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Hombres de paz para la paz

El intérprete tuvo que tragar saliva antes de proceder, pero animado por el científico completó su tarea. A lo que siguió la respuesta sintética de Brezhnev: «Da» [Sí]

Jérôme Lejeune

Jérôme LejeuneWikipedia

Parece lógico admitir que, teniendo en cuenta todos los elementos en juego, frenar la carrera de armamento hoy es imposible. Así es como nos topamos con el primer obstáculo para la paz: apenas hay quienes tengan esperanza de alcanzarla. Y ese muro no puede tumbarlo ninguna negociación.

La historia reciente de Europa cuenta con honrosas excepciones. Hablemos de dos.

El primero es Robert Schuman, ministro de Exteriores de Francia entre 1948 y 1952. Hombre de grandes ideales y mayor sentido práctico, se ganó el sobrenombre de padre de Europa. Desafiando la lógica de muchos de sus contemporáneos, él y sus compañeros de pacificación crearon la CECA, tan solo cinco años después del final de la II Guerra Mundial. Refiriéndose a ese momento, Schuman explicaría años más tarde: «Elegimos un nuevo camino que entrañaba ciertos riesgos, pero que era constructivo. Fue un acto de fe». No era una fe ciega.

Las decisiones de aquel abogado convertido en político se asentaban en un análisis certero de la realidad. Conocía bien la naturaleza humana, con su capacidad de bajeza y de grandeza; conocía la idiosincrasia de franceses y alemanes; conocía al dedillo los datos de producción de materias primas de ambos países y la situación de sus empresas. A Schuman le impulsaban sus ideales, en la misma medida que le movía un objetivo de eficacia. «Todo lo que habíamos imaginado anteriormente: la ONU, el Pacto Atlántico, la UEO, los tratados de paz firmados en 1947, todo era totalmente ineficaz», explicaba. La puesta en común de la producción del carbón y el acero de Francia y Alemania, por el contrario, funcionaría: haría que una nueva guerra entre esos dos países fuera «no solo impensable, sino materialmente imposible», según sus propias palabras. La palanca del cambio sería no solo el sentido moral sino también el económico. El carbón y el acero ya no podrían usarse para la guerra porque hacían falta para la progresar.

Retrato de Robert Schuman, diputado de Moselle (1929)

Retrato de Robert Schuman, diputado de Moselle (1929)

El genetista Jerome Lejeune, también francés, viajó a Moscú en 1981 para hablar de paz con el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Leonid Brezhnev. Emprendió el viaje bien pertrecho de conocimientos sobre la energía atómica y de las oraciones de una comunidad carmelita. Su argumentación ante los mandos de la URSS fue la siguiente, según recoge una biografía reciente (Jerôme Lejeune, la libertad del sabio, 2021):

«Señor presidente, si hemos venido a verle a petición del Santo Padre [san Juan Pablo II], es porque nosotros, científicos, hemos llegado a la conclusión de que no existe ninguna solución tecnológica, militar o médica para poner remedio a los desastres de una guerra atómica. Nosotros, científicos, sabemos que por vez primera la humanidad se encuentra confrontada con el hecho de que su supervivencia depende de la aceptación, por todas las naciones del mundo, de preceptos morales que trascienden todo sistema y toda especulación».

El intérprete tuvo que tragar saliva antes de proceder, pero animado por el científico completó su tarea. A lo que siguió la respuesta sintética de Brezhnev: «Da» [Sí].

El Papa León XIV está trabajando incesantemente por la paz, como ya hicieron sus predecesores y como queda bien recogido en otras páginas de El Debate. Pero «en la labor de (...) aplicar la moral cristiana, la Iglesia necesita la dedicación de los pastores, los conocimientos de los teólogos y la contribución de todos» (n. 2038). Hacen falta personas como Schuman y Lejeune. ¿Y de dónde salen personas así? Del mismo mundo real en el que vivimos nosotros. Pues ellos tuvieron una infancia, en la que bebieron la fe de sus padres; de jóvenes aprendieron de unos maestros y se entusiasmaron con unos ideales; de adultos tuvieron quienes les apoyaron en sus hazañas. Para que existan nuevos Schumans y Lejeunes necesitamos personas -muchas, cuantas más mejor- que se atrevan a buscar la paz. Porque de una forma quizás no tan misteriosa la historia también se fragua a través de la vida corriente de las personas normales: «Las cosas pequeñas, los actos cotidianos de personas ordinarias son los que alejan a la maldad», escribió Tolkien en El Hobbit.

La paz requiere e implica «ensanchar la inteligencia». Por eso el Papa reza: «Haz de nosotros constructores fieles y creativos de paz cotidiana en nuestro corazón, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras ciudades. Que cada palabra amable, cada gesto de reconciliación y cada decisión de diálogo sean semillas de un mundo nuevo».

Tanto Robert Schuman como Jerôme Lejeune fueron inteligentes, creativos, amables, dialogantes. Ambos están en proceso de ser declarados santos.

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