04 de diciembre de 2021

Realidad, ficción y posverdad

Bien podrían decir las generaciones venideras que posverdad, fake news y corrección política es lo que tuvimos en lugar de una infancia feliz. Y es que no se puede evitar pensar que una especie de Vietnam apocalíptico ha llegado hasta nuestros días

Desde hace tiempo, me acompañan unas palabras que por su persistencia en mi memoria se aproximan hoy a cierta obsesión. Las que justo después de su discurso de jubilación, en una cena homenaje y sin haber terminado de sentarse, me dijo un compañero al oído a modo de justificación de toda una vida de profesión periodística y no pocos años de docencia universitaria: «Somos contadores de historias». En su momento, dichas palabras me recordaron a Heródoto quien, como sabemos, es considerado padre de la historia y, con sus crónicas, también del periodismo. A fin de cuentas, el famoso historiador griego, precursor del reportaje periodístico, parece un ejemplo perfecto del puente que debería transitarse de un modo más natural entre la historia y la comunicación. Y en un sentido más amplio, entre las humanidades y los medios que nuestra sociedad contemporánea, gracias a una evolución tecnológica sin parangón, ha puesto a nuestra disposición. Otra cosa distinta es el uso –bueno, malo o mediopensionista– que hagamos de este nuevo entorno digital lleno de posibilidades.
Sin embargo, el ejercicio propuesto no resulta sencillo. De hecho, y en el momento de informar de un modo adecuado, entre otras dificultades, nos tropezamos con el aumento exponencial de hibridación de géneros, la sobreabundancia de contenidos, una hiperconexión que hace difícil atraer la atención, la utilización de varios dispositivos al mismo tiempo junto, por si fuera poco, a la aparición de nuevos formatos y modos de comunicar. Resulta paradójico que cuando más libertad y medios se tiene para que las personas puedan ejercer la libertad de información nos encontremos, como otra cara de la misma moneda, una restricción equiparable de dicha libertad. Circunstancia que complica, sobre todo ante la ausencia de pensamiento crítico, la posibilidad de diferenciar entre opinión, ficción o información.
Profundizando en lo expuesto, como dos caras de una misma moneda, siempre ha resultado fascinante esa relación entre la realidad y el empleo, como aproximación o interpretación, de ciertas técnicas narrativas propias de la literatura; que ha tenido desde sus inicios defensores y detractores. Por poner algunos ejemplos, «Contadores de historias» (curiosa coincidencia con el recuerdo antes referido) es precisamente el título de un discurso de Juan Luis Cebrián en el que, en su final y como conclusión, llega a equiparar la relación entre realidad y ficción a la posverdad: «Realidad y ficción acaban de esta forma fusionadas en un universo de imposta felicidad, porque no es perfecto. Nada lo es. Y es que en su entraña alberga el nacimiento de una deforme criatura fruto de ese matrimonio que es más de amor que de conveniencia: la posverdad». A lo que habría que añadir, en ese proceso de anulación de la realidad, las fake news y la corrección política. Sin embargo, otros autores como la escritora argentina Cristina Siscar en su artículo titulado Las verdades de la ficción y las mentiras de la posverdad o Jorge Grau en su libro Posverdad y ficción. Como la distorsión (des)explica el mundo, inciden en las posibilidades de la ficción, o de sus técnicas, para comprender la realidad desde aspectos que de otro modo no sería posible; al mismo tiempo que señalan al neologismo posverdad –establecida en 2016 como palabra del año por el Diccionario de Oxford– como indudable mentira emocional, que contribuye a la devaluación del conocimiento y la desaparición de los hechos objetivos en la opinión pública.
Respecto a las técnicas narrativas, en la línea de los autores señalados nos encontramos esa suerte de periodismo con tintes literarios, arraigado en la realidad, que despegó en los años sesenta y setenta del siglo pasado y que también dio título a una novela de Tom Wolfe quien, en El nuevo periodismo, describía el contexto, esperanza y anhelos de estos cronistas que vivían alrededor del reportaje como fuente de vida y con una novela de éxito como paraíso esperado. Sin embargo, aunque el éxito publicitario del periodismo narrativo, o del binomio periodismo y literatura, se puede atribuir a famosos periodistas norteamericanos como el señalado Wolfe u otros como Hersey, Gay Talese, Norman Mailer, Truman Capote o Michael Herr, también es cierto que la relación entre el periodismo y la literatura ha tenido siempre grandes exponentes. Sería difícil comprender algunas parcelas de la realidad sin leer ciertas obras: los Episodios nacionales de Galdós para entender parte de la historia de España; algunas novelas de Dickens como periodismo de denuncia o la literatura de Dostoievski, cuando está muy próximo el bicentenario de su nacimiento, como aproximación a la psicología humana en el contexto de la compleja Rusia del siglo XIX.
Ante estos argumentos, no parece que la ficción sea la causante de la posverdad. Incluso, además de ofrecer recursos para aproximarnos a la realidad, también se puede aspirar a hacerlo desde una aproximación honesta y cercana a la verdad poética de Aristóteles. Pero no es menos cierto, acudiendo al citado Michael Herr al rememorar su célebre cita de «Vietnam es lo que tuvimos en vez de una infancia feliz», y ante este panorama, bien podrían decir las generaciones venideras que posverdad, fake news y corrección política es lo que tuvimos en lugar de una infancia feliz. Y es que no se puede evitar pensar que una especie de Vietnam apocalíptico ha llegado hasta nuestros días. A modo de un intento de exterminación de la verdad. Que perfectamente podría reflejarse, al menos de un modo alegórico, en las propias palabras que Herr ofrecía en la parte final de Despachos de guerra: «La guerra terminó, y luego terminó de verdad, las ciudades, vi caer en el Mar de China los helicópteros que había amado mientras sus pilotos vietnamitas saltaban abandonándolos, y un último helicóptero giró sus hélices, se alzó en el aire y huyó de mi pecho». En nuestras manos está evitar esta –cada vez menos– aparente distopía.
Miguel Á. de Santiago es periodista

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