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El milagro de San Blas, en el que curó a un niño que se había asfixiado con una espina en la garganta

San Blas: el obispo del «corazón misericordioso» que protege nuestras gargantas

Cada 3 de febrero, tras la luz de la Candelaria, la Iglesia recuerda al mártir de Sebaste y recupera un rito que mantiene vivo desde el siglo XVI: la bendición con velas cruzadas, en recuerdo de aquel obispo que sanó a un niño mediante la oración

Tras la celebración de la Candelaria, el santoral católico fija su mirada cada 3 de febrero en una de las figuras más queridas de la Iglesia primitiva: san Blas. Este obispo de Sebaste–actual Sivas– ha trascendido los siglos como uno de los catorce santos auxiliadores, cuya invocación se considera eficaz contra determinados males físicos y del alma, manteniendo una veneración que permanece intacta a pesar de los escasos datos biográficos que se conservan sobre su vida.

El milagro de la espina y el martirio

La devoción popular se sustenta en relatos piadosos que narran su intercesión milagrosa. La leyenda más extendida cuenta cómo una madre desesperada acudió a la prisión donde Blas se encontraba encarcelado, portando a su hijo que estaba a punto de asfixiarse tras tragarse una espina de pescado. Gracias a la oración y la intervención del obispo, el niño sanó.

Sin embargo, la vida de este «obispo de corazón misericordioso», como le acabó apodando el pueblo, estuvo marcada por la dureza de las persecuciones cristianas de los siglos III y IV. Blas fue sometido a una cruel tortura en la que fue desgarrado con peines de hierro antes de ser decapitado hacia el año 316.

Una bendición que atraviesa los siglos

El rito que hoy conocemos se imparte de forma oficial en la Iglesia desde el siglo XVI. En esta ceremonia, el sacerdote sostiene dos velas cruzadas ante el fiel mientras pronuncia una fórmula centenaria: «Por la intercesión del santo obispo y mártir Blas, te libre el Señor de las enfermedades de la garganta y de todo mal».

Bendición de los fieles con las velas cruzadas en la festividad de san Blas

Existen otras variantes de la bendición que imploran la salud y la salvación, a las que el fiel responde con un sencillo «Amén». Esta conexión con las velas no es casual; el arte suele representar al santo con cirios encendidos, aludiendo a la mujer que, según la tradición, le llevaba alimento y luz mientras estaba en cautiverio. Más allá de los muros de la prisión, la figura de san Blas también se vincula con la naturaleza. Algunas imágenes lo muestran en la soledad del bosque rodeado de animales, testimonio de su vida en tiempos de persecución.

Aunque en algunos lugares se le invocó también como protector de los ganados, fue en la protección contra los males y enfermedades de la garganta donde arraigó con mayor fuerza su devoción popular. No se trata únicamente de un recurso piadoso para aliviar las incomodidades de un catarro, un constipado o una infección, ni siquiera para afrontar dolencias graves.

Consciente de que la garganta no es solo un órgano físico, sino también el cauce de la palabra, de la confesión y de la fe, el pueblo recurrió a san Blas cuando existía el riesgo de renegar de lo creído, cuando pesaban malas confesiones o cuando las intemperancias en la bebida habían dejado heridas más profundas que las meramente corporales. Así, la intercesión del santo se entendió no solo como remedio para el cuerpo, sino también como auxilio para el alma.