Sánchez y Puente, desaparecidos y con miedo a las víctimas
No poder acudir a un funeral con los damnificados es la prueba definitiva de la catadura del Gobierno
La ausencia de Pedro Sánchez y de Óscar Puente en los dos funerales oficiados ayer, en Huelva y en Madrid, es la prueba inapelable de su responsabilidad y de su inhumanidad en los sucesos que han conmocionado a España y exhibido las impúdicas consecuencias de una gestión del Estado y, particularmente, de un servicio tan esencial como el ferroviario.
Que el presidente del Gobierno y su delegado en Transportes no se puedan acercar a la ceremonia donde se recuerda a las víctimas y se abraza simbólicamente a sus seres queridos es vergonzoso, sin duda, pero también indiciario de la situación que vive el país, con unos gobernantes percibidos más como parte del problema, cuando no causa de él, que como remedio, antídoto o bálsamo de él.
Sánchez no se ha presentado porque no podría hacerlo sin recibir una ostentosa reprobación, y su ministro tampoco por las mismas razones. Pero eso no puede tomarse a beneficio de inventario, sino como una prueba de cargo contra su nefasta gestión y su distancia de la sociedad a la que, supuestamente, representa y sirve.
¿Qué tenía más importante que hacer el teórico representante de los ciudadanos que estar con los que sufren, darles consuelo y ofrecerles en persona la compensación anímica, institucional y pública que merecen? ¿Y cómo es posible que un ministro capaz de sostener que todo se hizo bien y que, en resumen, la tragedia es consecuencia del infortunio, no se atreva a sostener esa postura ante quienes más necesitados están de respuestas?
La fuga de Sánchez es una ignominia, que se completa con su desplante al Senado, probablemente ilegal, y con la inmoral comparecencia en él del ministro Puente, que debería haber dejado de serlo hace ya días sin en España siguiera vigente el sentido de la responsabilidad y de la empatía política.
Porque si el presidente sigue paradero desconocido, incapaz de salir a la calle sin sufrir su reprobación más intensa, su delegado es un obsceno manipulador, incapaz de dimitir con un ápice de decencia.
Que los mismos que han calificado directamente de criminales a otros adversarios cuando padecieron catástrofes menos previsibles se hagan ahora los dignos y achaquen al destino los efectos letales de sus negligencias es insoportable. Y que pese a las evidencias de todo ello pretendan colocar un relato alternativo incompatible con los hechos, ofensivo para las víctimas y ajenos a los urgentes remedios, les retrata a título político y personal.
España no se merece un Gobierno que mienta, manipule y sea gélido con los damnificados por su incompetencia. Y mucho menos a unos dirigentes cobardes, en paradero desconocido y con un cordón de seguridad para alejarse, nada menos, de los que sufren, lloran y claman por las vidas perdidas de los suyos.