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21 de febrero de 2024

En Primera líneaAndrés Muñoz Machado

Una inteligencia que no lo es tanto

La Inteligencia Artificial es, hoy por hoy, una colección de automatismos y programas informáticos, algunos con miles de variables, con frecuencia difíciles de entender y manejar, y que requieren altas inversiones y altos consumos de energía en su utilización

Actualizada 01:30

Hace poco más de 50 años, se contaba que el japonés Kiyoshi Matsuzaki había conseguido, utilizando un ábaco, hacer cálculos aritméticos con más rapidez que un ordenador. Hoy, nuestro mundo anda mitad sorprendido y mitad revuelto con los logros de la Inteligencia Artificial, cuyo objetivo es, en el decir de muchos, la construcción de autómatas que posean las mismas capacidades que el cerebro humano.
El ChatGPT ha entrado en nuestras empresas y hogares ofreciendo la posibilidad de informar sobre cualquier cosa que se le pregunte. Algunos especialistas en Inteligencia Artificial han tratado de verificar su fiabilidad, sometiéndolo a preguntas sucesivas. Han concluido que sabe dar respuestas útiles pero, como no entiende lo que responde, si se le pregunta con cierta habilidad, acaba equivocándose o pidiendo disculpas por no ser capaz de contestar.
ilustración cerebro

Lu Tolstova

Unas 2.000 personalidades, relacionadas con la Inteligencia Artificial, han publicado un manifiesto en el que piden que se detengan algunos de los trabajos más avanzados que se vienen realizando en este campo y que se revise el enfoque de estas investigaciones, dado el daño que pueden causar a la sociedad.
Ambas noticias parecen querer inducir a pensar que vamos estando muy cerca del mundo que presentan muchas películas y novelas en las que aparecen robots capaces de hablar, de comunicarse, de vengarse e incluso de enamorarse. Se da por hecho que la técnica moderna va siendo capaz de crear máquinas iguales en todo a los seres humanos, de fabricar un cerebro similar al suyo. Alguna que otra novela escalofriante de ciencia ficción se ha publicado sobre ello.
Los medios científicos y técnicos de nuestros días consideran al cerebro humano como la estructura conocida más compleja existente en el Universo, no sobre la Tierra, sino en el Universo. Nuestro cráneo tiene una capacidad de alrededor de litro y medio y, en ella, se ubican unas 150.000 millones de neuronas, cuyos posibles enlaces miden unos 150.000 km, más o menos la mitad de la distancia de la Tierra a la Luna, teniendo unos mil millones de posibles conexiones por cm^3 de corteza cerebral. Hay científicos que consideran que el funcionamiento de la neurona es tan complejo que puede asimilársele más al de un ordenador, que al de un circuito digital. No exageró quien afirmó que «los centros nerviosos de los mamíferos, especialmente los del hombre, representan la verdadera obra maestra de la Naturaleza, la máquina más sutilmente complicada que la vida puede ofrecer».
Un primer camino por el que se viene desarrollando la Inteligencia Artificial es la redacción de programas de ordenador específicos. Un ejemplo es el de aquellos programas que incorporan las reglas de juegos tan complejos como el «Go» y el ajedrez. Estos programas han llegado a ganar la partida a campeones de ambos juegos, lo que se ha presentado como un enorme logro de la Inteligencia Artificial. Conocidos son el del triunfo del ordenador Deep Blue sobre el campeón de ajedrez Gary Kaspárov o el del «jugador de ajedrez» construido por el ingeniero español Torres Quevedo. Unos ven, en estos hechos, la posibilidad de construir herramientas que igualan o casi superan al cerebro humano. Otros piensan que la prueba es muy débil y consideran que sería más significativo realizar una experiencia en la que se enfrentaran dos campeones, se les dotara de un ordenador a cada uno y se les permitiera redactar un programa informático del que pudieran hacer uso a lo largo de la partida. Los resultados podrían ser sorprendentes y no tendría nada de particular que aparecieran jugadas nunca registradas con anterioridad. La diferencia importante es que, ahora, el programa informático no se considera equivalente a un cerebro humano sino que se presenta como una herramienta creada por éste para ayudarse.
Un segundo camino se corresponde con los intentos de construcción de máquinas similares al cerebro humano. Por el momento, no se ha publicado ningún resultado positivo en esta línea, que enfrenta problemas aparentemente fáciles, pero, en realidad, de una enorme dificultad. Por ejemplo conseguir que un autómata tenga «sentido común», así, cuando se le dice «dame la mano» es difícil conseguir que el autómata distinga entre «chocar la mano» o desatornillársela y entregársela a su interlocutor.
La Comisión Europea ha recogido estos hechos afirmando que la Inteligencia Artificial consiste simplemente en programas informáticos, como puede ser el reconocimiento de voz, o en unas pautas de funcionamiento incorporadas a un hardware, por ejemplo, ante un obstáculo, un automóvil se detiene sin que medie acción del conductor. La Inteligencia Artificial es, hoy por hoy, una colección de automatismos y programas informáticos, algunos con miles de variables, con frecuencia difíciles de entender y manejar, y que requieren altas inversiones y altos consumos de energía en su utilización.
La Inteligencia Artificial, hoy, está relacionada con la obtención, análisis, almacenamiento y manipulación de millones y millones de datos de todo tipo, muchos de los cuales pueden afectar a la intimidad de los ciudadanos y, utilizados malévolamente, causar graves daños a la sociedad y a las personas. De ahí, la preocupación de los expertos en Inteligencia Artificial, que se citaba al principio de este artículo, y el que las autoridades vengan publicando disposiciones sobre normas éticas o límites legales relativas a su obtención y uso.
Puede afirmarse que la Inteligencia Artificial es una maravilla más, fruto de la capacidad creadora de las personas pero que, simultáneamente, presenta enormes retos éticos y jurídicos a los que hay que responder. A la vez, ser conscientes de las limitaciones de la ciencia y la técnica. Como afirmó un gran científico español: «Pasarán siglos y acaso millares de años antes de que el hombre pueda entrever algo del insondable arcano del mecanismo no sólo de nuestra psicología, sino de la más sencilla, de un insecto».
  • Andrés Muñoz Machado es doctor ingeniero industrial
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