05 de julio de 2022

Dimitri Conejo

Dimitri Conejo tiene una auténtica historia de conversión y de amor por DiosACdP

Dimitri Conejo, el fundador de Cathopic al que Dios rescató del suicidio: «Él insiste en hacerme feliz»

El joven emprendedor relata su testimonio de conversión en El Efecto Avestruz, un periplo vital que va de la oscuridad más profunda a la luz de Jesucristo

Dimitri Conejo vive en una tensión evangelizadora constante. Este joven diseñador y desarrollador web ha fundado en los últimos años el banco de fotografías profesional Cathopic, la academia online Holydemia o la web de consagración a Santa María Mater Coeli, entre otros proyectos. Hace pocas semanas, él y su mujer daban la bienvenida a su primer hijo, pero Conejo no siempre experimentó esta felicidad: «Mis padres biológicos –recuerda– eran alcohólicos, vivíamos en un ambiente de pobreza máxima».
El joven relata su testimonio en la última entrega de El Efecto Avestruz, la serie de entrevistas de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP). Mirando a cámara, relata su infancia en Rusia, y cómo una profesora le encontró mendigando en un mercadillo y le llevó –a él y a su hermana– a un orfanato: «Era un ambiente bastante violento; los niños tenían miradas perdidas, sin sueños», explica Conejo.
En aquel orfanato, Conejo tuvo su primer encuentro con Dios, a raíz de una charla que dio un pope ortodoxo. «Comencé a rezar a escondidas en un baño, porque estaba mal visto», señala el joven, y recuerda la primera vez en que se sintió escuchado por Dios. «Era mi cumpleaños, y le dije 'Nunca te he pedido nada, pero si realmente eres todopoderoso, que aparezca una tarta', y cuando conté hasta tres entró una cuidadora a decirme 'Ha venido a verte tu madre biológica, y trae una tarta para ti'».
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Una adolescencia complicada

A raíz de aquello, comenzó a rezar con más intensidad, pidiéndole a Dios que alguien les adoptara, a él y a su hermana pequeña. Su deseo se vio cumplido dos años después, cuando fueron adoptados por una pareja española. Conejo tenía entonces diez años. «El inicio en España fue complicado, porque los niños a esas edades son bastante cabrones; nos hacían bullying, llamándonos «putos rusos», y diciéndonos que nos fuéramos a nuestro país», cuenta.
Con 13 años, Conejo se enamoró. «Yo tenía muchas heridas de la infancia, así que rellené con ella mi falta de amor», explica, y relata cómo sintió como una traición divina que la chica tuviera que volver a Uruguay, lo que acabó con su relación. «No entendía que Dios me volviese a hacer sufrir, así que le dije que quería seguir mi propio camino y que no quería saber nada más de Él».
A partir de ahí, Conejo vivió una adolescencia «de fiestas, alcohol y chicas». Se escapaba de casa, y no aparecía cuando la policía le buscaba a instancias de sus padres, preocupados. Al cabo, su padre se sentó frente a él: «Me dijo que esa vida se había acabado –recuerda Conejo–, que tenía que trabajar o estudiar, así que me metí al ejército español», donde sirvió durante dos años.
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La situación más amarga

«En el ejército creía que lo tenía todo y que nadie me controlaba, pero allí viví mi situación más baja: un día me quedé solo y empecé a llorar, me vi completamente abandonado». Aquello –narra– le llevó a intentar suicidarse. Justo antes de poner en práctica la ideación, le dijo a Dios: «¿Por qué estás en silencio conmigo?». «En aquel momento, recibí la llamada de una amiga; me proponía hacer un cursillo de cristiandad», cuenta.
Añade que se metió en el cursillo «de cabeza», buscando un cambio en su vida. «Allí me sentí en casa por primera vez en muchísimos años, sentí que ese era mi lugar, y que yo lo había estado rechazando constantemente, dejándome llevar por lo que me vendía el mundo», reflexiona, y explica cómo aquel evento fue un punto de inflexión, y que a partir de ahí comenzó un camino dentro de la Iglesia que ha ido cada vez a más.
«Dios –concluye Dimitri– me ha estado buscando constantemente, ha estado insistiendo en hacerme feliz, en dármelo todo, sin que yo apenas tenga que hacer más que darle un «Sí» firme». El joven insiste en que solo tiene palabras de agradecimiento hacia el Señor: «Todo lo que os he contado es obra suya, no mía».
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