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21 de julio de 2024

En primera líneaFernando Gutiérrez Díaz de Otazu

El desguace de la convivencia

Estamos a tiempo de recuperar aquel legado de nuestros padres, identificando y desactivando a los que tan a gusto se encuentran hurgando y recreándose en todo tipo de desencuentros

Actualizada 01:30

Se tramita estos días en las Cortes Generales, como es sabido, la conocida como Proposición de ley de amnistía, que, de forma completa, lleva por título el de «Proposición de Ley Orgánica de amnistía para la normalización institucional, política y social en Cataluña».

Se viene produciendo, igualmente, estos días, como, lamentablemente, se viene percibiendo desde hace mucho tiempo, una suerte de desmontaje del legado más importante que recibimos de nuestros padres, los que ya peinamos bastantes canas y vivimos, siendo ya mayores de edad, el proceso que se denominó de transición a la democracia y que abrió para todos nosotros, los herederos de aquel magnífico legado, un nuevo tiempo en el que España, nuestra nación, la de todos, se despojaba de ciertos fantasmas del pasado que, inevitablemente, nos conducían, cada cierto tiempo, a resolver nuestros desencuentros de manera violenta. Me refiero, como todos ustedes podrán imaginar, al legado de la convivencia.

Nuestros padres, la mayor parte de los cuales fueron sujetos pacientes del desencuentro al que se dieron nuestros abuelos, fueron capaces de encontrar, para ellos, pero sobre todo para todos nosotros, puntos de encuentro que contribuyesen a observar de una manera armónica y misericordiosa nuestro pasado, para, con ello, promover la atenuación de los desencuentros históricos y encaminarnos, todos juntos, hacia un futuro nuevamente prometedor.

A través de aquel gran acuerdo de nación y de país, pero, sobre todo, de sociedad, fuimos capaces de asumir una percepción mayoritariamente compartida de la mayor parte de los fenómenos y realidades que se dan en nuestra nación. Uno de estos fenómenos era el del terrorismo. Lamentablemente, el escenario físico de la manifestación más brutal de aquella realidad fue el de mi querida tierra, el País Vasco, aunque no el único. Al terrorismo de ETA, vinculado al independentismo vasco, se unieron otras manifestaciones, bajo distintas siglas y con diferentes modus operandi, pero todas ellas teniendo en común el carácter de imponer el terror entre la población, de muy diferentes maneras para obtener un objetivo político.

Incluso para el propio Diccionario de la Real Academia Española se acuñó el término genérico de terrorismo como la actuación por la que se pretende ejercer la dominación por el terror, violencia o intimidación o bien una sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror o, finalmente, la actuación de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.

ilustracion: independencia cataluña separatismo

Lu Tolstova

Pues bien, hétenos aquí que, como decía al principio, nos encontramos tramitando en las Cortes Generales una Proposición de Ley Orgánica de Amnistía, en virtud de la cual y como consecuencia de las exigencias planteadas por los independentistas catalanes acusados de diversos delitos y principales beneficiarios potenciales de esta ley, vemos al Partido Socialista Obrero Español intentando establecer una nueva definición de terrorismo, exclusivamente vinculado a acciones extraordinariamente brutales, dirigidas de manera expresa e intencionada a la vulneración de los derechos fundamentales.

Nos recuerdan muy penosamente todas estas maniobras lingüísticas del Partido Socialista Obrero Español, aquel argumento de acuerdo con el cual se debe evitar «que la realidad, ahora que al presidente Sánchez le gusta tanto acogerse a ella, venga a destruir nuestro relato». Sobre la base de esta falacia, ETA asesinó a muchas personas, ante cuyos asesinatos, en sus comienzos, muchos españoles preferían mirar para otro lado. Al fin y al cabo «esto es entre la ETA, como se decía entonces, y la Guardia Civil». Cuando no era un Guardia Civil y era un vecino del pueblo, nos conformábamos con aquello de «algo habrá hecho» o «quién le mandaba significarse», etc. Cuando, finalmente, ya no se pudo cerrar más los ojos porque no había relato que pudiera ocultar semejante realidad, nos propusimos y conseguimos, todos juntos, neutralizar y eliminar de nuestras vidas el terrorismo, el que todos interpretábamos como tal, y el que nuestro sistema de convivencia con todos sus poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial se dispusieron a poner fin.

Todo ello aparece hoy ante nuestros ojos, desdibujado y parece tratarse, simplemente, de un error colectivo para que, por esta vía, volvamos a posicionarnos, tristemente, en aquellos tiempos en los que el terrorismo encontraba algún tipo de comprensión porque quizás «el culpable fuese la víctima, no el autor del hecho criminal». Quizás al autor del hecho criminal, al fin y al cabo, no le quedase otro camino para salirse con la suya. En esas estamos hoy, tratando de edulcorar lo que en otra hora fueron hechos criminales y hoy, por el simple capricho de la aritmética parlamentaria, que el presidente Sánchez y el Partido Socialista Obrero Español en su nombre, precisan estrujar de manera irracional, se han convertido en actuaciones mínimamente incorrectas que pueden ser objeto de una ley de amnistía, que, de esta forma, se convierte en una ley de mera impunidad penal.

Lo peor de todo ello es que para llegar a este punto y justificar lo que hasta hace muy poco tiempo se consideraba injustificable, rompiendo con ello la percepción compartida de lo que denominamos terrorismo, en términos coloquiales y en términos penales, se pretende invertir la carga de la prueba y culpabilizar, una vez más, a las víctimas, de falta de sensibilidad o de disposición para alcanzar lo que la Proposición de Ley califica eufemísticamente como la «normalización institucional, política y social en Cataluña». No se duda, para ello, incluso, en descalificar a los que defendieron nuestro sistema, culpándoles, al fin y a la postre de las actuaciones frente a las cuales, a «los pobres independentistas» no les quedó otro remedio que vulnerar «aquellas leyes».

Estamos a tiempo de recuperar aquel legado de nuestros padres, identificando y desactivando a los que tan a gusto se encuentran hurgando y recreándose en todo tipo de desencuentros, para evitar pasar a la historia como la generación que desarticuló el legado que, casi de manera heroica, se esforzaron en dejar tras de ellos nuestros predecesores para nuestro beneficio, deteniendo, allí donde sea necesario, el desguace de la convivencia.

  • Fernando Gutiérrez Díaz de Otazu es senador por Melilla
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