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Josep Miró i Ardèvol

Fe, familia y florecimiento: la evidencia que incomoda a Europa

Los países que lideran el ranking de florecimiento no son los más ricos ni los más modernos. Son Indonesia, México y Filipinas. ¿Su rasgo común? Una religiosidad fuerte y una cultura familiar aún viva

La muerte de un Papa rara vez irrumpía en la conciencia colectiva más allá del ámbito eclesial. Sin embargo, a partir de Juan Pablo II todo cambió y se convirtió en un hecho mediático de primer orden y un fenómeno de masas, como ahora ha sucedido en buena medida cuando falleció Francisco, y pocos días después fue elegido León XIV.

Fe

Lu Tolstova

En medio de una crisis general que la mayoría admite —aunque por razones distintas—, la atención pública se detuvo ante una institución milenaria que parecía ofrecer algo más que política, espectáculo o algoritmos: ofrece sentido, esperanza y compañía, algo de lo que el mundo Occidental anda muy necesitado.

Mientras Europa despliega un laicismo cada vez más militante —hasta el punto de criminalizar el rezo pacífico en las aceras cerca de las clínicas abortistas, pero relativizar los piquetes sindicales violentos—, la elección del nuevo Pontífice reabrió preguntas profundas. ¿Y si, lejos de ser un lastre del pasado, fuera uno de los pocos antídotos frente al malestar contemporáneo?

León XIV no llega como un revolucionario, sino como un testigo. Su primera homilía no proclamó un aggiornamento, como tituló el periódico El Mundo con oportunismo: «La Iglesia debe aceptar los tiempos». Lo que dijo —palabra a palabra— fue: «debemos aceptar el reto de los tiempos». No es lo mismo aceptar los tiempos, que aceptar su reto. Es más bien lo opuesto.

El dato que desmiente el relato

En febrero de 2025, Nature Mental Health publicó los primeros resultados del Global Flourishing Study (GFS), un estudio sin precedentes: 207.000 personas, 22 países, cinco años de seguimiento. Dirigido por Harvard, Gallup y Baylor University, midió seis dimensiones del bienestar humano —salud, felicidad, propósito, virtud, relaciones y seguridad económica— y analizó qué factores favorecen una vida plena.

Los resultados son rotundos: las personas que asisten regularmente a servicios religiosos florecen mejor. En 21 de los 23 países evaluados, el índice de bienestar es más alto entre los practicantes habituales. La diferencia en Filipinas, por ejemplo, es de +0,86 puntos (en una escala de 0 a 10). Incluso en la secular Suecia, el patrón se mantiene.

Pero hay más: el estado civil también importa. Los casados y viudos superan en todos los indicadores a los solteros, separados y convivientes. La estabilidad familiar emerge como un vector clave de prosperidad emocional y social. Es una constatación incómoda para el progresismo dominante, que prometía liberación y ha producido la desvinculación

Los países que lideran el ranking de florecimiento no son los más ricos ni los más modernos. Son Indonesia, México y Filipinas. ¿Su rasgo común? Una religiosidad fuerte y una cultura familiar aún viva. Por el contrario, sociedades como Japón, Suecia o Estados Unidos —ricas, pero solitarias— obtienen bajas puntuaciones en propósito y relaciones. ¿Y si el secreto del bienestar no estuviera solo en la innovación, sino también en la tradición? ¿Y si no basta —pero son necesarias— con instituciones públicas eficaces, sino que el primer acento se sitúa en las consecuencias del hecho religioso y de la vida de familia?

Todos estos datos y muchos más disponibles, así como los derivados de la corriente de la Nueva Economía Institucional (NEI) que ha dado los últimos nobeles nos señalaría que el buen resultado de un país radica en su dimensión religiosa y familiar y unas instituciones públicas eficientes, eficaces e, inclusive, que jueguen a favor de aquellos dos factores.

Feminismo radical: la excepción beligerante.

Pero en Occidente, en Europa, hay un poderoso adversario que tiene la ventaja del poder político, mediático y económicos: todo el poder:

Mientras buena parte de la prensa recibió al nuevo Papa con respeto o curiosidad, el feminismo de género lanzó una ofensiva. Carlota Gurt, en No s’ha mort el Papa, califica a Dios de «misógino» y traza una línea directa del Génesis a #MeToo. Nuria Labari va más lejos: «El nuevo Papa será anacrónico o no será», y presenta a la Iglesia como un «Estado ideológico», machista, homófobo y cómplice de abusos.

El caso más extremo es el del movimiento 4B, nacido en Corea del Sur y exportado fugazmente a Occidente: no tener citas, sexo, matrimonio ni hijos. Un rechazo integral a la femineidad relacional. El fenómeno —impulsado por redes como TikTok, se desinfló rápidamente, pero dejó rastro: el llamado «heteropesimismo», una desconfianza creciente entre los sexos, especialmente entre mujeres jóvenes.

Este feminismo del antagonismo promueve la ruptura, la soledad, la desconfianza. Pero la realidad empírica señala justo lo contrario: que las personas florecen allí donde existe vínculo, comunidad y propósito. La fe no es una superstición privada, sino un bien público. La familia no es una construcción opresiva, sino una red de seguridad y sentido.

Una alternativa silenciada

Occidente atraviesa una crisis civilizatoria de fondo: natalidad en caída libre, soledad epidémica, salud mental deteriorada, polarización política. Frente a este diagnóstico, el relato dominante señala al pasado como culpable: la religión, la familia, el patriarcado. Pero los datos del GFS, imparciales y globales, apuntan a otra dirección: no es la modernidad lo que produce bienestar, sino el reencuentro con los vínculos profundos.

La fe y la familia no son reliquias de otro tiempo. Son, hoy por hoy, las únicas estructuras que permiten florecer cuando todo lo demás se desmorona.

Josep Miró i Ardèvol es presidente de e-Cristians

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