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Britain's Queen Elizabeth walks with Pope Benedict XVI, followed by Prince Philip,  in the Morning Drawing Room of the Palace of Holyroodhouse in Edinburgh, Scotland September 16, 2010. Pope Benedict arrived in Britain on Thursday hoping to win over one of Europe's most secular countries, but a last minute diplomatic hiccup and the possibility of a low turnout threaten the success of the visit. REUTERS/Dan Kitwood/Pool   (BRITAIN - Tags: ROYALS SOCIETY POLITICS PROFILE RELIGION)

La reina Isabel de Inglaterra camina junto a Benedicto XVI, seguida por el príncipe FelipeREUTERS

Quince años de la visita que devolvió al Papa a tierras inglesas tras cinco siglos

Desde Escocia hasta Londres, cada encuentro estuvo impregnado de un mensaje: la fe no es un obstáculo ni un relicto del pasado; es un factor determinante en el «camino histórico y al debate público de la nación»

Fue un viaje esperado, medido, histórico. La visita de Benedicto XVI a Inglaterra marcó la primera presencia de un Pontífice desde que Enrique VIII rompió las relaciones con Roma en el siglo XVI, una ruptura motivada por la urgencia de un heredero varón y la ambición personal de un monarca que quiso separar la Iglesia de Inglaterra de la autoridad del Papa para anular su matrimonio con Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena.

No era, sin embargo, la primera vez que un Papa pisaba suelo británico: Juan Pablo II lo había hecho en 1982, aunque en un viaje pastoral. Lo que distinguió a Benedicto XVI fue el carácter de su desplazamiento, la primera visita de Estado de un Sumo Pontífice al Reino Unido, que cinco siglos después regresaba con un mensaje claro sobre la presencia y la relevancia del Evangelio en una nación que había decidido caminar sola, demostrando así la capacidad de la fe para superar heridas históricas.

El 16 de septiembre de 2010, Benedicto XVI fue recibido por la Reina Isabel II en Edimburgo, un encuentro que el propio Pontífice describió como «muy cordial», y se caracterizó por el intercambio de pareceres sobre algunas preocupaciones para el bienestar de los pueblos del mundo y «el papel de los valores cristianos en la sociedad».

Desde Escocia hasta Londres, cada encuentro estuvo impregnado de un mensaje: la fe no es un obstáculo ni un relicto del pasado; es un factor determinante en el «camino histórico y al debate público de la nación».

El eco de los mártires ingleses

Durante su estancia, Benedicto XVI beatificó en Birmingham al cardenal John Henry Newman —hoy santo y próximo doctor de la Iglesia—, presentándolo como un ejemplo luminoso de conciencia abierta y obediencia a Dios: «El camino de la conciencia no es un cerrarse a sí mismo, sino apertura, conversión y obediencia a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida».

En Glasgow, donde celebró la primera misa del viaje, Benedicto XVI recordó la urgencia de evangelizar la cultura frente al «relativismo generalizado que amenaza con oscurecer la verdad inmutable de la naturaleza del hombre». Era un mensaje dirigido no solo a los católicos, sino a toda una sociedad marcada por la secularización, a la que el Papa proponía recuperar sus raíces cristianas como antídoto ante el vacío moral.

En Londres, el Pontífice se dirigió a adolescentes y jóvenes, que lo acogieron con entusiasmo. Con palabras claras, les advirtió que no se conformaran con la mediocridad y no persiguieran objetivos limitados, contentándose con decisiones cómodas, sino que aspiraran a algo más grande, es decir, «la búsqueda de la verdadera felicidad, que sólo se encuentra en Dios».

Reflexiones que parecían resonar con la propia historia inglesa. Allí donde personajes como Tomás Moro, Juan Fisher o Tomás Becket prefirieron perder la vida antes que renegar de su fe, Benedicto XVI proponía a las nuevas generaciones un mismo horizonte de coherencia: no vender la conciencia al poder, no aceptar la comodidad de los honores a costa de la verdad. Todos ellos rechazaron las ofertas de los monarcas para abandonar a Cristo y, por esa fidelidad, fueron condenados a la misma suerte: un tajo en la cabeza. En ese eco de mártires se entendía mejor la insistencia del Papa en que la verdadera felicidad y la verdadera libertad solo se encuentran en Dios.

La crisis de los abusos

Pero no todo en aquellos días fue ceremonia ni celebración. En un gesto inédito por su claridad y humildad, Benedicto XVI afrontó de frente la crisis de los abusos sexuales dentro de la Iglesia. A bordo del avión rumbo a Edimburgo, antes incluso de pisar suelo británico, sorprendió a los periodistas al admitir que la Iglesia en su conjunto —los obispos y el Vaticano— no había sido lo suficientemente «vigilante, veloz y decisiva» a la hora de afrontar estos casos.

Ya en Reino Unido, sus palabras se tradujeron en un gesto concreto. En la nunciatura apostólica de Londres, el Papa se reunió con víctimas y escuchó sus testimonios. Según una nota difundida por el Vaticano, Benedicto XVI se mostró profundamente conmovido al escuchar sus historias y les expresó «su profundo dolor y vergüenza por su sufrimiento y el de sus familias».

El Pontífice «rezó con ellos y les aseguró que la Iglesia católica seguirá aplicando las medidas necesarias para proteger a los jóvenes», además de comprometerse a hacer «todo lo que esté a su alcance para investigar los cargos y aplicar la justicia» a los miembros del clero implicados.

El alma cristiana de Europa

El rezo de las vísperas en la Abadía de Westminster, primera vez que un Pontífice cruzaba sus puertas, se convirtió en uno de los gestos más significativos de la visita. «Fue un momento importante en las relaciones entre la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana», reconoció el Papa alemán.

Aquel eco de reconciliación no se borró con el paso de los años. Cuando se anunció el fallecimiento de Benedicto XVI, Rishi Sunak, primer ministro por aquel entonces, evocó precisamente aquel viaje de 2010: «Me entristece enterarme del fallecimiento del Papa emérito Benedicto XVI. Fue un gran teólogo cuya visita al Reino Unido en 2010 marcó un momento histórico tanto para católicos como para no católicos de todo nuestro país».

El propio Benedicto XVI, en una audiencia general posterior a su regreso a Roma, resumió el sentido profundo de su visita: «Este viaje apostólico ha confirmado en mí una profunda convicción: que las antiguas naciones de Europa tienen un alma cristiana, que forman una unidad con el ‘genio’ y la historia de sus respectivos pueblos, y que la Iglesia no cesa de trabajar para mantener despierta continuamente esta tradición espiritual y cultural».

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