22 de enero de 2022

Monseñor Aldo Giordano

Monseñor Aldo Giordano

Otra Europa es posible: en memoria de Monseñor Aldo Giordano

Monseñor Aldo Giordano tenía muchos amigos. Los cuidaba. Venían de ángulos muy distintos, les escuchaba y recibían con agrado consejos poderosos de puro sencillos, de esos que alumbran de por vida
Pero su excelencia, el Nuncio Giordano, era ágil para el trazo quintaesencial con el que los diplomáticos experimentados plasman las líneas de fuerza de un debate. En sus reflexiones convivían además los aspectos políticos comunes –y su aceleración característica– con el examen sedimentado de las causas de fondo, a menudo filosóficas; eso daba a sus conversaciones una rara virtud estructurante, ya se orientase a las relaciones con Rusia de la Europa Occidental –donde ponía el afán de quien aspira sinceramente a la concordia–, a la reforma del Tribunal Europeo de Derechos Humanos –por cuyo activismo anticristiano sufría especialmente, como quien padece por el mal recibido de alguien a quien aprecia– o sobre debates más relacionados con cuestiones éticas. 
Su bonhomía piamontesa –y algo más– le permitía no perder en contextos hostiles la cercanía humana con sus interlocutores, mientras sostenía con firmeza cristalina la lealtad al mensaje que demandaban su cargo y a la vez su adhesión personal a Jesucristo. Ese Jesús que le precedía –como se le escuchaba a menudo–, que estaba siempre antes que él en los lugares a los que le llamaba a ir, sin miedos. 
Con esa confianza partió a Venezuela, siendo consciente de las dificultades que le esperaban. Allí empleó como Nuncio todas sus fuerzas –con riesgos nada teóricos– en la difícil misión de encontrar como mediador sincero una salida a las condiciones políticas que tanto sufrimiento siguen causando. Parte de ese desgaste compartido con los venezolanos habrá debilitado probablemente su capacidad de resistencia frente al virus. El afecto de esa tierra le marcó profundamente.
Antes de este último verano regresó a nuestro continente, que tan bien conocía –había visitado los 47 Estados del Consejo de Europa, recordaba sin énfasis al bromear sobre sus galones–. Su llegada a Bruselas como Nuncio ante la UE fue para muchos un motivo de esperanza: su libro Otra Europa es posible, publicado en 2013, explicaba de sobra por qué. Aunque muy pocos eran conscientes de los espacios de libertad que en Estrasburgo había logrado defender, a través de conversaciones personales muchas veces, otras con iniciativas diplomáticas profesionalmente bien planteadas, rechazando siempre las generalizaciones pesimistas superficiales que paralizan a menudo incluso a los mejor intencionados. El conocimiento de Nietzsche –objeto de su tesis doctoral– era sin duda una clave idónea para comprender los laberintos del orgullo solitario, del individualismo obsesivo que con demasiada frecuencia permea directrices y acciones europeas («soles solos», decía, para describir gráficamente esta actitud de quienes queriendo liberar de toda atadura al capricho individual acaban en realidad privando de sentido la existencia).
La fábula que concluye su libro citado sorprende por ser a la vez la alegoría de su mensaje para nuestro continente y la síntesis de su vida: una ostra antes cerrada en el fondo del mar decide abrirse plenamente al calor del verdadero Sol, y el destello de su perla acaba inundando de luz la inmensidad del océano. Muchas gracias, Monseñor.  
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