San Cayetano: el santo italiano que Argentina convirtió en símbolo del pan y del trabajo
Cinco siglos después de su muerte, un noble convertido en sacerdote y reformador sigue reuniendo cada invierno austral a miles de personas frente a un santuario de Buenos Aires
Imagen devocional de San Cayetano con el santuario de fondo
Cada 7 de agosto, miles de fieles se acercan al santuario de Liniers, en Buenos Aires, para pedir y agradecer por el trabajo, el sustento familiar y la esperanza en medio de las dificultades.
Las noches previas, cientos de personas acampan en plena calle frente al santuario de San Cayetano, en el barrio de Liniers, al oeste de Buenos Aires. Lo hacen en pleno invierno austral, con mantas y sillas plegables, mientras la fila –que según medios locales ha llegado a extenderse más de veinte cuadras– crece hora tras hora. Cuando amanece el día del santo, miles de personas más se suman a esa espera para dejar, durante unos segundos, una intención frente a su imagen.
Fieles rezan ante la imagen de San Cayetano en el santuario de Liniers, en Buenos Aires
Nunca estuvo en América. San Cayetano de Thiene nació en Vicenza, en el norte de Italia, en 1480, dentro de una familia de la nobleza, los condes de Thiene. Estudió derecho civil y canónico en la Universidad de Padua y, ya formado, se trasladó a Roma, donde llegó a ocupar el cargo de protonotario apostólico en la Curia pontificia. Por su origen familiar, su formación y su posición, tenía ante sí un camino de prestigio social y seguridad material. Pero su vida fue tomando una dirección distinta.
Un reformador sin estridencias
A comienzos del siglo XVI, años antes de la ruptura protestante, buena parte de la Iglesia atravesaba una crisis que reclamaba una renovación profunda. Cayetano respondió desde una decisión personal: reformar empezando por su propia vida. En Roma se vinculó a la Compañía del Divino Amor, un movimiento de laicos y sacerdotes dedicado a la oración y la atención de pobres y enfermos. Fue ordenado sacerdote en 1516.
Fachada del Santuario de San Cayetano de Liniers, en Buenos Aires
En 1524, junto con Juan Pedro Carafa –que años más tarde sería elegido Papa con el nombre de Pablo IV–, Bonifacio de Coli y Pablo Consiglieri, fundó la Orden de los Clérigos Regulares Teatinos. Buscaban renovar el clero mediante una vida más austera y más cercana al pueblo, en una época en que parte del clero vivía alejado de esa exigencia. Esa corriente de reforma interna anticipó el clima espiritual que, décadas después, cristalizaría en el Concilio de Trento.
Después del Saqueo de Roma de 1527, uno de los episodios más violentos sufridos por la ciudad en ese siglo, Cayetano y sus compañeros se refugiaron en Venecia. Más tarde fue enviado a Nápoles, donde transcurriría el resto de su vida. Allí visitó hospitales, acompañó a enfermos que otros evitaban por temor al contagio y respaldó el Monte de Piedad, una institución que prestaba ayuda económica a los pobres sin someterlos a la usura, en una ciudad donde una deuda mal pagada podía arruinar a una familia entera.
Murió en Nápoles el 7 de agosto de 1547. Fue beatificado en 1629 por Urbano VIII y canonizado en 1671 por Clemente X. Con el tiempo, en Argentina su figura traspasaría las fronteras del santoral europeo para volverse una de las más queridas de la religiosidad popular.
De Nápoles al Río de la Plata
La devoción llegó al país de la mano de la inmigración italiana, que entre fines del siglo XIX y mediados del XX trajo consigo muchas tradiciones religiosas. La Argentina de las crisis económicas recurrentes encontró en la figura de Cayetano –marcada por la cercanía con los pobres y los endeudados– un terreno especialmente fértil.
Su asociación definitiva con el pan y el trabajo se consolidó durante la crisis de la década de 1930. En ese contexto, el párroco Domingo Falgioni, director espiritual de los Círculos de Obreros Católicos, impulsó su devoción como intercesor frente al desempleo y difundió una estampa del santo con una espiga de trigo que terminaría definiendo buena parte de su iconografía argentina.
San Cayetano intercede ante los fieles por el sustento del pan y del trabajo
Con el tiempo, su culto quedó resumido en dos palabras que cualquier argentino reconoce sin necesidad de explicación: pan y trabajo. Cada 7 de agosto, eso piden literalmente miles de personas frente a su imagen
Espigas, estampas y promesas
El signo más visible de esta devoción son las espigas de trigo, que los fieles llevan o reciben a la salida del santuario. El gesto no es decorativo: el trigo remite al pan, y el pan, al sustento básico de cualquier familia. Junto a las espigas, hay estampas, velas e intenciones escritas en papeles que se depositan junto a la imagen.
El santuario recibe cada 7 de agosto una de las mayores concentraciones religiosas del país. Su arraigo se explica por la cercanía entre la vida del santo y las preocupaciones de quien lo invoca: Cayetano ejerció una caridad concreta, dirigida a quienes no tenían nada, mucho antes de convertirse en objeto de devoción masiva.
Una fe hecha de necesidades concretas
En la tradición católica, pedir la intercesión de un santo no sustituye la responsabilidad personal. El caso argentino muestra algo distinto: la convicción de que también lo más cotidiano –un empleo, una deuda, la salud de un hijo, el sustento de una familia– puede llevarse a la oración.
Estampitas de San Cayetano con el Niño en brazos, en una composición devocional vinculada a la oración y la tradición popular.
Más información sobre la historia del santo, sus oraciones y el desarrollo de esta devoción en Argentina puede consultarse en el portal San Cayetano, especializado en su figura y su presencia en la religiosidad popular del país.
Cinco siglos después de su muerte en Nápoles, un noble convertido en sacerdote y reformador sigue reuniendo cada invierno austral a miles de personas frente a un santuario de Buenos Aires. Entre velas, espigas y filas que se extienden durante toda la noche, los fieles siguen nombrando allí dos necesidades elementales de la vida humana: llevar pan a la mesa y encontrar un trabajo digno.