02 de julio de 2022

Armando Zerolo
CARTAS DE LA RIBERA

Los Reyes Magos no son los padres

«¿De dónde vienen los hijos?», «¿Cómo se hace una división con decimales?» o «¿los Reyes son los padres?». La más fácil de responder es la última. No, los Reyes no son los padres. Los Reyes Magos existen y se puede explicar

Hay preguntas ante las que todo padre, por muy preparado que esté, suele sentirse un poco incómodo cuando se las hace su hijo: «¿De dónde vienen los hijos?», «¿cómo se hace una división con decimales?» o «¿los Reyes son los padres?». La más fácil de responder es la última. No, los Reyes no son los padres. Los Reyes Magos existen y se puede explicar.
Partamos de lo evidente. El problema es que los padres se creen que ellos son los Reyes, y aquí está el problema. Si vamos de lo más claro a lo menos, lo primero que podemos afirmar sin miedo al desacuerdo es que nosotros sabemos que no somos nosotros. Esto está muy claro. Podemos ser mentirosos y decir que sí lo somos. Podemos ser generosos y comprar regalos. También tenemos algo de funambulistas. Podemos andar con una pila de paquetes entre los brazos y bolsas como alforjas, medio a oscuras y sin hacer ruido. Somos actores y fingimos sorpresa por el regalo que nos hemos comprado a nosotros mismos. Bebedores trasnochados que, porque «aquí no se tira nada», nos bebemos el licor que los niños han servido de la botella que nadie quiere con la que han querido agasajar a sus majestades. Podemos dormir tres horas y tener cara de anuncio de colonia. Somos eso, y mucho más, pero no somos los Reyes Magos. Los Reyes no somos los padres.

El racionalista que niega la magia tiene una amargura merecida, y los demás nos concedemos un día de fiesta

Y entonces, ¿quién pone los regalos? Esto es muy fácil. Sabemos que los regalos no los ponen ni los Reyes Magos ni los niños, y lo sabemos porque los ponemos nosotros. No podemos negar la evidencia, los regalos los ponen los padres. Esto los niños pequeños no lo saben, y está bien que así sea, porque forma parte de una preciosa tradición que cuenta con que la ilusión y la fantasía son decisivas para la vida. ¿Qué sería de un mundo sin ilusión y sin fantasía? No hay nada malo en fingir que los regalos los traen los Reyes Magos, es parte de la fiesta y de la vida. El racionalista que niega la magia tiene una amargura merecida, y los demás nos concedemos un día de fiesta. Pero esta ilusión dura poco porque antes o después los niños se enteran de que los regalos no los traen los Reyes Magos.
Ahora bien, un pequeño error lógico conduce a un gran error ontológico. Que los regalos los pongan los padres, cosa innegable, no significa que los Reyes Magos sean los padres. Solo significa que los regalos no los ponen los Reyes, y nada más. El problema, una vez más, es que los padres nos solemos creer que nosotros somos los Reyes, y por eso los niños acaban creyéndolo también, pero si hay algo que ya ha quedado demostrado con toda evidencia es que los padres no somos los Reyes.
Si está claro que los Reyes no son los padres, y espero que lo esté, tampoco podemos deducir de esta evidencia que los Reyes Magos no existan. No se puede inferir de la afirmación «Los padres ponen los regalos» que los «Reyes son los padres», y mucho menos que «Si los Reyes no son los padres», entonces «los Reyes no existen». Asumimos con demasiada facilidad un error lógico de primer orden. Seamos serios. Nadie puede deducir de todo lo anterior que los Reyes no existen y que son los padres. Solo sabemos, por ahora, que los regalos no los traen los Reyes. Nada más.

El regalo que nos hicieron los Reyes Magos fue el hacernos visible y reconocible una nueva realeza

Por tanto, llegados a este punto, sí podemos responder a nuestros hijos, cuando nos pregunten si los Reyes son los padres, que no, absolutamente no, con toda la seriedad del mundo. Sí podemos decirles que los regalos los hacen los padres porque forma parte de una bellísima tradición que tiene un enorme significado. Y podemos contarles que ese día, de algún modo, los niños son los Reyes, pero no Magos. Los Reyes Magos, los sabios de su época, los poderosos del mundo, llevaron riqueza, pureza y exclusividad en sus cofres, y se rindieron ante un nuevo poder. Reconocieron una nueva realeza. Dieron a conocer al mundo que el poder del niño Dios era diferente, y se inclinaron ante un crío que yacía entre animales porque no había encontrado acomodo entre los hombres. Fue el anuncio de un nuevo poder, el que todos esperaban. Ese fue el regalo que nos hicieron los Reyes Magos, el regalo de hacernos visible y reconocible una nueva realeza.
El poder de Dios siempre ha encajado mal en los planes humanos. Por eso es bueno que los padres, que no somos los Reyes, pero sí somos poderosos, una vez al año nos inclinemos ante los niños para reconocer, con nuestros agasajos particulares, nuestro oro, incienso y mirra, que hay un poder más fecundo y esperanzador que se encuentra en los pequeños, los vulnerables y los sencillos. Al menos una vez al año los padres del mundo, los fuertes y poderosos, tenemos la oportunidad de inclinarnos y reconocer un poder más grande, una nueva realeza.
Una vez al año hacemos sitio en nuestra morada e intentamos no mandar al misterio con los animales. Una vez al año, año tras año, los hogares se ensanchan para hacer un pequeño hueco a algo inmensamente enorme. Y si esto es posible es porque los Reyes Magos sí existen, vienen siempre que los esperamos, y su regalo consiste en hacer visible lo imposible, en crear un espacio en nuestro mundo finito que sea capaz de albergar lo infinito.
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