Bartolo Longo fue beatificado por Juan Pablo II en 1980
El sacerdote satanista que se transformó en uno de los mayores difusores del Rosario será santo
Murió pronunciando un único deseo: «Ver a María, que me salvó y me salvará de las garras de Satanás»
«Si propagas el Rosario, te salvarás»: aquellas claras palabras resonaron en la mente de Bartolo Longo mientras caminaba, desorientado y atormentado, por el Valle de Pompeya en 1872.
Un joven abogado, marcado por el remordimiento y las consecuencias de un pasado sumido en el satanismo y el ocultismo, se encontraba frente a un abismo existencial. La vida le había dado demasiados golpes, y la desesperación no le daba tregua. Pero esas palabras, nacidas de una promesa de la Virgen, fueron el principio de todo.
Aquella voz inesperada no solo lo rescató de su caída, sino que acabaría llevándolo hasta los altares. En 1980 fue beatificado por san Juan Pablo II y ahora su causa da un paso más: el pasado 25 de febrero la Santa Sede confirmó que el Papa Francisco –ingresado en el hospital Gemelli– aprobó su canonización.
El inicio de su fin
Poco antes de este giro de veleta, Bartolo Longo había sido un joven ateo, un escéptico convencido que, como muchos otros en su época, se sintió atraído por las ideologías anticristianas y el espiritismo. Había sido educado en un hogar católico, pero la muerte de su madre cuando tenía solo diez años lo arrastró a una espiral de sufrimiento y duda que, con el tiempo, se transformó en rechazo por todo lo que representaba la religión y lo llevó por los caminos del espiritismo, satanismo y odio visceral hacia la Iglesia.
En su juventud, la lectura de La vida de Jesús de Ernest Renan, la obra anticristiana más influyente del siglo XIX en Francia, lo marcó profundamente. De allí pasó a fiestas, orgías y prácticas ocultistas, hasta llegar a un punto donde quiso ordenarse sacerdote satánico. En una ceremonia en la que perdió el sentido después de ver fenómenos extraños como paredes que temblaban, voces extrañas y visiones aterradoras, Bartolo Longo se vio arrastrado aún más hacia un abismo que lo comenzó a destruir.
Así comenzó una etapa breve pero intensa, en la que su salud se desplomó y su alma, acosada por el demonio, no encontraba descanso. Durante ese tiempo presidió ceremonias blasfemas y llevó a otros por el mismo camino, apartándolos de la fe que un día habían tenido, mientras él mismo se hundía en un pozo sin fondo.
«Morirás en el manicomio y te condenarás»
El punto de inflexión llegó cuando un antiguo profesor de la familia, Vincenzo Pepe, le advirtió sin rodeos: «Vas a morir en el manicomio y te vas a condenar para toda la eternidad». La dureza de esas palabras lo hizo despertar. Bartolo se acercó a un sacerdote dominico, el padre Alberto Radente, quien lo llevaría a la confesión y al reencuentro con la fe el día del Sagrado Corazón de 1865. Fue el primer paso hacia su conversión, aunque la lucha interior no cesaría tan fácilmente.
En octubre de 1872, Bartolo, en calidad de administrador de la condesa de Fusco, llegó al Valle de Pompeya para renovar un arrendamiento. La miseria y falta de fe de los habitantes del valle le dejaron una profunda impresión y lo que parecía una simple gestión se convirtió en el segundo punto importante que marcó su abrazo a la fe.
Imagen de la Virgen del Rosario que Bartolo Longo llevó a Pompeya en 1875, hoy una de las más veneradas de Italia
Bartolo, aún atormentado por su pasado, experimentó una «furiosa tempestad en el agitado mar de mi corazón», como describiría más tarde. «Con el corazón así acongojado, con la imaginación turbada, con la mente agitada de los más tristes pensamientos, y tan aflictivas ideas que me parecían rayanas en la desesperación, salí de la casa de Fusco, y sin rumbo cierto me eché a correr a la aventura», relató.
Y de repente, en medio de su desesperación, escuchó unas palabras que marcarían su conversión: «Si quieres salvarte, propaga la devoción del santo Rosario: es promesa de María». Fue ese preciso momento el que lo empujó a emprender una cruzada personal, a renunciar a su pasado y a abrazar una nueva misión: difundir la devoción al Rosario y llevar la luz de la Virgen a una región sumida en la indiferencia religiosa.
«El hombre de la Virgen»
Al principio, Bartolo Longo pensó en distribuir medallas, estampas y rosarios puerta a puerta, pero pronto se dio cuenta de que muy pocos en la región sabían rezar el Avemaría. Fue entonces cuando ideó fundar la Cofradía del Rosario, una organización que no solo promoviera la oración, sino que también se convirtiera en un apoyo para la comunidad: ayudar a los difuntos en sus entierros, asistir a los enfermos, organizar matrimonios para jóvenes sin recursos y fomentar el fervor cristiano entre los más necesitados.
No satisfecho con solo predicar, Longo se dedicó a difundir la devoción a través de varios medios: fundó un periódico, escribió una novena a la Virgen que todavía perdura y estableció orfanatos, escuelas y otras obras de caridad. La pequeña parroquia del Santísimo Salvatore, antes olvidada, se transformó en el centro de una renovada devoción.
Los campesinos encontraron en el Rosario un refugio de fe y, bajo la guía del obispo de Nola, comenzó la construcción de un nuevo santuario dedicado a la Virgen del Rosario, que pronto se convertiría en uno de los más venerados de Italia.
Murió en 1926 pronunciando: «Mi único deseo es ver a María, que me salvó y me salvará de las garras de Satanás». Décadas después, el 26 de octubre de 1980, Juan Pablo II lo beatificó, reconociendo su entrega total al servicio de la Madre de Dios al decir que «puede ser definido verdaderamente como el hombre de la Virgen».