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13 de junio de 2024

Noches del sacromonteRicardo Franco

¿Quiénes son los falsos profetas de la política?

No son otra cosa que falsos profetas de libro; profesionales de la tergiversación, pedigüeños del voto disgregador que nos enfrenta como pueblo a lo largo del desierto

Actualizada 11:44

Ninguno de nosotros diría abiertamente que nos gusta abrazar la mentira, o que queremos que nos mientan; sobre todo de un tiempo a esta parte en que parece que según lo que digamos y pensemos todo debe llevar siempre –o no–, la etiqueta de denominación de origen de producto ibérico fetén y español.

El problema, o el consuelo –según se mire– es que no somos omniscientes; no tenemos por qué tener conocimiento pleno de todo. Así que necesitamos la mediación de alguien que venga a explicarnos el estado real de las cosas y las cuentas; ese estado real que nosotros, atareados en nuestros quehaceres no podemos o no queremos conocer. Y ahí, de repente, vemos formarse una fila interminable de candidatos a decirnos lo que hay que hacer para devolver el brillo y el esplendor a nuestras armaduras oxidadas, desde la última guerra en la que nos embaucaron los viejos profetas de antaño y de los que no hemos aprendido todavía nada.

Y ahí, precisamente ahí, aparece la figura del buen o mal profeta, del enviado o del autoproclamado profeta que nos señala, que nos indica en su vehemencia o en su ternura, nuestra deriva hacia la inevitable autodestrucción como sociedad y todos esos discursos apocalípticos y a contrapelo de nuestro distraída convivencia en los bares, en las plazas o las tórridas carreteras hacia la costa.

También es verdad que hay profetas y profetas, que todo hay decirlo. Alguno viene por vocación, otros por despiste y alguno es enchufado, después de huir de la última boca de una ballena.

No son todos iguales y algunos vienen del desierto con mucha mala baba para decirnos verdades como templos sobre el santo auxilio a la viuda, a la mujer abandonada, al huérfano y al extranjero; sobre la subida del trigo y el egoísmo del Faraón, que no necesita programa electoral alguno para mantenerse en pie sobre nuestras espaldas de esclavo.

Los profetas, en definitiva, vienen y nos denuncian ante nuestra indiferencia porque, a pesar de desearlo, no somos islas, sino un solo pueblo. Y alguna vez también fuimos, o seremos, un forastero solitario que necesitó o necesitará llegar a un lugar donde ser acogido, tras la inmensa soledad en alta mar o tras el naufragio sin cámaras de televisión frente a un chiringuito, a veinte euros el gin tonic.

Y también están esos otros profetas salvadores de la patria que, en su furiosa denuncia de la inmoralidad intergeneracional y la pérdida de «sus» inquebrantables valores, nos quieren meter miedo para que obedezcamos su monserga. Ellos aparecen como dignos ángeles de la pulcritud y las buenas formas. Así que es difícil distinguir entre el bueno y el malo, porque a veces visten igual y usan las mismas palabras, y parecen defender las cosas que verdaderamente importan sobre la vida, la muerte, y la seguridad en las fronteras con los hititas...

Pero como sin duda habrán leído más que yo el Antiguo Testamento, sabrán que un buen profeta nunca se llama a sí mismo, sino que es llamado siempre por otro para anunciar algo, para llamar a la esperanza y la unidad, ya que él ve mejor y más lejos, y puede mostrar el camino hacia el siguiente vergel.

El buen profeta tiende al diálogo con el distinto, al que reconoce y valora a pesar de su evidente diferencia. Y busca siempre un encuentro reconciliador sin alharacas ni gestos bruscos, ya que ha sido llamado a reunir a todos los hijos, y no a disolverlos en guerrillas de tribus.

El buen profeta nunca viene solo de algún lugar perdido para aguarnos la fiesta sin más, ya que ha sido llamado para ofrecernos un camino de vuelta a la salvación. Por eso, en su discurso no enarbola banderas de su propia justicia ni separa con palabras escandalosas a unos de los otros, afirmando que lo hemos dejado solo frente al mal del mundo, o que sólo queda él para enfrentarse al Leviatán y a todos los poderes supranacionales.

Por eso, y a partir de estos breves datos, se puede descubrir que la mayoría de aquellos que últimamente llegan hasta nosotros, a los que seguimos como ovejas obedientes y a los que hemos dado nuestra plena confianza, no son otra cosa que pequeños falsos profetas de libro; profesionales de la imagen y de la tergiversación, pedigüeños del voto disgregador que nos enfrenta como pueblo a lo largo del desierto. Sigan, pues, al profeta que quieran, o al que haya regalado más sus oídos, pero no digan que no se ven ya los signos del enfrentamiento entre nosotros. Y eso no augura nada bueno.

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