Miguel Maura y Montaner fundó las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico
El cura mallorquín y hermano de Antonio Maura, que hizo de la Eucaristía su vida
A pesar de su convalecencia en el hospital Gemelli, el Papa Francisco allana el proceso de beatificación de Miguel Maura y Montaner al reconocer sus virtudes heroicas
El nombre del sacerdote Miguel Maura Montaner no resuena con la fuerza de su hermano Antonio, quien, como líder del Partido Conservador, desempeñó un papel crucial en la historia de España al presidir el Gobierno durante el reinado de Alfonso XIII en cinco ocasiones. Sin embargo, Miguel, en la discreción y el servicio silencioso, dejó una huella imborrable en la Iglesia. Su vida, centrada en la adoración eucarística y en la formación de sacerdotes, ha sido reconocida por el Papa Francisco este martes, quien a pesar de su convalecencia en el hospital Gemelli, ha aprobado el decreto que declara heroicas sus virtudes, reconocimiento que no implica aún la canonización, pero sí abre el camino hacia ella.
Nacido en Palma de Mallorca en 1843, Miguel Maura ingresó en el seminario a los 15 años, movido por una fe que nunca se entendería sin la Eucaristía. Ordenado sacerdote en 1858, dedicó su vida a la enseñanza, la dirección espiritual y la evangelización de los jóvenes. Su ministerio, lejos de limitarse al ámbito parroquial, se desplegó en múltiples frentes: desde la educación de obreros en las escuelas nocturnas hasta la formación del clero como rector del seminario durante casi tres décadas.
Intelectual comprometido, colaboró estrechamente con José María Quadrado en la Asociación de Católicos, un influyente movimiento que defendía la presencia activa de la fe en la sociedad, desde donde ejerció como conferenciante y articulista. Llevó su labor evangelizadora a la prensa con la fundación del periódico El Áncora. Pero su gran obra fue la fundación de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico, una congregación femenina nacida en 1902 con un propósito claro: custodiar y fomentar la devoción a la Eucaristía con la oración, adoración y a la elaboración de formas que luego se consagrarían en la celebración de la Santa Misa.
Escritor, predicador y fundador
Maura no era un hombre de protagonismo ni de grandes discursos. Su espiritualidad, profunda pero sin estridencias, se reflejaba en su carácter austero y en su trabajo constante. Fue rector del seminario de Palma durante 28 años, ejerciendo una notable influencia en la formación del clero mallorquín. En paralelo, escribía en prensa, predicaba ejercicios espirituales y dirigía retiros, siempre con la mirada puesta en la centralidad de la presencia real de Cristo en el altar.
Su congregación, que durante décadas cumplió con su misión de adoración y servicio, no pudo resistir la crisis de vocaciones y en 2010 se fusionó con las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada. Sin embargo, su espíritu sigue vivo en la céntrica capilla de adoración perpetua de Palma de Mallorca, donde descansan sus restos.
Durante un siglo, la figura de Miguel Maura Montaner ha sido objeto de estudio por su discreta pero profunda huella en la Iglesia mallorquina. Descrito como un hombre de trato sencillo, riguroso en el cumplimiento de su deber y con una vida marcada por la renuncia a cualquier tipo de vanagloria, vivió su fe con intensidad sin caer en protagonismos.
«Escondido con Cristo en Dios», como se ha señalado en diversos estudios sobre su vida, conjugó misticismo y acción sin dispersarse en grandes gestas, pero dejando una obra firme y duradera. Lejos de cualquier protagonismo, vivió su vocación con discreción y entrega, dejando una huella profunda en quienes le conocieron.