Juan Pablo II siguió su último Vía Crucis antes de morir por televisión, desde su capilla privada, abrazado a una cruz
El último Vía Crucis de Juan Pablo II: el abrazo al madero que nació del dolor de un carpintero polaco por su mujer
Aquel 25 de marzo de 2005, el mundo no contempló a un Pontífice siguiendo por televisión la liturgia, sino a un hombre despojado de voz que se aferraba a un trozo de madera como un náufrago a su tabla
La escena permanece grabada en la retina de miles de fieles. Era Viernes Santo del 2005 y los muros del Coliseo romano, testigos del martirio de los primeros cristianos, se iluminaban un año más para el Vía Crucis. Sin embargo, por primera vez en su largo pontificado, la silla del Papa estaba vacía. El fuerte y carismático Karol Wojtyla estaba confinado en su capilla privada, siguiendo la ceremonia por televisión, vencido por la enfermedad y el silencio por una traqueotomía que le habían realizado un mes antes.
Cuando la meditación llegaba a la decimocuarta estación, el Papa, incapaz de articular palabra, pidió un crucifijo con un gesto. El arzobispo Stanisław Dziwisz se giró hacia el secretario Mieczysław Mokrzycki con la breve orden. Mokrzycki corrió hasta su propio dormitorio y descolgó de la pared un crucifijo que le habían regalado años atrás. Después de eso, lo que el mundo vio después a través de las pantallas no fue un acto más, sino a Juan Pablo II abrazándose a la cruz como un niño, buscando en ese madero el consuelo que su cuerpo ya no podía encontrar.
¿Dios en el banquillo?
Esa cruz no procedía de los talleres del Vaticano, sino de las manos de Stanisław Trafalski, un escultor de Stefkowa, al sureste de Polonia. En 1990, su esposa Janina sufrió un accidente doméstico mientras limpiaba los cristales de su casa; una caída que le fracturó la columna y la condenó a una silla de ruedas de por vida.
Tras aquel fatídico accidente, el silencio y la oscuridad se apoderaron del hogar de los Trafalski. Janina, sumida en un profundo dolor físico y espiritual, ocultaba su invalidez al mundo y se cuestionaba con amargura a Dios: «¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?», mientras temía por el futuro de su hijo Sebastián, que entonces solo tenía seis años, según relata el periódico polaco Niedziela —un destacado semanario católico de Polonia, cuyo nombre significa «Domingo» en polaco—.
En medio de la oscuridad y el resentimiento inicial de Janina contra Dios, Stanisław se encerró en su taller. No buscaba crear una obra de arte, sino un asidero para su mujer. Talló aquel crucifijo negro como un regalo para ayudarla a sobrellevar su parálisis, un símbolo de que el sufrimiento compartido es menos pesado. Años después, en el 2000, cuando una delegación local viajó al Vaticano, el alcalde pidió al escultor una obra para el Papa, y fue su esposa Janina quien sugirió regalar su crucifijo personal.
El grano de trigo que muere
Resulta profundamente elocuente que el hombre que había proclamado el valor del sufrimiento en su carta Salvifici Doloris terminara sus días sostenido por la cruz de una mujer que había aprendido a sufrir en el anonimato de una aldea polaca. Como recordaría el entonces cardenal Joseph Ratzinger en las meditaciones de aquella noche: «Si el grano de trigo, al caer en tierra, no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto».
Sentados frente a la televisión aquel Viernes Santo, todo se detuvo cuando las cámaras enfocaron la capilla privada del Papa. «¡Janina, es la misma cruz que te hice!», exclamó Stanisław con incredulidad, mientras ella, conmocionada, repetía que aquello era imposible. Contemplaban, junto al resto del mundo, cómo ese sencillo madero nacido de su propio dolor se convertía en el refugio de un Pontífice que se aferraba a él. Pero esa felicidad de Janina estaba bañada por cierta amargura, sintiéndose indigna de aquel honor al recordar cómo, tras su accidente en 1990, se había rebelado contra Dios preguntándole con amargura «¿por qué a mí?».
Aquel 25 de marzo de 2005, el grano de trigo estaba muriendo frente a las cámaras. Se mostraron imágenes del Pontífice de espaldas, abrazando ese crucifijo en su capilla privada, con la cabeza reclinada, como el testimonio final de su pontificado y una expresión de plena identificación física y espiritual con la cruz de Cristo. Hoy, ese madero ha regresado a Polonia y es venerado como una reliquia, donde sigue encendiendo la fe de quienes lo contemplan.
Janina, años después de aquel momento, confesaba sentirse feliz a pesar de sus manos quemadas por el esfuerzo de la vida cotidiana en su silla de ruedas. Aquellas 'persianas' de su alma que cerró para ocultar su dolor al mundo se abrieron de par en par al ver su propio madero convertido en el último báculo de un Papa agonizante. Había entendido, al igual que el Papa al que regaló su cruz, que la verdadera libertad no reside en la movilidad del cuerpo, sino en la capacidad de abrazar el propio madero con el amor de quien sabe que no camina solo hacia el Calvario.