La geopolítica de León XIV
El Papa ha levantado su voz para hablar de Dios, no de «dioses fuertes». De dignidad humana universal, no de tribalismos de sangre y terruño. De la mano del San Agustín de 'La ciudad de Dios', ha condenado tanto el identitarismo woke de sexo y raza como el nacionalista de las patrias como absolutos
El discurso de León XIV al Cuerpo Diplomático (9 de enero) no podía ser más oportuno. Vivimos un momento vertiginoso en el que muchos dan por muerto el orden internacional construido tras la II Guerra Mundial, basado en principios como la renuncia a la guerra de conquista, la juridificación progresiva –ubi ius, ibi pax, que diría Kant- de las relaciones internacionales, el reconocimiento de los derechos humanos como baremo moral desde el que medir la legitimidad de un régimen…
Ahora está de moda burlarse de la impotencia de esos ideales, pero lo cierto es que la segunda mitad del siglo XX y primer cuarto del XXI han sido mucho más pacíficos y humanitarios que el dantesco periodo 1914-45: menos guerras, menos totalitarismo, ninguna anexión de territorios por la fuerza, más cooperación entre naciones, y la extensión progresiva de la democracia a la mayor parte de Hispanoamérica, la totalidad de la Europa central-oriental sojuzgada hasta 1989 por la URSS, buena parte de Asia (Japón, Corea, etc.) e incluso algún país africano.
La invocación de los tratados internacionales sobre derechos humanos jugó un papel central en la lucha contra dictaduras de izquierdas o de derechas (los checos de Carta 77 o los polacos de Solidaridad, por ejemplo, exigían a sus gobiernos que respetasen los compromisos sobre libertades firmados por sus gobiernos en la Conferencia de Helsinki de 1975).
Los ideales ilustrados de 1948 (fecha de la Declaración de DD. HH. de la ONU) vienen siendo traicionados por la izquierda woke, que inventa constantemente «nuevos derechos» antinaturales (a matar al niño en gestación, a «cambiar de sexo», a cancelar toda opinión distinta de la suya, so capa de «discurso de odio»…), basados en el principio «mi deseo es la ley». Como respuesta se ha desarrollado una nueva derecha que, en superreacción pendular, considera obsoletos los ideales de 1948, proponiendo en su lugar el retorno a la Realpolitik y la búsqueda del interés nacional como criterio exclusivo.
La expresión más clara de esto es, por supuesto, la ideología MAGA. En la conferencia de prensa que siguió a la meritoria operación americana en Caracas, Trump hubiese podido hablar de restablecimiento de la libertad de los venezolanos; en lugar de eso, despreció a María Corina Machado, exigió muchas veces «acceso al petróleo» y confirmó la continuidad (¿provisional?) del régimen chavista. Los plazos de la vuelta a la democracia quedaron en indefinición total, aunque se ha producido el gesto esperanzador de la liberación de algunos presos. La intervención, que hubiese podido ser justificada como injerencia humanitaria -una figura contemplada por el Derecho internacional- para librar a millones de una tiranía infecta, fue presentada como rapiña de recursos ad maiorem Trumpis gloriam.
Pero esto es muy coherente con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana, que reniega de la proyección universal (moral e ideológica, no sólo realpolitisch) del EE.UU. de Roosevelt, Truman o Reagan -que venció a los totalitarismos fascista (1945) y comunista (1989)- para volver a una óptica centrada exclusivamente en el interés nacional, interpretado en estrechos términos económicos y geoestratégicos. EE.UU. ha dejado muy claro que ya no quiere ser promotor mundial de la democracia. Esa nueva perspectiva equivaldría a un acuerdo tácito entre los tres colosos militares para repartirse el globo en zonas de influencia: EE.UU. reclama Hispanoamérica -y ahora incluso Groenlandia, poniendo en peligro a la OTAN- como patrio trasero («corolario Trump» a la doctrina Monroe), mientras que dejaría manos libres a Rusia para reconstruir su viejo imperio (como intenta criminalmente en Ucrania desde 2022) y a China para señorear Asia oriental (¡ay de Taiwán!).
El Papa ha levantado su voz para hablar de Dios, no de «dioses fuertes». De dignidad humana universal, no de tribalismos de sangre y terruño. De la mano del San Agustín de La ciudad de Dios, ha condenado tanto el identitarismo woke de sexo y raza como el nacionalista de las patrias como absolutos. Los cristianos -citó- habitan la ciudad terrenal «con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, su verdadera patria». Y rompió una lanza por el ahora denostado multilateralismo, que no es más que la búsqueda del bien supranacional, de intereses comunes: «La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza». «La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende. Se ha roto el principio establecido tras la II Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas», dice, creo que aludiendo sin nombrarla a la invasión de Ucrania, la primera guerra de conquista desde 1945.
La ONU y sus agencias pueden haber sido desvirtuadas por funcionarios internacionales «progresistas», pero la solución no es destruirla, sino reconducirla a su noble propósito original, el Friedensbund o «liga de la paz» kantiana: «Fue precisamente esta actitud [de belicismo nacionalista] la que llevó a la humanidad a la tragedia de la II Guerra Mundial. De esas cenizas nació la ONU […]. Fue creada por la determinación de 51 naciones como centro de cooperación multilateral con la finalidad de prever futuras catástrofes mundiales».
Ahora que se considera patriótico despreciar al Derecho internacional, co-inventado por el español Francisco de Vitoria (véanse los insultos cosechados por Felipe VI por haber asumido su defensa), León XIV recuerda que «el Derecho internacional humanitario, además de garantizar un mínimo de humanidad durante los estragos de la guerra, es un compromiso que han contraído los Estados». El ius in bello es simplemente civilización: no atacar objetivos civiles, usar la fuerza de forma proporcional…
El mismo ejercicio de «no tirar el bebé con el agua sucia del baño» lo repite el Papa en relación a la idea de los derechos humanos. Que los neoderechos woke se estén volviendo contra los derechos humanos genuinos no es una razón para renegar de estos últimos. Por ejemplo, so capa de defender a los grupos supuestamente oprimidos por la inexistente (al menos, en Occidente) dominación machista-racista-homófoba, el falso progresismo ha intentado restringir la libertad de expresión: «Especialmente en Occidente, el espacio para la libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan». Por tanto, no a la censura woke, sí a la libertad de expresión.
Y sí a los demás derechos humanos verdaderos, empezando por el de la vida: «El aborto interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida. […] El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos». Y siguiendo con el de libertad religiosa (del que no sólo son titulares los cristianos): «Los datos más recientes muestran que las violaciones de la libertad religiosa están aumentando y que el 64% de la población mundial sufre restricciones de este derecho». Pero sin dejar de recordar especialmente a los cristianos perseguidos: «La persecución de los cristianos sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas en la actualidad, que afecta a más de 360 millones de creyentes». Además de la represión directa, en muchos países -incluso los democráticos- se extiende una forma sutil de discriminación consistente en sostener que los cristianos deben «guardarse sus creencias para la vida privada», sin intentar influir en las leyes y políticas (¿acaso se exige lo mismo a los ateos?): «Se les restringe su capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia».
El Papa tocó también, como vemos, el resbaladizo asunto de la inmigración, que es el resorte principal del crecimiento de MAGA y otros movimientos de nueva derecha. Como en lo demás, lo hizo con equilibrio: reconoce que es legítimo que los gobiernos combatan «la criminalidad y la trata de personas», pero ello «no debe convertirse en un pretexto para socavar la dignidad de los migrantes y refugiados». «No se puede pasar por alto que cada migrante es una persona».
León XIV enfocó también el que considero el problema más grave de nuestro tiempo: la especie está dejando de reproducirse (muchos países tienen tasas de fecundidad un 40% inferiores a la de reemplazo). El Papa habló del «dramático descenso de la natalidad». Y lo relacionó atinadamente con el declive del matrimonio (cada vez se casa menos gente, cada vez más se divorcian): «La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer».
En definitiva, León XIV ha hecho gala de lo que Jean Birnbaum ha llamado «el coraje del matiz», propio de los «moderaditos», que diría Diego S. Garrocho. En un momento de polarización de la opinión en paquetes ideológicos cerrados (sea el neomarxismo woke, sea el neonacionalismo «antiglobalista»), el magisterio de León XIV examina los asuntos uno a uno: se puede defender el derecho a la vida sin abominar del multilateralismo o del Derecho internacional; se puede estar contra el feminismo radical o la «teoría crítica de la raza» sin volver al «might makes right» y la razón de Estado maquiavélica («la política exterior es una cuestión de poder, no de moral»).
La moderación no es cobardía sino equilibrio, y tiene sólidas raíces en la tradición filosófica occidental: los primeros «ciudadanos del mundo» fueron los estoicos; quien dijo que la virtud está en el justo medio entre dos extremos perniciosos fue Aristóteles; la temperantia o moderación fue siempre considerada una de las principales virtudes por los griegos y por los cristianos. Y el primer «globalista» fue nuestro Francisco de Vitoria, que declaró ilegítima la guerra de conquista en su Relectio de iure belli y afirmó que «el orbe todo es de algún modo una sola república».