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Historia de la santidad cristiana

La Carta a Diogneto refleja de manera acertada la condición del cristianismo antes del siglo IV. Lo que sorprende al pagano es el distanciamiento de los cristianos con respecto al mundo, incluso su despreocupación ante la muerte, a pesar de que no se distinguen de los demás hombres por ninguna condición exterior

Todos los Santos

En la primitiva comunidad cristiana, los santos aparecen como aquellos que han recibido la Buena Noticia, los cristianos que aceptan la fe y renacen a una vida nueva por el bautismo. Por eso san Pablo los llamaba «los santos», es decir, todos los creyentes bautizados. Adoptar la fe cristiana significaba haberse convertido, cambiar de vida, recibir el Espíritu Santo que transforma la existencia humana.

En tiempos del emperador Constantino, la vida cristiana se banaliza, formándose un nuevo concepto de «santo», comprendiéndose como la persona que realiza de modo extraordinario el mandamiento del amor. El santo es ahora el «mártir», aquel que da la vida por la fe, el que expresa su amor a través del testimonio supremo de la sangre. Lo formula san Agustín de manera magistral: «non poena, sed causa, facit martyres», no es la pena, sino la causa, la que hace al mártir. La razón por la que la Iglesia considera santo al mártir no está en su sufrimiento sino en la causa y el motivo que lo hizo enfrentarse con las circunstancias de su martirio.

El pontificado de León XIV está marcado por el carisma de san AgustínEl Debate (asistido por IA)

La Carta a Diogneto refleja de manera acertada la condición del cristianismo antes del siglo IV. Lo que sorprende al pagano es el distanciamiento de los cristianos con respecto al mundo, incluso su despreocupación ante la muerte, a pesar de que no se distinguen de los demás hombres por ninguna condición exterior.

Con el siglo IV, la situación cambia. Al extenderse por el mediterráneo, el cristianismo se heleniza. La sencillez primitiva se pierde y hay una prevalencia y supervaloración de lo intelectual en la perfección cristiana procedente del mundo platónico y aristotélico. El lenguaje martirial no parece responder a la pregunta de una vida en el mundo que se vive fuera del mundo. A esto viene a responder el modelo monástico. Los monjes se convierten así en los sucesores de los mártires. El monacato ocupará el puesto del martirio. Surge así la idea de que el monacato es el estado de vida capaz de colmar las exigencias del bautismo hasta sus últimas consecuencias, teniendo como corolario la desafortunada y cómoda tesis de pensar que los demás no están llamados a cumbres tan elevadas. El analogatum princeps de la perfección es para todos a partir de ahora el monacato o la vida religiosa derivada de él.

Con san Agustín se forma una figura de perfección en la que el obispo, que vive como un cenobita, es apóstol, predica y edifica en la historia un portio Christi, la Iglesia. El modelo monástico se abraza así con la historia: el monje para la misión, no sólo para el cenobio. De este modo, la Iglesia occidental no fue sólo una Iglesia de monjes, sino una Iglesia del pueblo. La historia pasa a ser el espacio que el monje debe convertir: el santo es quien experimenta el absoluto de lo divino en la historia y anuncia la Iglesia como lugar histórico de lo divino.

Esencialmente, el amor

Santo Tomás de Aquino restableció sobre bases teológicas la doctrina reconocida desde los primeros tiempos, y subrayada por san Agustín, según la cual la perfección y santidad cristianas consisten esencialmente en el amor, por lo que se puede realizar en todo estado y situación.

El fin de la Edad Media, con la irrupción del movimiento renacentista y humanístico, señaló una progresiva suavización en la mortificación física y un cierto abandono de la visión de la santidad como huida del mundo. El representante típico de esta nueva orientación fue san Francisco de Sales, que elaboró en su Teótimo (Tratado del amor de Dios) el concepto de amor como principio de la piedad cristiana, al que están obligados también los que están comprometidos en profesiones temporales. En su Introducción a la vida devota, la tesis de la perfección para todos («devoción») se proclama sin ambages y se presenta en forma sencilla y accesible para todos. Con san Francisco de Sales, el camino de la santidad se convierte en una «vocación común de todos los creyentes». San Francisco de Sales podría ser considerado el fundador de la santidad laica de los tiempos modernos, al insistir en la posibilidad de convertir los pequeños deberes ordinarios y cotidianos en medios idóneos para alcanzar la salvación eterna.

San Francisco de Sales

Durante los siglos XI al XVI, la santidad se identifica con una pobreza lo más cercana posible a Cristo. San Francisco de Asís encarna esta nueva dimensión. En Teresa de Lisieux, que es la cumbre de la tradición carmelitana, la renuncia de san Francisco se hace absoluta. Teresa renuncia no sólo a la acción política, sino también a la palabra como instrumento de relación con el mundo. Su conciencia de estar consumada en el amor por el Espíritu a Dios se une al deseo de ver al mundo consumado en la misma unión. Con Teresa de Lisieux, el modelo monástico cierra su parábola, concluyendo así toda una época en la historia de la Iglesia

La Edad Moderna tuvo que hacer frente a la reforma protestante, negadora de la intercesión de los santos, de su culto y reliquias, o de sus representaciones iconográficas, dimensiones que Trento reafirmará. El siglo XVI fue para la Iglesia católica el siglo de los santos, lo que significó el vigor mayor contrarreformista.

El siglo XX acoge dos épocas espirituales, la de los primeros cincuenta años y la posterior al Concilio Vaticano II. La primera subrayó el momento horizontal del amor cristiano, el servicio al prójimo. Frente a este momento, junto a la jerarquía nació el Dieu vivant cuya cabeza era el P. Jean Daniélou, que intentó contrarrestar la corriente secularizadora de insistencia excesiva en los valores terrenos y recuperar el primado de la dimensión contemplativa del mundo, el recuerdo de que el verdadero protagonista de la santidad cristiana es el Espíritu de Dios.

Los seglares

El Concilio Vaticano II enfatizó la vocación universal a la santidad, abriendo la posibilidad de la plena realización laical. Es necesaria la responsabilidad del seglar en el mundo. El mundo debe entrar en la altura de la responsabilidad de la fe. Es hora de que el cristiano asuma el mundo en su conciencia.

El tiempo actual no acoge la comprensión de la santidad como algo extraordinario, sino que el hombre que hace lo que es justo y según lo requiere el amor hace lo que debería hacer cualquiera que quisiera hacer bien su asunto. Se hace lo justo en lo cotidiano, pero la justeza de las tareas propuestas se entenderá a partir de Dios. Hacer lo que en cada ocasión exigen las obligaciones diarias porque así se cumple la voluntad de Dios.

San Juan Pablo II decía que cualquier crisis es una crisis de santidad, y se supera cuando nos decidimos a seguir a Cristo como hijos de Dios Padre. La perfección sobrenatural posee un carácter cristológico: Dios nos ha pensado siempre en Cristo. Y es participando en el misterio personal de Cristo como nosotros somos santos. Misterio personal que comenzamos a vivir en el bautismo, que incorpora al bautizado en Cristo y lo inscribe en su Iglesia. El bautismo hace laicos, miembros del cuerpo místico de Cristo, pertenecientes al pueblo santo. La perfección sobrenatural es una, la misma para todos los bautizados, y consiste en conformarse con Cristo en su ser y en su obrar, siendo así imágenes de Aquel que es la imagen del Padre. Es una en su fuente, que es Dios; en su causa ejemplar, que es Cristo; en su esencia, que consiste en la unión total con Él por medio de la caridad. Pero a la vez la perfección sobrenatural es distinta en cada hombre, puesto que cada uno tiene su propia vocación particular para cumplir. Es la misma voluntad de Dios la que traza un distinto plan de perfección personal para cada uno.

El Papa Juan Pablo II durante una visita a Alemania en 1986GTRES

La santidad es un don divino recibido por aquellos que acogen la fe y el bautismo. Este don original capacita para cumplir las obligaciones cotidianas y responder a las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Dios comunica su gloria al hombre llamándolo a participar de su santidad. El hombre buscará la gloria de Dios por medio de una conducta santa porque Dios es santo; realizará la ofrenda de la disposición de sí mismo hasta alcanzar la perfecta conformidad con la voluntad divina en la que consiste la santidad cristiana: Quae placita sunt ei facio semper, yo hago siempre la voluntad de mi Padre; manifestará con sus actos buenos el perpetuo desiderium caritatis, deseo conjunto de ser amado por Dios y deseo de amar y de glorificar a Dios hasta el encuentro perfecto de nuestra esperanza con las promesas de Cristo.

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid.