29 de junio de 2022

tribunagustavo Morales

El posmodernismo contra la tradición

El presunto progreso es uno de los monstruos que ha engendrado el sueño de la razón que nos representó Goya, un sueño que no admite otros factores como sentimientos, identidad, fe, etc

Hoy, el capitalismo financiero ha sustituido al productivo y tiene por bandera el posmodernismo. Ha asimilado incluso al viejo marxismo, que abandona la lucha horizontal por la de puntos nodales. Ya no le son útiles las comunidades que sirvieron para hacer la revolución industrial, especialmente la familia. Busca terminar con ellas y dejarnos desmembrados como meros individuos. Entre sus características podemos citar:
A las clases medias, que tenían una familia monógama y un trabajo estable y seguro, les impusieron variar a un trabajo flexible, precario y temporal, y llegó el fin de las perspectivas de promoción social para sus hijos con un individualismo de consumo anónimo y post familiar. La falta de un empleo estable y seguro repercute negativamente en la reproducción familiar, se reduce el número de hijos y éstos tardan más tiempo en abandonar el hogar y crear su propia familia acortando el periodo fértil. La abolición se realiza a través un reciclaje impuesto a la clase media como clase política alienada ahora por la oligarquía financiera y como clase cultural por la sumisión a la ideología woke del imperio que comparten los iconoclastas y la nueva izquierda.
Los valores y estilos de vida de las minorías colonizan la sociedad, no tanto por su importancia adulterada en lo electoral, sino también porque esas minorías ocupan puestos clave en las industrias culturales, comunicacionales y creativas. Si estás escuchando algo que parece que una mayoría sostiene aunque sea una patraña, o te callas o reajustas tus preferencias al gusto del grupo. Elisabeth Noelle-Neumann habla de la «espiral de silencio»: los individuos son extraordinariamente sensibles al pensamiento dominante y, cuando sienten que sus opiniones se oponen a él, deciden quedarse callados por miedo al oprobio y a la marginación.
Hay una sobrerrepresentación de la diversidad, especialmente desde las sexualidades periféricas, secundarias desde la estadística, que lucharon por la inclusión, pero ahora, desde una posición de preponderancia, piden segregación y la censura de todo pensamiento disidente con el suyo: a las tinieblas exteriores con los rebeldes.
Los separatistas, los narcisistas de las pequeñas diferencias al decir de Sigmund Freud, evidencian que todo en ellos es victimismo, resentimiento y la imposición de privilegios particulares no compartidos con el común. No ofrecen propuestas para debatir, sino que plantean exigencias de un trato discriminatorio y desigual del que salen beneficiadas esas minorías vocingleras. No negocian.
Las feministas rabiosas buscan que los hombres pierdan sus libertades y que las ultrafeministas ejerzan el control, tanto social como íntimo. Olvidan que los hombres son el 79 por ciento de las víctimas de homicidio y el 93 por ciento de la población reclusa. Las ultrafeministas imponen, prohíben, proscriben, no están abiertas al diálogo y levantan ampollas con las feministas auténticas, las del sufragio, las de la equiparación de derechos, porque las ultrafeministas no buscan la igualdad sino la dictadura.
Las grandes multinacionales no tienen empacho en apoyar programas de la izquierda en cuestiones que no repercuten lo más mínimo en su cuenta de resultados ni en su posición hegemónica. Acallan las protestas del viejo conflicto de redistribución ocultándolas con uno de representación. La desigualdad material la camuflan y ocultan con la heterogeneidad cultural, para ello deconstruyen lo universal para imponer el feudo de las divergencias, de la desigualdad. Llenan de cualquier manera, puro adanismo, el espacio que históricamente ocupaba la clase, la nacionalidad y la religión. Lo llaman transversalidad. Esos activistas del siglo XXI son adictos a exagerar las diferencias, las disparidades entre las personas. Tienden a la atomización, el fraccionamiento, la discriminación a la que añaden «positiva», discriminación positiva, todo un antónimo.
La política se convierte en un hipermercado donde lo que se vende es el envase en lugar del contenido. Es un diagnóstico que comparten Minc y Bernabé desde posiciones antagónicas. El político se convierte en publicitario, convence a su clientela que el eslogan sustituye al programa, la imagen, a la personalidad, y el talante, al alma.
Unos Estados son sometidos y privados de soberanía, tanto económica como política y militar, y lo que es peor: cultural, mientras otros Estados más poderosos, los menos, imponen sus condiciones, su lenguaje, una nueva civilización basada en la arbitrariedad y el desprecio por la Historia.
El presunto progreso, ese paradigma quimérico que monopoliza el desarrollo humano como ídolo público, es uno de los monstruos que ha engendrado el sueño de la razón que nos representó Goya, un sueño que no admite otros factores como sentimientos, identidad, fe, etc. Todos ellos son sacrificados ante el altar del pensamiento woke que irradia desde un mundo hediondo. En la fachada del Casón del Buen Retiro de Madrid, se reproduce esta frase de Eugenio D´Ors: «Todo lo que no es tradición es plagio».
La posmodernidad, en palabras de Octavio Paz, se ha convertido en una «alcahueta de los medios de comunicación». Les pido a mis tres lectores que me permitan terminar con una cita del nefasto Mayo del 68: «Paren el mundo que me quiero bajar».
  • Gustavo Morales es director del Club de Periodismo del CEU
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