Charnegos, guiris e integristas en Cataluña
El nacionalismo catalán no entiende que los derechos colectivos lo son por agregación de los derechos individuales. Es decir, los derechos colectivos no existen. La confusión entre lo individual y lo colectivo suele generar consecuencias ridículas o trágicas
Una de las características más notables del nacionalismo catalán es el victimismo y la ofensa al otro. Lean, España. Lo dicho viene a cuenta de unos wasaps que, en lengua catalana, aterrizan, uno tras otro, día tras día, en el móvil. Unos wasaps que caracterizan a la perfección el ser, el estar y el decir de una parte importante del nacionalismo catalán y del nacionalista catalán. Tres wasaps como ejemplo. Tres wasaps, elegidos entre decenas, que van dirigidos a los charnegos, los guiris y, sobre todo, a los nacionalistas colonizados por España.
El primer wasap: «Se habla de la caída del catalán como si ocurriera por la gracia divina y no por la ocupación española y el etnocidio emigratorio». Traducción: los catalanes de raíz, de identidad y de lengua propias nunca deben olvidar que han sido y son víctimas de Castilla/España, de la ocupación extranjera.
El segundo wasap: «Maleducado no es quien habla siempre en catalán con todos, sino el que lleva cuarenta años en nuestra tierra y todavía le molesta cuando lo oye hablar. No olvidemos que estamos en nuestra casa». Traducción: el victimismo y la ofensa de un nacionalismo y un nacionalista excluyentes que se sienten agredidos y critican al otro que insiste y persiste en hablar su lengua materna.
El tercer wasap: «Músicas del piromusical de las fiestas de la Mercè, en Barcelona capital, dirigidas por Estopa. En castellano, 15. En inglés, 9. En catalán, 6. Por si fuera poco, Serrat en castellano. Vaya [en el wasap aparece el dibujo de una boñiga] piromusical. Me pregunto, ¿Barcelona está en Andalucía o en Cataluña? El próximo año se dirá Fiesta de la Mercedes». Traducción: el nacionalismo y el nacionalista –víctimas y victimarios– se avergüenzan del comportamiento de los «suyos» que toleran que los charnegos y los guiris se apoderen del «país».
El corolario o la lección –otro wasap– que debe retener y practicar el «nacionalismo de verdad»: «No tenemos NADA que ver con los castellanos, es necesario comenzar a educar a la infancia desde el nacionalismo de verdad».
Fundamentalismo y sectarismo nacionalista. Un ejemplo: el Pacto Nacional por la Lengua (2025) o la construcción o reconstrucción de una comunidad nacional catalana –la identidad propia– vertebrada por la lengua catalana y constituida por los hablantes nativos y los adoptivos que abandonan la lengua española.
Así se margina o expulsa España de Cataluña por la vía de la negación de los derechos lingüísticos de los ciudadanos. Un despotismo en toda regla que se propone la substitución lingüística con la excusa de la normalización lingüística del catalán. ¿Quién lo firma? La élite del «país»: Generalitat de Cataluña, Ayuntamiento de Barcelona, Fomento del Trabajo, Pimec, Consejo General de las Cámaras Oficiales de Comercio, Industria y Navegación de Cataluña, CC.OO. de Cataluña, UGT de Cataluña, USOC, Unió de Pagesos, Federación Catalana de Municipios, Confederación de Cooperativas de Cataluña, Confederación de Asociaciones Vecinales de Cataluña, Mesa de Entidades del Tercer Sector, Òmnium Cultural y otros.
Conviene añadir, al respeto, que el Ayuntamiento de Barcelona insiste y persiste en el asunto con la creación reciente de la llamada Comisión para el uso social del catalán. Tres objetivos: recuperar la pérdida del uso del catalán en Barcelona, vigilar que la restauración cumpla la legislación lingüística y reclutar nuevos hablantes, especialmente entre la juventud y los nuevos emigrantes. El Gremio de la Restauración colabora con una campaña titulada «El catalán bien servido». A ello hay que añadir una organización de nombre Renacimiento Demográfico que fomenta la «natalidad catalana» –una expresión equívoca que no lo es– para «construir el futuro de Cataluña». Un crecimiento demográfico que «nos haga fuertes», que «siembre la semilla del futuro» y que ayude a «cambiar la mentalidad del país» y «nuestra sociedad y cultura».
El toque final lo brinda Salvador Illa por partida doble. Una declaración y un decreto. La declaración: la lengua catalana es la «columna vertebral de la nación catalana». El decreto: «la lengua propia y habitual de trabajo y de relación con la ciudadanía [de los Mossos] es el catalán, sin perjuicio del derecho de las personas a ser atendidas en castellano». Amor y generosidad derrama el President.
Cierro este artículo con un wasap que concluye con las siguientes palabras: «Todos los que han cambiado de lengua [del español al catalán] en casa, en la calle, en el trabajo, no cambian únicamente de lengua. También cambian de punto de vista. Reenvía este mensaje a tanta gente como puedas; nuestro pueblo y nuestra lengua lo están demandando».
Una lengua, una identidad y una nación propia. De ahí, la política de coacción lingüística y control social de la Generalitat de Cataluña –primero minorizar el español y luego substituirlo– y el reiterado incumplimiento de las resoluciones de los altos tribunales. La paradoja: el nacionalismo catalán, amparándose en la pluralidad lingüística de charnegos y guiris, impone el monolingüísmo. El nacionalismo catalán no entiende que los derechos colectivos lo son por agregación de los derechos individuales. Es decir, los derechos colectivos no existen. La confusión entre lo individual y lo colectivo suele generar consecuencias ridículas o trágicas. Así, con extravagancias y a puñetazos, se autodetermina Cataluña. Un proyecto de «país», dicen. Las víctimas.
- Miquel Porta Perales es escritor