El obispo de Alicante, José Ignacio Munilla, elogió las tres encíclicas de Benedicto XVI
Homenaje a Benedicto XVI
Munilla ensalza el Catecismo de Benedicto XVI: «¿Qué haríamos sin él?»
El obispo de San Sebastián protagonizó la segunda jornada del congreso en homenaje a Ratzinger junto a Reig Pla y el cardenal Müller
«¿Qué sería de la Iglesia católica si la crisis del Sínodo alemán nos hubiese encontrado sin el Catecismo promulgado?», se preguntaba este jueves el obispo de Alicante, José Ignacio Munilla, durante su intervención este jueves en el congreso celebrado en la Universidad CEU San Pablo con motivo del 95º cumpleaños de Joseph Ratzinger. El evento fue organizado por el Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala, la Fundación Christiana Virtus V y la Asociación de Teología Eclesiástica.
Para Munilla, «el mayor legado que Benedicto XVI ha dado a la Iglesia es el Catecismo de la Iglesia Católica», que este mes cumple 30 años. El Catecismo se promulgó en octubre de 1992, durante el mandato de Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. «El mayor regalo de Dios en mi vida ha sido la experiencia de recibir y explicar el catecismo», insistió el obispo.
El prelado se refirió a la polémica entre los obispos alemanes como «una crisis en la que se propone que las fuentes de la revelación no son ya únicamente la Escritura y la tradición, sino también la opinión mayoritaria», en relación a las propuestas de ordenar a mujeres o repensar la moral sexual sobre la homosexualidad. «Es un signo de la providencia el que en este momento de tanta confusión y relativismo en el seno de la Iglesia tengamos promulgado el Catecismo», declaró.
Munilla insistió también en la importancia que Ratzinger daba a transmitir la fe en su totalidad, sin omitir partes por quedar bien con unos u otros. «Un catequista sin dogma es como un bombero sin agua», ironizó el obispo, y elogió las tres encíclicas de Benedicto XVI: Deus caritas est, Spe Salvi y Caritas in Veritate. «Esta última -detalló- da la clave: caridad en la verdad o verdad en la caridad; la herejía de nuestro tiempo consiste en la contraposición, en una falsa dialéctica antagonista, y esto nos está engañando porque Jesucristo es al mismo tiempo la verdad y el amor».
«Una lámpara encendida»
«Benedicto XVI es una lámpara encendida que nos alumbra en las tinieblas del presente», destacó el obispo emérito de Alcalá de Henares Juan Antonio Reig Pla, que abrió la jornada explorando las aportaciones del pontífice en relación a la familia y el matrimonio. «¿Qué le pasa a esta cultura? Que desconoce el amor, por haber abandonado la luz que nos ilumina; se ha quedado con la soledad amarga del individuo», lamentó el obispo emérito. También cargó contra la revolución sexual y la ideología de género, «furibundamente desarrollada en España en las nuevas leyes propuestas», insistió.
El ponente argumentó que estas corrientes llevan a entender la libertad humana como un desarraigo. «Ahora mismo nos cuesta amar, hemos de romper el círculo maléfico del egoísmo», destacó, y frente a este egoísmo citó los escritos de Benedicto XVI sobre el matrimonio. Reig Pla parafraseó al papa emérito: «El matrimonio -dijo- está enraizado en la esencia misma, profunda, de lo que es el hombre, y el hombre está enraizado en el misterio de Dios; es un ser dependiente de la sabiduría amorosa de Dios».
El prelado, no obstante, citó la encíclica Caritas in Veritate y destacó que el amor matrimonial y familiar no solo tiene relevancia en el ámbito privado, sino que presenta una relevancia social. «Las cuestiones de moral sexual -reflexionó- suelen reconducirse al sexto y el noveno mandamiento, pero la sociedad necesita del amor: si no, el espacio social no es más que un conglomerado de individuos con intereses contrapuestos».
El Instituto de Humanidades Ángel Ayala (CEU) organiza el congreso en homenaje al Papa emérito.
La verdad frente al relativismo
«¿Por qué tanta gente tiene miedo de la verdad?», se planteaba a continuación el alemán Ralph Weimann, profesor de teología dogmática y bioética en la Universidad Pontificia Santo Tomás de Aquino, en Roma. El también sacerdote abordó la cuestión del relativismo, que consideró «una amenaza para la fe, porque Jesucristo se nos ha revelado como la verdad». A su vez, señaló, esta es vista «como un ataque a los logros de la tolerancia».
Weimann se centró en el papel de Ratzinger durante los años que rodearon la celebración del Concilio Vaticano II. En los años 60, Ratzinger observó que Marx se había convertido en el nuevo guía para entender el significado de ‘progreso’. «Esta mentalidad progresista llegó también a la teología: la atención a la verdad de la fe no se veía moderna, se consideraba una carga inhibidora de la que desprenderse», apuntó el ponente.
El profesor distinguió entre dos formas de entender el diálogo: para los relativistas es «la quintaesencia de su credo», e implica poner todas las posiciones al mismo nivel, mientras que para los cristianos el diálogo es el camino a la verdad. «Como el relativismo no tiene fundamento -continuó-, ha de proteger sus premisas estableciendo normas absolutas que se manifiestan en restricciones siempre nuevas: surge así un sistema ideológico, una dictadura del relativismo, como lo llamaba Benedicto XVI».
«La Iglesia no es un programa humano»
El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cerró el evento con una disertación sobre la unidad de la Iglesia. «Nuestra fe cristiana no es la suma de experiencias místicas, ni el resumen teórico de nuestro conocimiento del mundo, ni la suma de los llamados valores occidentales: es la entrega libre en cuerpo y alma a Dios, uno y trino», introdujo.
Destacando que la unidad de la Iglesia «no es política, sino sacramental», se sumó a las críticas de Ratzinger contra una «Iglesia democratizada», porque implica que sea «politizada y naturalizada». Asimismo, insistió en que esta «es obra de Dios, y no un programa humano para establecer un paraíso en la Tierra». Recordó que todas las ideologías materialistas intentadas hasta el momento han fracasado, y advirtió que la versión más reciente de esta tendencia es el posthumanismo.
Müller cargó contra quienes pretenden defender un pluralismo dogmático y tildó estos intentos de «tendencias gnósticas». «Una sola fe conecta las diócesis con la única Iglesia del Dios Trino», abundó, y criticó las iniciativas de secularización. «Cuando uno deja que la infraestructura de la Iglesia se deteriore -cediendo templos vacíos para salas de conciertos o restaurantes-, ha renunciado internamente a la misión de la Iglesia», lamentó.
De la misma manera, señaló a los religiosos que «adoptan un estilo de vida laico y burgués», y rescató la receta de Benedicto XVI contra la auto-secularización: la desmundanización. «Cuando uno renuncia a la identidad no puede aspirar a la relevancia», concluyó.