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La renuncia de Benedicto XVI o la tristeza de la orfandad

Quienes tuvimos la gracia de conocerle de cerca —aunque fuese en encuentros breves y discretos— sabemos que en él no había cálculo, ni teatralidad, ni voluntad de impacto, sino una convicción profunda: que el Sucesor de Pedro no se pertenece a sí mismo, sino a Cristo y a la Iglesia

Act. 11 feb. 2026 - 10:14

Varias religiosas observan el helicóptero de Benedicto XVI el día de su renuncia

Varias religiosas observan el helicóptero de Benedicto XVI el día de su renunciaGTRES

La renuncia de Benedicto XVI, anunciada el 11 de febrero de 2013, no fue solo un acontecimiento jurídico inédito en la historia reciente de la Iglesia: fue, sobre todo, un hecho eclesial de enorme densidad, cuyas consecuencias aún estamos aprendiendo a medir con serenidad.

No se trató simplemente de la retirada de un Papa anciano y cansado, ni de un gesto administrativo revestido de humildad personal. La renuncia de Benedicto XVI significó la desaparición visible de un tipo de presencia petrina que, durante siglos, había ofrecido a la Iglesia una referencia clara de seguridad doctrinal, equilibrio pastoral y nobleza y ecuanimidad en el gobierno.

Quienes tuvimos la gracia de conocerle de cerca —aunque fuese en encuentros breves y discretos— sabemos que en él no había cálculo, ni teatralidad, ni voluntad de impacto, sino una convicción profunda: que el Sucesor de Pedro no se pertenece a sí mismo, sino a Cristo y a la Iglesia. Y precisamente por eso, su renuncia sigue siendo un misterio que no se deja reducir a explicaciones simples.

Un magisterio sin estridencias, pero firme

Benedicto XVI ejerció el ministerio petrino con un estilo que hoy resulta casi contracultural: sin estridencias, sin consignas, sin gestos grandilocuentes, pero con una extraordinaria densidad doctrinal y espiritual. No gobernó mediante golpes de efecto o caprichos —menos aún filias o fobias— personales, sino mediante la claridad de la verdad y la mansedumbre de la razón iluminada por la fe.

Su magisterio —desde las grandes encíclicas hasta los Ángelus dominicales, pasando por los macizos mensajes de los viajes apostólicos— estaba atravesado por una convicción central: la primacía absoluta de Dios. Todo en él remitía a Jesucristo como sentido último de la historia y del hombre. Por eso ofrecía seguridad: no porque lo resolviera todo, sino porque colocaba todo en su lugar.

Con su renuncia, la Iglesia no perdió solo a un Papa; perdió una forma de respirar, un modo de pensar y de creer sub specie aeternitatis. Perdió una voz que, sin imponerse, iluminaba; que, sin condenar, discernía; que, sin concesiones a la dictadura del relativismo, sabía dialogar con la modernidad desde la libertad que es patrimonio de la libertad y tiene el precio de la soledad.

Un hombre libre, y por eso cooperador de la verdad. Porque Joseph Ratzinger fue, ante todo, un hombre libre: libre de modas, libre de presiones, libre incluso de su propia obra colosal. Esa libertad —tan rara en nuestro tiempo— era fruto de una inteligencia humilde y de una fe profundamente católica y, por ende, eclesial. No hablaba desde lo políticamente correcto o desde la opinión (grado ínfimo de la verdad), sino desde la verdad misma; no desde la palestra que espera aplauso del mundo, sino desde la celda de la conciencia, que busca el agrado de Dios.

Su renuncia, en este sentido, fue coherente con toda su vida: un acto de desasimiento radical, incomprensible para categorías meramente políticas o sociológicas. Pero también fue un gesto que dejó a muchos sacerdotes, consagrados y fieles con una sensación de orfandad doctrinal, difícil de negar, poco sincero disimular y poco valiente silenciar.

Después, durante unos años misteriosos, su sola presencia —silenciosa, orante, retirada— seguía ofreciendo una referencia moral y teológica. Bastaba saber que estaba allí, en Mater Ecclesiæ (así, ¡como suena!), rezando, sosteniendo la Iglesia con la intercesión del justo. Cuando esa presencia se apagó definitivamente en este mundo, muchos experimentamos que algo esencial se había perdido, aunque no supiéramos formularlo con precisión.

Lo que con él perdíamos

Con Benedicto XVI, la Iglesia perdía una inteligencia teológica excepcional, al servicio de la fe de los sencillos; una visión alta del sacerdocio y de la liturgia, vivida con elegancia espiritual y profunda unción; una forma de gobierno sin estrépito, pero fecunda en vocaciones y fidelidades; un testimonio luminoso de santidad cotidiana, hecha de estudio, oración, humildad y caridad exquisita.

No se trata de idealizar ni de absolutizar una figura. Se trata de reconocer, con gratitud y verdad, que su pontificado ofreció a la Iglesia una estabilidad doctrinal y espiritual que después muchos añoraron, no por nostalgia, sino por filiación eclesial.

Una herencia que no se extingue

El tiempo, siempre juez sereno, irá colocando cada cosa en su sitio. La figura de Benedicto XVI será cada vez más comprendida, estudiada y reivindicada, no por reacción, sino por justicia histórica y eclesial. Su palabra, su magisterio y su ejemplo seguirán fecundando a generaciones que quizá no le conocieron en vida, pero que beberán de su claridad.

Mientras tanto, su herencia permanece: en una teología que hace amable la verdad, en una liturgia que conduce a Dios, en una fe que no teme a la razón y en una libertad nacida del amor total a Cristo y a su Iglesia.

Benedicto XVI se hizo a un lado «por el bien de la Iglesia». El misterio de esas palabras quizá no lo desentrañemos nunca del todo. Pero una cosa es cierta: su vida, su obra y su ejemplo siguen señalando la Luz, como dice del Bautista el último Evangelio de la Misa de siempre, que él tan sabiamente rescató: Non erat ille lux, sed ut testimonium perhiberet de lumine.

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