Imágenes del Rey de Reyes: por qué se representan así Melchor, Gaspar y Baltasar
Desde los inicios del cristianismo hasta nuestros días, la liturgia, el arte y la piedad popular han ido dando forma a los anónimos sabios de oriente de los que habla el evangelio de san Mateo
Francesco Bassano: «Adoración de los Reyes Magos». Segunda mitad del siglo XVI. Óleo sobre tela
«En el arte cristiano los valores espirituales se hacen visibles, más cercanos a la mentalidad humana, que quiere ver y palpar; la armonía de las composiciones, la forma plástica, los colores, son medios que tratan de aproximar lo visible a lo invisible, lo sensible a lo sobrenatural». Estas palabras, pronunciadas por Juan XXIII en 1961, que pude leer recientemente en los muros del Museo Diocesano de Bérgamo, resuenan especialmente en el tiempo de Navidad, donde las imágenes salen a nuestro encuentro encarnando los escritos que, desde las primeras comunidades cristianas, referían el nacimiento de Cristo.
El sucinto relato de san Mateo dio entrada en la escena a unos magos orientales, que llegaron ante el Niño y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Desde el siglo III estos personajes se hicieron presentes en las sencillísimas manifestaciones pictóricas y escultóricas de las catacumbas, para expresar la idea de salvación universal, llegada a los pueblos más lejanos de la tierra.
Su procedencia oriental se tradujo plásticamente en sus atuendos, con capas superpuestas a túnicas cortas propias de los viajeros y anaxyrides o calzas de notable decorativismo, a los que se sumaban los tocados frigios.
El esquematismo de sus primeras representaciones se fue enriqueciendo a la luz de las reinterpretaciones que la patrística y la teología cristiana hicieron de los magos y sus atributos iconográficos. Así, Tertuliano les otorgó la dignidad real, dando cabida a mantos ampulosos y coronas, recreados anacrónicamente en las distintas épocas.
A su regia condición sumó el apócrifo Evangelio Armenio de la Infancia la identificación de los sabios y las tierras de su dominio: «Melchor reinaba sobre los persas; Baltasar reinaba sobre los indios y Gaspar tenía en posesión el país de los árabes». Poco a poco las imágenes expresaban la continuidad entre Antiguo y Nuevo Testamento con el cumplimiento del salmo 72: «Todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones».
La iconografía afirma la realeza de Cristo, exaltándole desde su nacimiento como «rey de reyes». A su vez, la propagación del arrianismo y su rechazo a la naturaleza divina de Cristo subrayó el carácter de la escena como epifanía, conmemorándose en la liturgia oriental el mismo día que dos grandes teofanías, el bautismo de Cristo y las bodas de Caná.
La multiplicación de las imágenes de los magos en la Edad Media coincidió en gran medida con el auge de las peregrinaciones a los Santos Lugares, parangonándose los peregrinos, llegados desde tierras lejanas para la veneración de las reliquias, con nuestros regios protagonistas. Y en sus representaciones comenzaron a individualizarse rasgos que partían de las descripciones literarias.
Beda el Venerable, haciéndose eco de relatos anteriores, apuntó que «el primero de los magos fue Melchor, un anciano de largos cabellos blancos y luenga barba (…) El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe, de tez encendida (…) El tercero, llamado Baltasar, de tez morena». De esta forma se generalizaba su presentación en relación con de las edades del hombre, simbolismo que desde el siglo XV se hizo extensivo a las razas de la tierra, para incidir en la adoración universal a Cristo y dar cumplimiento a la profecía de Isaías (60, 3): «Las naciones caminarán hacia tu luz».
Ricas piezas de orfebrería portan las ofrendas: oro, signo de la realeza de Cristo, incienso de su divinidad y mirra de su humanidad, tal como recoge Beda el Venerable si proseguimos la lectura de su relato.
El valor de estos dones se traduce plásticamente en gestos derivados de rituales cortesanos y litúrgicos, como la proskynesis o la velatio de las manos, e inspirados en el teatro de los misterios, como el de señalar la estrella. Este motivo que, parafraseando a san Mateo (2, 9), «habían visto en oriente, los guio y se paró encima de donde estaba el Niño», personifica el anuncio del nacimiento de Cristo.
Por eso en ocasiones enmarca su pequeña figura portando la cruz o se transfigura en un ángel, siguiendo la descripción de la Leyenda Áurea, escrita por el dominico Santiago de la Vorágine hacia1265: «con la figura de un niño, y efectivamente era un ángel, el mismo que se les había aparecido a los pastores».
La presencia del ángel se repite en la iconografía del sueño de los reyes magos para recoger el versículo de san Mateo: «Advertidos en sueños de que no volvieran donde estaba Herodes, regresaron a su país por otro camino».
En las imágenes que nos asaltan estos días cada detalle está impregnado de la riqueza de la tradición y la necesidad de transmitirla desde una Belleza que encarna el significado último de la Navidad. Solo hace falta atender a la realidad y a las preguntas que suscitan las manifestaciones artísticas.
* María Rodríguez de Velasco es Secretaria Académica y Profesora Titular de Historia del Arte en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Información de la Universidad San Pablo CEU