13 de agosto de 2022

Gabriel Liaño

Remedios de Sanedrín

Muy poco poderoso será ese subproducto de la natividad cristiana tan manido que es el «espíritu navideño» si hemos consentido que el celo de los políticos se anteponga a nuestros lazos más fundamentales; cuando convertimos al prójimo en sospechoso, al enfermo en culpable, al disconforme en chalado

Otro invierno más los españoles sufrimos esta fiebre torticera del virus que en esta Navidad se nos ha revestido de nueva cepa y de enésima ola. Ocasión pintada de los dirigentes para no hacer absolutamente nada y, por si acaso, bombardear a los civiles con toda la munición mediática que sea precisa hasta llevarnos al próximo estado de alarmismo. De alarmismo, que no de alarma –ni mucho menos de excepción– no vayan a seguirse cauces oficiales a los que puedan seguir responsabilidades.
Mucho mejor es emplear datos reales de incidencia y contagios para sugerir conclusiones descontextualizadas que, excitando el miedo que es natural y justificado en la gente, nos obliguen a imponer medidas propias y autocensuras. Así a los ciudadanos solo nos ha quedado apañarnos de un modo más o menos seguro para pasar las fiestas, descabezados de otras directrices técnicas que no sean meternos el palito más que el cepillo de dientes o la machaca televisiva sobre cómo convertir la cena de Navidad en una suerte de Tetris antigénico y de manos chorreantes de gel hidroalcohólico.

Navidad se ha convertido en una suerte de Tetris antigénico

Allá donde campa el desconcierto domina el miedo, y con este la desconfianza entre unos y otros, que no podemos reaccionar distintamente a la manera de la primera ola, interrumpiendo la vida social con independencia del estado actual de las cosas y del coste psicológico y material que conlleva. Como si la tasa de contagios no estuviera a fecha de hoy desligada de la virulencia y de la letalidad, o como si la vacunación universal, más o menos presionada a cambio de promesas de normalidad, fuese eficaz (según se mire).
Todas estas cuestiones quedan zanjadas por un inapelable «por si acaso»; por delante de cualquier evidencia científica comenzamos a mezclar medidas comprobadas con escrúpulos y amaneramientos sin respaldo racional, ya sea la mascarilla a cielo abierto –y quitarla en la terraza–, aislarse entre negativos, o fumigar con ahínco superficies que no se contaminan.
Poquito a poco, la actuación popular se va convirtiendo en un gran ritual, por no decir aquelarre, más empeñado en dramatizar la preocupación por el virus que en la lucha en sí contra la pandemia. Por culpa de la náusea nos aferramos a una religión cientificista, bien distinta de la verdadera confianza en la ciencia, y solo se atiende a los datos empíricos cuando confirman nuestras inseguridades, o cuando revisten un carácter oficial de elementos ligados al poder. Es un fenómeno normal, que nace de la incertidumbre de enfrentarnos con la naturaleza que nos supera, pero no son soluciones reales sino más bien un linimento conque aliviar la angustia de las almas asustadas.

El verdadero espíritu navideño que debe acompañarnos durante este año es esperanza ante el terror, y ante la angustia, paz

Igual que las liebres, que siempre saltan detrás de la que primero se espanta, la gran mayoría de personas preocupadas por su salud o por la de algún ser querido se ven arrastradas a los términos de los más alborotados, bien por circunstancias íntimas o a veces por velados motivos ideológicos. Así se engendra un auténtico sanedrín de temerosos que convierten las justas medidas de prevención en leyes morales a observar por el ciudadano de bien. La sociedad termina por dejarse llevar en volandas por esta pseudo-liturgia, a vigilar la obediencia de este o de aquel y condenar al contagiado que tácitamente queda de ciudadano inmoral, enfermo de algún pecado. Por descontado, cualquier intento de matización o revisión del rito bien merece el sambenito de hereje o negacionista, como si uno fuera de esos lunáticos abismados con la gran conspiración.
Cunde el pánico, antes que por la enfermedad por el contagio, o, mejor dicho, por contagiar. Siendo honestos, algunas veces más que contagiar lo que nos pesa es ser el que ha contagiado. Y si a este estigma le sumamos el elevado coste personal que implica el diagnóstico (aislamiento de la familia, baja laboral, restricciones de desplazamiento, etc.) entendemos por qué hoy por hoy lo que de verdad temen muchos no es estar enfermo, sino «dar» positivo.

Hemos consentido que el celo de los políticos se anteponga a nuestros lazos más fundamentales

Finalmente, aquellas instituciones que no hicieron más que azuzar el miedo y la fractura social ya han tenido tiempo para comprobar cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir y de paso, cómo van esas tragaderas en lo que a recorte de libertades concierne. Así felizmente hacen oficial nuestro miedo con paquetes de medidas y restricciones que llegan mal y tarde, pero con bien de pompa y de pábulo para los sátrapas que meses después intentarán recordarnos cómo nada de esto habría sido posible sin ellos.
Muy poco poderoso será ese subproducto de la natividad cristiana tan manido que es el «espíritu navideño» si hemos consentido que el celo de los políticos se anteponga a nuestros lazos más fundamentales; cuando convertimos al prójimo en sospechoso, al enfermo en culpable, al disconforme en chalado. Cuando prohibimos abrazarnos entre sanos. O si acaso hemos consentido que los abuelos y los niños pasen solos la Navidad.
No. El verdadero espíritu navideño que debe acompañarnos durante este año es esperanza ante el terror, y ante la angustia, paz. Tiempo de paz en estas fechas recién pasadas del Solsticio, cuyo eco todavía perdura y que trae desde hace milenios la alegría de que los días empezarán a ser más largos. El triunfo del Sol Invictus que despejará las tinieblas y cuya gloria no es otra que la de Cristo que ha nacido de nuevo en Belén. Ojalá que con ese espíritu encaremos el momento: mirándonos sin recelo y como compañeros en esta tremenda fatiga, siempre alerta y responsables con la salud, pero también frente a aquellos que pretenden separarnos e instrumentalizar el miedo. Con esto y solo así tendremos un feliz año.
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