Quien debe dimitir ya es Sánchez
La salida de Puente no frena nada: coloca a su jefe en el lugar que le corresponde
La dimisión de Óscar Puente no pone fin a ninguna crisis en el Gobierno, sino que coloca a Pedro Sánchez al final de su camino, como máximo responsable de todos los errores, negligencias, omisiones, trampas e incluso delitos que ha ido perpetrando durante estos años su entorno político y familiar más próximo, siempre con su complicidad por acción u omisión y, desde luego, con su protección y promoción.
Porque Sánchez es el jefe de Puente, pero también de Ábalos, Cerdán o Koldo, y a la vez el hermano de David Sánchez, el esposo de Begoña Gómez y el heredero político de Zapatero, siendo el nexo de unión de todos ellos, a la vez vitales para entender su carrera política: con ellos llegó, por ellos se irá y todos ellos han actuado impunemente bajo su tutela.
La indecente gestión del servicio ferroviario por parte de Puente es la de Sánchez, y la de ambos derivan del mismo problema de origen: la falta de Presupuestos Generales de Estado, la incapacidad para gobernar, la inexistencia de un auténtico Gobierno y su sustitución por una alianza artificial solo activa para atender los peajes de quienes impulsaron una investidura espuria están detrás, sin duda, de la escandalosa dejadez casi doloso que se ha llevado la vida de 116 personas por hacer algo tan rutinario como subirse a un tren.
Con la marcha de Puente, epítome de todos los males del llamado sanchismo, no se cierra una herida, se hace más evidente el desangramiento de un sistema que ahora deja a Sánchez definitivamente expuesto, sin guardaespaldas, sin excusas y con el foco que merece su lamentable trayectoria: es el quien se compró la Presidencia con escaños prestados temporalmente a cambio de concesiones indecentes; es él quien carece de presupuestos; es él quien dilapida la mayor recaudación fiscal de la historia y los fondos europeos y es él, en resumen, quien toleró una repugnante trama de corrupción en el mismo Ministerio que ha convertido el servicio ferroviario en una bomba de relojería.
Con Puente se marcha uno de los más ilustres miembros del coro agresivo de Sánchez, pero queda el director de la orquesta, un personaje sin escrúpulos que ha hipotecado la convivencia, el rigor e incluso la vida de los ciudadanos en un viaje ambicioso hacia la nada, entre mentiras obscenas y un burdo maquillaje de la realidad con estadísticas trucadas, discursos inanes, un aparato de propaganda subvencionado y una apuesta intolerable por el enfrentamiento y la persecución de todos los protagonistas y poderes definitorios de una auténtica democracia.
Que días antes de la segunda masacre ferroviaria Sánchez y Puente se dedicaran a presumir del crecimiento de España y se lanzaran a bailar en público y que, en este tiempo, se hayan amontonado los fracasos, las tragedias, los escándalos y el galopante empobrecimiento de los españoles; lo dice todo de la catadura de ambos personajes y de las consecuencias de su vergonzosa política.
El ya exministro condensa todos los males de Sánchez, quien ha visto en él un simple alter ego para encarnar todo lo que él mismo representa, con un extra de desfachatez pendenciera que, en realidad, retrata a su mentor: son lo mismo, con un reparto de papeles en una función que debe terminar con ambos en el mismo sitio. Fuera de la política, con el repudio social y, quizá, con la vista puesta en un banquillo.