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16 de junio de 2024

Pedro Arrupe

Pedro Arrupe SJ en Japón

Arrupe en Hiroshima: cuando un noviciado jesuita se convirtió en hospital entre miles de muertos

El padre Arrupe, superior general de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1983, fue testigo de aquella catástrofe que afrontó como médico y pastor, construyendo un hospital de campaña para la tragedia vivida en la ciudad

Uno de los hechos más trágicos que ha vivido la humanidad en su obsesiva tendencia a la confrontación fratricida y al enfrentamiento bélico, fue la destrucción de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki: acontecimiento de plena actualidad por la película Oppenheimer.

Tras la catástrofe, la humanidad tomó conciencia del poder destructor que tenía en sí a través del uso de su conocimiento. Desde el lanzamiento de las dos bombas, el número de víctimas entre las dos ciudades rondó el medio millón de muertos.

El padre jesuita, Pedro Arrupe, que había llegado a Hiroshima en 1938, vivió en primera persona la espiral de muerte en la que se convirtió la ciudad japonesa.

Tras ser arrestado el 8 de diciembre de 1941 bajo la acusación de ser espía y liberado unas semanas después, fue nombrado maestro de novicios en Nagatsuka, una localidad a siete kilómetros de Hiroshima.

Pedro Arrupe recogió en el libro Yo viví la bomba atómica cómo fue el día de la tragedia y el sufrimiento posterior. El 6 de agosto de 1945, a las 8,15 horas ,vio «una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos».

Al abrir la puerta de la capilla donde se encontraba, relata que, junto a los padres jesuitas y novicios, «oímos una explosión formidable, parecido al mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles…, que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas».

Aunque no había rastro de que hubiera caído una bomba por allí, ante ellos se extendió «un enorme lago de fuego» que dejó Hiroshima «reducida a escombros». Los que huían, lo hacían «a duras penas, sin correr, como hubieran querido, para escapar de aquel infierno cuanto antes, porque no podían hacerlo a causa de las espantosas heridas que sufrían».

«Estábamos recorriendo los campos de arroz que circundaban nuestra casa para encontrar el sitio de la bomba, cuando, pasado un cuarto de hora, vimos que por la parte de la ciudad se levantaba una densa humareda, entre la que se distinguían, claramente, grandes llamas. Subimos a una colina para ver mejor, y desde allí pudimos distinguir en donde había estado la ciudad, porque lo que teníamos delante era una Hiroshima completamente arrasada», relató Arrupe.

De noviciado a hospital

Los jesuitas improvisaron un hospital de campaña en la casa del noviciado. En ella, acomodaron a más de 150 heridos, de los cuales lograron salvar a casi todos.

El día de la bomba, más de 70.000 personas murieron en Hiroshima y otras 200.000 quedaron heridas. A finales de 1945, la cifra de muertos ascendía a 166.000 personas.

Para Pedro Miguel Lamet, el biógrafo del padre Arrupe, este acontecimiento «marca el centro del itinerario espiritual de Pedro Arrupe. Aquel instante eterno en la capilla, frente al reloj parado por la explosión, desata en su interior otro estallido de amor. Pedro transfor­ma la fuerza destructora, que acabó con 200.000 japoneses, en energía para la creatividad».

Ante este hecho, un sacerdote no puede quedarse fuera para salvar su vidaPedro Arrupe, SJ

El misionero

Al pastor y médico Arrupe, la devastación de la bomba, le hizo experimentar una especie de iluminación. Una y mil veces repetía: «Lo vi todo claro. Lo veo todo claro. Siempre fui feliz».

Desde el punto de vista médico, para Arrupe «saber que era la bomba atómica la que había explotado, no nos ayudaba nada, ya que nadie en el mundo conocía sus efectos en el organismo humano; nosotros éramos en realidad los primeros conejillos de Indias de experimentación».

En cambio, a juicio de Arrupe, «sí nos ayudó, y mucho, desde el punto de vista misionero. Porque nos dijeron: 'No entren en la ciudad porque hay un gas que mata durante setenta años'. Y entonces es cuando uno parece sentirse más sacerdote, cuando sabe que hay dentro de la ciudad cincuenta mil cadáveres que de no ser cremados, originarían una peste terrible. Además, había ciento veinte mil heridos que curar. Ante este hecho un sacerdote no puede quedarse fuera para salvar su vida».

Nagasaki, la comunidad católica más importante

Hace 78 años, Nagasaki, la otra ciudad que sufrió los efectos de otra bomba atómica, era el centro más importante de la comunidad católica japonesa, con una historia que se remonta al siglo XVI, probada por persecuciones a una comunidad que durante siglos mantuvo la fe en silencio, bautizando en secreto a sus hijos aunque no pudieran acceder a la Eucaristía por falta de sacerdotes.

​En Nagasaki, en 1597, 26 católicos fueron martirizados y en 1622, otros 56 creyentes más.

​Como informa Agencia Fides, la bomba nuclear estalló a 500 metros de altura, a medio kilómetro de la Urakami Tenshudo, la catedral de la Inmaculada Concepción, cuyas agujas habían sido tomadas como punto de referencia por los pilotos del B-29 que descargó la bomba de plutonio, llamada 'Fat Man'.

​En ese momento, había en la catedral unos 30 fieles que se confesaban para prepararse dignamente a las celebraciones de la Asunción. La catedral destruida era la mayor iglesia católica de Asia, edificada en 30 años.

​La bomba atómica de Nagasaki mató instantáneamente a 40.000 personas e hirió a 75.000. Y a finales de 1945 habían muerto 74.000 personas.
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