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25 de febrero de 2024

En primera líneaJuan Van-Halen

Busco una explicación

En esta realidad no se entiende que millones de ciudadanos se planteen votar a Sánchez. Nunca España ha ido tan mal ni ha tenido un dirigente tan inepto

Actualizada 01:30

Buenos amigos siguen las encuestas sobre el ya cercano 23-J y se sorprenden de los apoyos que reciben el PP o Vox; les parecen escasos para los años de sanchismo que hemos padecido. A mí me sorprenden más, o en paralelo, los apoyos que reciben el PSOE y Sumar, un Podemos con disfraz. Es el comunismo de siempre con los latiguillos y las promesas de siempre; en definitiva, el estatismo al que nunca renunció, envuelto en promesas disparatadas. No me explico que tantos españoles padezcan amnesia y tengan tan amplia capacidad de aguante. Y lo peor: se muestren dispuestos a repetir lo vivido enmendado a peor.
Tras las municipales y autonómicas del 28-M la izquierda, y sobre todo el socialismo, se han descapitalizado. Centenares de políticos, cargos intermedios y colaboradores a dedo se han quedado o se quedarán sin trabajo. ¿Qué explicación se dan a sí mismos los barones socialistas de esta debacle? Algunos con sordina y otros, los menos, sin morderse la lengua, han achacado ese desenlace de las urnas al protagonismo que asumió Sánchez por puro egocentrismo. Identificó la campaña en su persona, ninguneó a los dirigentes regionales y provinciales y descarriló el tren de su patológica confianza en sí mismo. No atendió a razones, no escuchó a quienes en los grandes municipios y en las comunidades autónomas aconsejaban a Sánchez excluir sus presencias. Y así les fue.
La única lección que parece haber aprendido Sánchez es la convocatoria electoral inmediata para cercenar la disidencia interna y montar una campaña con escasas apariciones públicas, siempre en espacios cerrados y rodeado de los suyos. Sus principales comparecencias han sido en los platós televisivos y en su jueguecito de entrevistas grabadas a sus ministros en Ferraz, entre los suyos. No puede salir a la calle. Es el presidente de Gobierno más criticado y más alejado del sentir popular desde que se recuperó la democracia.
La elaboración de las listas del 23-J se ha hecho en Ferraz, sembrando las cabeceras de las candidaturas con sus leales más agradecidos: los ministros. Los barones, casi todos ellos expulsados por las urnas de sus tronos territoriales, no han tenido arte ni parte. Otro motivo de amargo descontento en algunos casos tan evidente. Todo ello para garantizarse apoyos en los órganos de decisión del partido en caso de rebeldía. Pero la lealtad política es cambiante como la donna è mobile qual piuma al vento del Verdi de «Rigoletto». Que se lo pregunten a Pablo Casado. Si pierde el Gobierno, contrastadas sobradamente sus mentiras –perdón: sus cambios de opinión–, y ya con la UE no chupándose el dedo, salvo en el caso de doña Úrsula –los amores políticos tienen tan inexplicables razones como los otros–, algún hueco le harán con mejor o peor gana.
Ilustración: votante psoe


Paula Andrade

¿Por qué el sanchismo, que ha gestionado desastrosamente España y que ha supuesto destrucción y no construcción, conserva en las encuestas millones de votos? Es la pregunta que me hago. En 2008, en la campaña que supondría la reelección de ZP, mi primo Jan Haex, holandés, profesor de la Universidad de Maastricht, y yo, en un trayecto en taxi escuchamos incansablemente al joven taxista ponernos a caldo a ZP y al PSOE. Nosotros ni palabra. Cuando llegamos al destino se me ocurrió desear suerte al taxista: «Que no gane ZP», le dije. Y él sorprendentemente respondió: «No, si yo voto al PSOE, mi abuelo lo pasó mal en la guerra». Mi primo, al fin y al cabo holandés, le apuntó que en su país se votaba por lo hecho por el Gobierno no por lo que hubiesen vivido los abuelos. Puede ser una respuesta a mi extrañeza ante el voto socialista del 23-J y una explicación a la perseverancia del PSOE en azuzar el guerracivilismo.
El objetivo del sanchismo y sus socios es liquidar la España constitucional, el llamado régimen del 78. Desde una moción de censura tramposa falseando una sentencia, con dos sentencias del TC declarando inconstitucionales encierros a los que nos sometió, la ocupación de las instituciones, la ruptura de la división de poderes con el asalto a la Justicia y el férreo control del Legislativo, la lesión a la propiedad privada, la complacencia con la okupación, el indulto a golpistas, el fin del delito de sedición y la rebaja del de malversación, el blanqueo de Bildu, el pacto con ERC, la manipulación de la Historia con una ley de odio y enfrentamiento declarando angelical la desastrosa Segunda República, la expulsión ya iniciada de la Guardia Civil del País Vasco y Navarra, leyes de ingeniería social como la trans, la del 'sólo sí es sí', la de vivienda y tantas más.
Añadamos una gestión económica desastrosa con más impuestos que nunca, más gastos innecesarios, una deuda que sufrirán hasta nuestros nietos, una creciente pobreza en los hogares y una inflación galopante. La actividad económica cae con fuerza como muestran los indicadores de hipotecas y de movimiento del sector servicios y de la industria pese a las cifras engañosas que vende Sánchez.
En esta realidad no se entiende, salvo invocaciones anacrónicas como la del taxista de mi anécdota, que millones de ciudadanos se planteen votar a Sánchez. Nunca España ha ido tan mal ni ha tenido un dirigente tan inepto. La mentira ha sido y es su permanente opción y me sorprende que haya tantos españoles que no se percaten de algo tan evidente. Confieso que no encuentro explicación rigurosa a ese contrasentido.
  • Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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