menos de un año otros 116 muertos en las vías de los trenes? Porque esa es su legado y su herencia, el hundimiento, el desprestigio y el miedo a lo que antes de que ellos lo tomaran era nuestro orgullo y nuestra mejor imagen en el mundo. No podemos olvidar, no podemos fallarles a los muertos, a nuestros muertos, pues lo son de todos y podíamos haber sido cualquiera de nosotros.
En su memoria y por justicia, tenemos el deber de sepultarlos políticamente para siempre en las urnas a ambos y al sanchismo. El 29-N es la cita, la que decidirá nuestra historia y nuestro futuro.