23 de mayo de 2022

Armando Zerolo
cartas de la ribera

Endemia escolar

En plena pandemia, durante los tres meses de confinamiento duro, era frecuente escuchar lo bien que estaban reaccionando los niños y lo mucho que los adultos teníamos que aprender de ellos

De un tiempo a esta parte aprovecho siempre que puedo para preguntar a amigos y conocidos que trabajan en colegios si han visto cambios en los niños después del confinamiento. Todos coinciden en que sí, y los orientadores con los que he podido hablar afinan más y hablan de un incremento notorio de problemas de ansiedad, autolesiones o trastornos alimentarios. Esto los más mayores, pero ¿qué pasa con los pequeños?
Mi abuela, que fue enfermera durante la Guerra Civil, y madre de familia numerosa, decía que lo malo de un niño enfermo no es lo que tuvo, sino lo que se le quedó. Lo decía porque los cuidados, las atenciones y los mimos ofrecidos durante la convalecencia hacían que el chaval, felizmente recuperado en lo físico, fuese insoportable en todo lo demás durante un tiempo. La anécdota expresa la sabiduría práctica del que sabe que las cosas del cuerpo dejan secuelas en el espíritu.
En plena pandemia, durante los tres meses de confinamiento duro, era frecuente escuchar lo bien que estaban reaccionando los niños y lo mucho que los adultos teníamos que aprender de ellos. Las criaturas encerradas en casa, asomadas a la ventana y entretenidas con sus cosas, no parecían hacer problema de una situación que a muchos adultos nos parecía difícil de soportar. ¡Qué bien estaban ellos y cómo nos gustaría estar igual! La envidia hacia los pequeños y el deseo de vivir aislados era el signo elocuente de que algo más grave y más profundo se había vuelto endémico.

Lo que resulta preocupante no es lo que se hizo, sino lo que queda

Ya éramos idiotas, solo que no lo sabíamos. No sabíamos que vivir aislados de los demás, indiferentes a lo que sucede fuera de las cuatro paredes de nuestra casa y más allá de la pantalla de nuestro dispositivo, nos puede volver locos. Creíamos que un libro, una vela y una buena película eran el colmo de la vida. Que un rato de ejercicio, un gimnasio en el garaje, y desayunar brotes de alguna semilla asiática nos daría la felicidad. Durante la pandemia, el espiritualismo y el materialismo se volvieron a encontrar, y descubrieron que van felices de la mano.
Y así, caminando juntas, triunfantes, las dos caras de la misma endemia luchan contra un mal físico sin darse cuenta del daño profundo que nos corroe el alma. Si no somos conscientes de la necesidad que tenemos de vernos los unos a los otros, del riesgo real que supone el aislamiento, y de la tristeza que provoca no tener vida social, ¿cómo vamos a ser capaces de prever los efectos a medio plazo de ciertas medidas?
Espero que no se malentienda lo que digo. Hubo un momento en que el riesgo cierto y principal fue la pandemia. Era el primero por encima de cualquier otro, y eso justificaba que, en una evaluación razonable de los riesgos, hubiese que tomar medidas drásticas para paliar sus efectos. Lo que resulta preocupante no es lo que se hizo, sino lo que queda.

Cuanto antes liberemos de la presión de nuestras angustias a los niños, más leves serán los efectos que padecerán

Las vacunas han funcionado, la mayoría de la población ha sido responsable en esto, y en muchas otras cosas, y se ha notado. Las circunstancias han cambiado, pero se sigue sintiendo con más intensidad el miedo al contagio que la preocupación por los daños psicológicos, por la sencilla razón de que en ningún momento parecimos ser verdaderamente conscientes de lo que estaba en juego. No estoy seguro de que hayamos caído en la cuenta de lo que percibe un niño detrás de la mascarilla, de lo que siente al ser apartado de sus compañeros o de no dejarle jugar en el parque, de tener las puertas cerradas y no ver sobremesas en casa. No es que no sea necesario aplicar esas medidas en algún momento, pero dudo de que seamos conscientes de sus efectos. Es lo único que quiero destacar. No creo que seamos muy inteligentes de lo que perdemos porque no lo apreciábamos cuando lo teníamos. Y con adultos así, ¿cómo esperar que los niños no se resientan? Esto es lo que me preocupa y lo que ahora empieza a aflorar.
Bien está que miremos a los pequeños, pero no para justificar nuestras taras, sino para darnos cuenta de ellas. Los niños no eran ángeles en una situación complicada, eran esponjas, porque eso es lo que son en realidad. Están hechos de un material absorbente que tarda muchos años en liberar el líquido del que se empapan. Y llevan mucho tiempo impregnándose de un ambiente de miedo, de aislamiento y de ansiedad. Ahora empiezan a soltarlo en los colegios. En los más mayores es más visible, en los más pequeños tardaremos en ver en alcance real del daño.
Cuanto antes les liberemos de la presión de nuestras angustias, de nuestra obsesión por la salud, de nuestros miedos y de nuestras psicopatías sociales, más leves serán los efectos que padecerán.
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