Roda de Isábena
Catedrales
¿Cuál es la catedral más pequeña de España y dónde se encuentra?
La catedral más pequeña de nuestro país se encuentra en un encantador municipio de la provincia de Huesca, en Aragón
En España encontramos grandes templos imponentes, catedrales góticas que nada tienen que envidiar a las que se encuentran en Centroeuropa y basílicas que dejan a cualquier visitante con la boca abierta. Pero no todo tiene que ser grandioso ni de dimensiones colosales. A veces, la belleza está en lo pequeño, en lo simple.
En Roda de Isábena, un pequeño pueblo de Huesca, en Aragón, que apenas es más grande que tres campos de fútbol y en el que solo viven 46 vecinos de forma permanente, se encuentra la catedral más pequeña de nuestro país. Se trata de un templo románico que, en realidad, fue el segundo construido en la localidad, ya que el primero, consagrado en el año 956, fue destruido en el 1006 por Abd al-Malik, el hijo de Almanzor.
No tardó mucho en erigirse la segunda catedral, la que puede visitarse hoy en día, la cual se consagró en el 1030. No obstante, un siglo más tarde, la sede episcopal compartida con Barbastro se trasladó a Lérida, por lo que la catedral dejó de ser catedral.
Pero a los habitantes de Roda de Isábena ese pequeño detalle no les importó y siguieron llamándola catedral de San Vicente, nombre con el que se la conoce hoy en día.
Arquitectura
La catedral es de estilo románico de ascendencia lombarda. Sin embargo, los añadidos y reformas del pórtico sur, así como la torre, son posteriores, del siglo XVIII.
El conjunto fue restaurado en 1970 y, además de ser considerada la catedral más pequeña de España, bate otro récord: es el templo con mayor número de inscripciones funerarias. Además, entre sus tesoros se encuentra el mueble de madera más antiguo de la península ibérica, la silla de San Román, cuyos restos se guardan en la cripta de la catedral.
Hoy, la catedral de San Vicente sigue siendo el corazón de Roda de Isábena y una de esas joyas que sorprenden precisamente por su discreción. Pequeña en tamaño, pero enorme en patrimonio y en memoria, es la prueba de que no hace falta un templo colosal para dejar huella: basta con que el tiempo, la piedra y el silencio hagan su trabajo.