Ni los esfuerzos de Salvador Illa detendrán el declive del catalán
El nacionalismo catalán todavía cree que Cataluña tiene una –solo una– lengua propia. Y una –solo una– cultura propia que es la que se expresa en catalán. La lengua, para el nacionalismo catalán, es la frontera identitaria que distingue/divide el Yo del Otro
El nacionalismo catalán está muy preocupado por el descenso del número de hablantes de la lengua catalana. Los datos –provengan de informes públicos o privados– son descorazonadores.
Pese a los continuados esfuerzos de la Generalitat de Cataluña, las diputaciones, los municipios, los consejos comarcales, los medios de comunicación públicos y privados y las entidades privadas de orden cultural, educativo, sanitario, sindical, deportivo o recreativo; pese a ello, el número de hablantes de la lengua catalana desciende de encuesta en encuesta. A lo que hay que añadir que el incumplimiento sistemático de las resoluciones de los Altos Tribunales, la legislación lingüística autonómica coercitiva, las políticas de substitución lingüística, la delación y multa lingüística de quien rotula únicamente en español y no usa el catalán en ciertos lugares, las campañas de concienciación y promoción en los restaurantes, los entrenamientos de los clubes deportivos, en el trabajo o en la calle; todo ello, aunque ha servido para aumentar –la presión disfrazada de una invitación– el número de conocedores de la lengua catalana, no ha logrado incrementar las cifras de sus hablantes.
Ni la política lingüística institucional, ni las concesiones del Gobierno, ni el quebrantamiento de la ley, ni la publicidad han conseguido detener el declive del uso de la lengua catalana. El error del nacionalismo catalán: la ideologización y politización de una lengua catalana que no compite con el español, sino que batalla a campo abierto contra el mismo. El drama del nacionalismo catalán: con la inmersión lingüística agotada, la denominada nación catalana se desvanece junto con su lengua.
Señala el nacionalismo catalán que las razones del estancamiento y posterior declive del uso de la lengua catalana son –además de la voluntad de la ciudadanía– la demografía, la realidad sociolingüística y la ineficacia de la inmersión lingüística. Todo ello se traduce en la siguiente máxima nacionalista: el retroceso del uso del catalán es directamente proporcional a la inmigración recibida. A eso, hay que sumar la obsesión lingüística de un nacionalismo catalán convencido de que España ha perseguido, persigue y perseguirá la lengua propia del «país».
El nacionalismo catalán no tiene en cuenta factores como la libre elección de lengua, los intereses particulares del hablante, los anticuerpos generados por la coacción lingüística y la inmersión lingüística, la policía lingüística y, también, el «proceso» que estimuló y engendró todavía más anticuerpos.
Sin olvidar que en la adhesión del hablante a una lengua determinada también cuentan los elementos de orden simbólico o sentimental. Sin olvidar la existencia de una economía del lenguaje –cálculo racional– que entiende que el aprendizaje del catalán no siempre es una inversión rentable. Sin olvidar –variante importante en Cataluña– que en algunas ocasiones el hablante se adhiere, o no, a una u otra lengua en función del trato recibido en el lugar de residencia.
Los denominados normalizadores de la lengua catalana no entienden, no quieren entender, o no se atreven a entender, las causas del declive del uso del catalán y eso perjudica su trabajo. Es como la piedra de Tántalo, que amenaza con aplastarles en cualquier instante. Indiferencia, rechazo, fuga. Un fracaso. Deberían preguntarse: ¿por qué el hablante –individualismo metodológico y cálculo del coste/beneficio– ha de esforzarse en un uso lingüístico que le comporta pocos beneficios? ¿Por qué el hablante –amor propio– ha de esforzarse en la lengua propia de quienes desean asimilarlo o expulsarlo? En cualquier caso, a la lengua catalana le pasa/pasará lo mismo que a otras: en un mundo globalizado, con varias lenguas en liza, gana la mejor posicionada. En España, el español.
El nacionalismo catalán todavía cree que Cataluña tiene una –solo una– lengua propia. Y una –solo una– cultura propia que es la que se expresa en catalán. La lengua, para el nacionalismo catalán, es la frontera identitaria que distingue/divide el Yo del Otro. Lo propio de lo impropio. Lo genuino de lo adulterado. Lo catalán de lo español. Cataluña de España.
La lengua es la víctima propiciatoria de ese visceral y demacrado unanimismo nacionalista que prescribe la realidad en lugar de describirla, que limita los derechos individuales, que piensa en términos de inclusión/exclusión, que ahoga toda disidencia, que se flagela, que usa y abusa del victimismo, que complica los problemas en vez de solucionarlos.
El problema del nacionalismo catalán –ese afán obsesivo y enfermizo que va en busca de la diferencia y el privilegio y ese creer que Cataluña es un hecho biológico autótrofo y metahistórico predestinado a realizar su destino– se manifiesta en una sobrexcitación nacionalista, un recalentamiento identitario, un conflicto permanente y un pensamiento único depredador que conduce a una fantasía incapaz de distinguir la Cataluña real de la Cataluña virtual.
¿Cómo superar las inercias, las fobias, las pretensiones, los supremacismos, las exclusiones y los tics nacionalistas que se proponen marginar una lengua española que también es propia de Cataluña y los catalanes? Habría que replantearse muchas cosas. El rico y soberbio Tántalo tuvo un final trágico y eterno.
- Miquel Porta Perales es escritor