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La primera encíclica de León XIV ha sido presentada este lunes 25 de mayo en El VaticanoAFP

Esto propone la Doctrina Social para superar la polarización y la fragmentación

«La paradoja del realismo del Papa León reside en que la inquebrantable realidad del poder puede ser vencida por la realidad aún más inquebrantable de nuestra humanidad, don de Dios»

«La paradoja del realismo del Papa León reside en que la inquebrantable realidad del poder puede ser vencida por la realidad aún más inquebrantable de nuestra humanidad, don de Dios». Así se expresó el profesor Adrian Pabst, uno de los ensayistas católicos de última generación, durante una de las sesiones del congreso anual de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, celebrado del 28 al 30 de mayo en el Vaticano. Una sesión dedicada a cómo el pensamiento social católico puede contribuir a evitar, o superar, unas polarizaciones tan presentes en nuestra sociedad.

Para el profesor Pabst, conviene interpretar la perspectiva que, sobre la cuestión, ofrece León XIV en la recién publicada encíclica Magnífica Humanitas. «Como escribe el Papa en su primera encíclica social», señala el académico alemán afincado en Gran Bretaña, «la tecnología tiene el poder de curar, conectar, educar y proteger nuestra casa común», pero «también puede dividir, excluir y generar nuevas formas de injusticia».

De ahí que Pabst sugiera que, para superar la polarización y la fragmentación, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) proponga «las ideas perdurables de la alianza —la alianza de Dios con la humanidad— y la distribución del poder humano en consonancia con los principios de subsidiariedad y solidaridad». «De esta manera», prosigue, «se anima a los seres humanos a formar entidades corporativas para perseguir el bien común».

¿Cómo se pone en práctica esta perspectiva? Estas entidades deben incluir a «asociaciones civiles, empresas éticas, sindicatos que sirvan a sus miembros, colegios profesionales, universidades y ciudades libres». Porque «la sociedad no es un contrato social abstracto, sino una comunidad de comunidades, un conjunto de entidades que refleja vagamente el cuerpo de la Iglesia, desde la iglesia parroquial hasta la Iglesia universal».

Por su parte, otro de los intervinientes, el profesor Giovanni Farese, de la Universidad Europea de Roma, insistió en el valor fundamental de la cohesión. Existen, en su opinión, tres medios para promover la cohesión en sociedades polarizadas.

El primero es el diálogo. «Pero el diálogo», advierte, «solo es posible si escuchamos, moderamos el lenguaje y recuperamos el valor de las pausas y el silencio. El economista sueco y posteriormente diplomático Dag Hammarskjöld, segundo secretario general de las Naciones Unidas, habló en una ocasión de la «diplomacia silenciosa», donde el silencio también desempeñaba un papel importante».

El segundo medio es la prosperidad y el bienestar generalizados. «Es fundamental recordar que la cohesión requiere una provisión adecuada de bienes públicos —empezando por la salud, la educación y la movilidad—, y la DSI ha defendido sistemáticamente esta necesidad. Sin embargo, los bienes públicos solo pueden proporcionarse mediante sistemas tributarios en los que cada empresa y persona contribuye en función de sus ingresos y patrimonio relativos».

Justifica ese intervencionismo en que «las comunidades se mantienen unidas en torno a ciertos bienes públicos, y no en torno a ciertos saldos presupuestarios. Con demasiada frecuencia, la estabilidad financiera, fiscal y monetaria, que sin duda es importante —nadie puede negarlo—, se trata como un fin en sí misma y no como un medio para el bien común».

El tercer medio es la inclusión, la participación y la promoción. «La cohesión», argumenta Farese, «no es algo que se construya, se dé o se imponga a otros como si fueran objetos pasivos, sino que se crea y se recrea por las propias personas mediante un esfuerzo y un servicio constantes. Esto significa que el trabajo de mantenimiento es también un trabajo de renovación. Es un proceso dinámico. La inclusión también implica crear un espacio para el otro. He mencionado a Keynes y Hammarskjöld, entre otros —un ateo y un luterano que ambos creían en la cooperación como camino hacia la paz—, para expresar la idea de que, si es posible encontrar razones para converger en el servicio a la humanidad partiendo de diferentes creencias, con mayor razón debería ser posible para los católicos dentro del catolicismo. Pero los católicos no deben limitarse a sí mismos».

Mas la cohesión, para ser efectiva, ha de tener fines. «El diálogo, la participación y el bienestar pueden promover la paz. Y me refiero a la paz en sus múltiples facetas y significados, tanto morales como sociales. La 'tranquillitas ordinis' de Agustín es el fin». «Por el contrario», insiste el profesor Farese, «sabemos muy bien que la exclusión, la desigualdad y los monólogos generan desunión, y la desunión puede generar guerra. Pero una buena cohesión requiere una disposición inicial o confianza».

Segundo requisito: la disposición ha de preceder al diálogo. «Esta disposición se puede fomentar mediante la reconfortante e inspiradora comprensión de que la cohesión, la comunión y la unidad no borran las diferencias», concluyó.