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Javier Barraycoa
Doctor en Filosofía y profesor de ciencias políticas en la Universidad CEU Abat Oliba

Lo que no te habían contado del Padrenuestro: ¿Perdona nuestras «deudas», o perdona nuestras «ofensas»?

Ciertamente, el término griego opheile (deuda) significa originariamente deuda económica. Por eso muchos defienden que la traducción «ofensas» es mejor pues es más espiritual. Pero hemos de indagar en la profundidad del término original

Act. 02 feb. 2026 - 10:27

Cuadro de las almas del purgatorio

Cuadro de las almas del purgatorioCaballeros de la Virgen

En 1986, el Vaticano dio unas instrucciones a la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) para que en todo el mundo hispano se rezara igual el padrenuestro. Para ello se unificó la traducción de la versión latina en la petición que rezaba: «et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus debitóribus nostris», tal y como se recoge en Mateo 6. En el texto unificado, el término «deudas» (considerado como demasiado económico) fue cambiado por el de «ofensas». Ciertamente, el término griego opheile (deuda) significa originariamente deuda económica. Por eso muchos defienden que la traducción «ofensas» es mejor pues es más espiritual. Pero hemos de indagar en la profundidad del término original.

Nuestro Señor, tras la enseñanza de la oración, realiza una catequesis que recoge san Mateo: «Porque si vosotros perdonáis a otros sus faltas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial. Pero, si no perdonáis a los hombres las faltas suyas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados». De hecho, en la versión del padrenuestro recogida en el Evangelio de Lucas (11, 2-4) la palabra «deudas» se sustituye a modo de sinónimo por «pecados»: «Perdónanos nuestros pecados así como nosotros perdonamos a todo el que esté en deuda con nosotros». Evidentemente la palabra «ofensa» tiene un campo semántico más reducido que el de «pecado» o «falta».

Podemos especular por qué Cristo eligió un término que fue traducido en griego como el de «deuda» económica. Entre otras cosas, tendría mucho sentido catequético para los judíos que lo estaban escuchando. En Deuteronomio 15, 1 se especifica que cada siete años «se perdonará a su deudor todo aquel que hizo empréstito de su mano». O en Levítico 25, 8-55, se establece el deber de rescatar al que se ha empobrecido con las deudas económicas: «Cuando tu hermano empobreciere, y vendiere algo de su posesión, entonces su pariente más próximo vendrá y rescatará lo que su hermano hubiere vendido». Así, en los jubileos, cada cincuenta años, se debían saldar todas las deudas económicas.

Confesión, perdón y deuda pendiente

La «ofensa» carece de ese componente de remisión o rescate. La ofensa puede producirse voluntaria o involuntariamente y su reparación exige un perdón pero no necesariamente se acumula una deuda como sí ocurre cuando pecamos. Que nuestros pecados son perdonados por el sacramento de la confesión, y que queda un débito que deberá ser pagado posteriormente, es doctrina católica en su sentido más pleno. Y ello permite, entre otros argumentos la justificación de la existencia del purgatorio. En él, deberemos pagar nuestras deudas, aunque se nos hayan perdonado los pecados.

Sin esta obligación de pagar nuestras culpas, tampoco podría entenderse la jurisdicción de la Iglesia sobre las indulgencias, y que Lutero tomó como excusa para su ruptura con la Iglesia. En el comentario de santo Tomás de Aquino sobre el padrenuestro, leemos: «Mas le debemos a Dios aquello que le hemos quitado de su derecho».

Ahora bien, es derecho de Dios el que hagamos su voluntad, prefiriéndola a nuestra voluntad. Quitamos, pues, a Dios su derecho cuando preferimos nuestra voluntad a la suya; y eso es el pecado. Los pecados, pues, son nuestras deudas. Es, pues, consejo del Espíritu Santo que pidamos a Dios el perdón de los pecados; y por eso decimos: «Perdónanos nuestras deudas».

Por si hubiera dudas sobre la importancia de la palabra «deuda», en el Catecismo de san Pío V, en un epígrafe sobre el padrenuestro, se lee: «la solución de esta deuda es necesaria para salvarnos. Incluyéndose también bajo el nombre de deudas la obediencia, el culto, la veneración y demás obligaciones de esta clase; tampoco pedimos que no se las debamos en adelante, sino que pedimos nos libre de los pecados, pues así lo interpretó san Lucas, que puso pecados en lugar de deudas, porque, al cometerlos, nos hacemos reos ante Dios y quedamos sujetos a las penas debidas, que satisfacemos o pagando o padeciendo».

Este artículo fue publicado originalmente en el último número de 'La Antorcha', la revista de la Asociación Católica de Propagandistas.

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