03 de diciembre de 2022

Gonzalo Fernández Escribano

Nueva Evangelización: ¿Espíritu Santo o moda?

Es comprensible la cautela inicial por el celo que en el discernimiento nos exige 1Juan 4,1 y la advertencia de Mt 24,11 «Surgirán falsos profetas que engañarán a muchos»

En los últimos años han surgido en la Iglesia diversas iniciativas de la denominada nueva evangelización que progresivamente están cobrando mucha relevancia en nuestra realidad eclesial.
Rara es ya la ciudad en la que no se celebran estos retiros, seminarios y encuentros, que ciertamente «revuelven» a los participantes –muchas veces personas alejadas de la fe o con una fe debilitada– provocando una revitalización de su religiosidad y una euforia palpable. Pero algunos sectores de la Iglesia ven estas actividades con recelo y se preguntan ¿es verdadera acción del Espíritu Santo?, ¿o son experiencias de base psicológica intranscendentes del nivel emocional?
Es comprensible la cautela inicial por el celo que en el discernimiento nos exige 1 Juan 4,1 y la advertencia de Mt 24,11: «Surgirán falsos profetas que engañarán a muchos». Pero debemos ser cautelosos y no anticipar la aceptación o la crítica, pues el riesgo de equivocarnos podría situarnos enredados con Satanás o bien rechazando la obra del Espíritu Santo.
Analicemos algunos aspectos generales que nos permitan un discernimiento inicial:
Un primer criterio de discernimiento nos lo proporciona Jesús en Mt 7,20: «Por sus frutos los conoceréis». Salvadas las excepciones, los efectos que producen estas iniciativas de nueva evangelización son palpables y positivos: descubrimiento de la dimensión religiosa de la vida; toma de conciencia de la acción de Dios que rebasa nuestra materialidad; primer contacto más o menos consciente con el Espíritu Santo; reavivamiento de la vida sacramental; sed de conocimiento de Dios y de experiencias de fe; integración en grupos de oración donde crecer en espíritu.
El segundo criterio está relacionado con hacia dónde se dirige el foco de atención, a quién se dirige la gloria. Tengamos en cuenta que todas las iniciativas se suelen radicar en parroquias, preparadas con apoyo espiritual de un sacerdote, dirigidas desde la oración, presididas por la Palabra, y como resultado de una vida sacramental fortalecida con la adoración al Santísimo Sacramento. También es reseñable la aceptación indiscriminada de todas las personas, sin prejuicios ni prioridades, todos en perfecta equidistancia, bajo el Señor, demostrando con hechos que Cristo murió por nosotros en la cruz no a pesar de nuestros pecados, sino precisamente por ellos.
Ante estas evidencias las dudas se disipan, porque el demonio no puede hacer propuestas contra sí mismo (Mc 3,26). Además al presentar a Jesucristo como nuestro Salvador y desde ahí proponer la fe, esta evangelización satisface el criterio establecido en 1 Jn 4,2: «Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios».
Aún así, se cuestionan estas iniciativas por la carga emotiva que implican, entendiendo que puede reducirse la fe a un mero sentimentalismo.
Si bien es cierto que todas estas prácticas de nueva evangelización tienen implicaciones muy directas en las emociones, esto es absolutamente intencionado. Cuestión distinta es pretender que la evangelización se agote en la emotividad de la persona. Recordemos las palabras de Dios a través del profeta Ezequiel (36,24-28), que nos dice «…. arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne, os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis decretos...». Lo primero que hace Dios es cambiar nuestro corazón, y solo después es cuando infunde su Espíritu. No puede ser de otra manera, si no ablandamos nuestro corazón endurecido no podremos abrirnos al Espíritu Santo.

Les daré un corazón capaz de conocermeJeremías 24,7

Si permitimos que nuestras emociones sean «tocadas», si salimos de la coraza que nos hemos fabricado para tratar de mitigar nuestro sufrimiento, si salimos de nuestro «yo», estaremos en disposición de aceptar la acción del Espíritu Santo, y en el camino que indica 2 Cor 12,9: «Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad».
La fe –don del Espíritu Santo– no puede quedar reducida a un emotivismo, pero precisa ser aceptada por un corazón sensible y rendido. El desarrollo de la vida de fe vendrá después, mediante la vivencia del Evangelio, la formación, la búsqueda de la voluntad de Dios, la purificación personal, el perfeccionamiento de la vida sacramental, etc. para llegar a producir la auténtica metanoia, transformación radical de nuestro ser (inteligencia, emociones y voluntad). A partir de ese momento, el corazón pasará a un segundo plano, para que el Espíritu ocupe el lugar principal, como rector, guía, iluminador, inspirador, propulsor, corrector, etc. de nuestra vida, con el objetivo puesto en conseguir hacer nuestras las palabras de Gálatas 2,20: «No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí».
El reto es ahora para la Iglesia, integrar sin prejuicios a todos los que han encontrado una primera acogida mediante esta nueva evangelización, y aprender de su testimonio cómo el Espíritu Santo ha obrado rescatándoles de la muerte para darles vida, y dar juntos gloria a Dios.
Ante todo, seamos prudentes y sigamos el consejo de 1Ts 5,19-21 «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo, quedaos con lo bueno».
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