Fundado en 1910

Monje de la abadía organizando los miles de boletines que imprimen cada mes para enviarlos por todo el mundoAbadía san José de Clairval

La pluma del monje, contra el algoritmo: el discreto triunfo de los benedictinos que envían 30.000 cartas a los cinco continentes

La magnitud del esfuerzo por poner en circulación gratuitamente más de 100 kilos de misivas, gestionado íntegramente por los propios monjes de la abadía de San José de Clairval, desafía la lógica de la comunicación digital predominante

No es solo el paisaje de Flavigny-sur-Ozerain lo que sobrecoge al visitante, sino la extraña y perfecta armonía de una comunidad que ha sabido injertar el rigor de la introspección ignaciana en el tronco milenario de la tradición benedictina.

Dom Augustin Marie Joly, fundador de la abadía de San José de Clairval

La historia del monasterio de San José de Clairval recuerda a la de esa semilla de mostaza de la que habla el Evangelio: algo mínimo, casi imperceptible en su origen, destinado, sin embargo, a crecer en silencio. Nació en Suiza en 1972 como una pequeña comunidad monástica, sin otro propósito que vivir con fidelidad la Regla de san Benito. Cuatro años más tarde, aquella semilla fue trasplantada a la tierra de Borgoña, un enclave cargado de historia.

No era un lugar cualquiera: desde el siglo VIII, Flavigny había sido custodio de la oración benedictina, primero en torno a una gran abadía dedicada a san Pedro, de la que hoy permanecen la cripta carolingia y algunos edificios del siglo XVIII. Así, la abadía de San José de Clairval fue creciendo con discreción en uno de los pueblos considerados por muchos como los más bellos de Francia.

La práctica de la presencia de Dios

La vida en Clairval no admite medias tintas; es una búsqueda radical de Dios que comienza cada madrugada a las 5:25 con el oficio de Maitines. Bajo la guía de la Regla de San Benito, los monjes visten el hábito negro tradicional, pero reservan el hábito blanco para los oficios principales como un signo de veneración al Inmaculado Corazón de María.

Su jornada es un tejido de oración, liturgia, lectura espiritual y trabajo manual, donde el canto de las alabanzas divinas se sucede siete veces al día. A su vez, la comunidad se sostiene mediante la creación de iconos, la autoedición de libros y las cartas que envían por correo, entendiendo el trabajo como una continuación de la vida de oración y de la práctica de la presencia de Dios.

Un monje impartiendo una charla en un curso de retiro

Sin embargo, lo que confiere a esta abadía una fisonomía única en el orbe benedictino es su apostolado de retiros espirituales según el método de San Ignacio de Loyola. Por voluntad de su fundador, Dom Augustin Marie Joly, los monjes predican varias veces al año retiros de cinco días destinados a hombres, ofreciendo un itinerario de conversión que atrae a jóvenes y adultos desde los diecisiete años en adelante.

Quienes cruzan el umbral del monasterio no buscan una simple pausa en su rutina, sino sumergirse en la disciplina ignaciana para purificar el alma y reorientar su existencia hacia Dios. Es ahí donde también brilla la hospitalidad de San José de Clairval: no es una mera concesión de cortesía, sino un pilar teológico que se inspira directamente en la Regla de San Benito, según la cual el huésped debe ser recibido como si fuera el propio Cristo.

30.000 ejemplares gratuitos

Esa proyección exterior alcanza su máxima expresión en la Carta Espiritual, una publicación que hoy recorre el mundo entero traducida a siete idiomas. Lo que nació como una simple nota de aliento de Dom Augustin para los antiguos ejercitantes se ha transformado en un boletín mensual que narra las vidas de santos y conversos para sostener la fe de miles de personas.

Monjes de la abadía de San José de Clairvalabadía de San José de Clairval

Actualmente, se envían más de 30.000 ejemplares gratuitos a un centenar de países, lo que supone un esfuerzo logístico monumental donde los monjes gestionan semanalmente más de 100 kilos de correspondencia. Esta labor se financia exclusivamente a través de donaciones, permitiendo que las enseñanzas de la Iglesia lleguen incluso a los rincones más remotos de los cinco continentes.

Mirando hacia el futuro, la abadía enfrenta ahora el reto de su propia supervivencia estructural bajo la dirección de su tercer abad, Dom Jean-Bernard Marie Bories, elegido en 2020. La actual organización de los edificios, que durante años se limitó a la reconversión de espacios antiguos, afronta hoy desafíos estructurales que limitan la vida monástica tal como la concibió su fundador.

La ausencia de un claustro impide una circulación cómoda entre los distintos edificios, la cocina, construida en 1990, resulta inadecuada para las necesidades actuales. Asimismo, la dispersión de las habitaciones de los monjes ancianos y enfermos dificulta su atención y limita su participación en la vida comunitaria.

El noviciado, actualmente situado en un piso alto sin accesibilidad suficiente, necesita un espacio propio que cumpla los requisitos del derecho canónico. La comunidad desea reorganizar el corazón del monasterio para crear un claustro funcional, una enfermería adaptada, y un espacio que facilite la formación de los jóvenes y ofrecer unas condiciones materiales que acompañen y potencien la oración, la hospitalidad y la vida litúrgica.

Fachada exterior de la abadía San José de Clairval

El ambicioso proyecto de remodelación del corazón del monasterio, valorado en 7.5 millones de euros, representa la apuesta de estos monjes por preservar las condiciones necesarias para mantener viva no solo su tradición de oración, hospitalidad y formación de nuevas generaciones de monjes y visitantes, sino también el espíritu de la Regla de San Benito, que, como señaló el gran Benedicto XIV, «cambió, con el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa».