Un año de la muerte de Francisco: el último Urbi et Orbi que dejó entrever su final
El 21 de abril de 2025, tras un declive clínico que el mundo siguió a través de un mes de intensos partes médicos, Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa hispanoamericano de la historia, falleció a los 88 años
Féretro del Papa Francisco
Eran más o menos las 10 de la mañana del 21 de abril de 2025, Lunes de Pascua, cuando la noticia empezó a correr por Roma y el mundo: el Papa Francisco había muerto. Aunque el deterioro de las últimas semanas había 'acostumbrado' a los periodistas del Vaticano a contemplar ese escenario, cuando llega el momento nunca se está del todo preparado.
En cierto sentido, aquella crónica empezó a escribirse el 14 de febrero, con su ingreso en el Hospital Gemelli. Nadie imaginaba entonces que serían 38 días marcados por partes médicos, alertas crecientes y una rutina informativa dominada por la espera. Cada tarde, el parte de las ocho se convirtió en una cita obligada. Neumonía bilateral, broncoespasmo, insuficiencia respiratoria... Los términos se acumulaban y, aunque uno no es médico, entendía que la persona que los sufría no volvería a ser la misma.
El alta del 23 de marzo pareció abrir una tregua. La expectación en el Gemelli era máxima: cientos de personas aguardaban una imagen, una señal. Cuando Francisco se asomó desde la quinta planta, frágil pero presente, muchos quisieron ver en aquel gesto una remontada. Pero aunque recibió el alta entre los vítores de unas 600 personas e incluso con la presencia del alcalde Roberto Gualtieri, la imagen de aquel hombre visiblemente desmejorado, asomado al balcón del hospital, ya no engañaba a nadie. Apenas unas semanas después, tras su última aparición en el Urbi et Orbi del Domingo de Resurrección, Francisco moría en Santa Marta a las 7:35 de la mañana.
Comienza otra historia
En pocas horas la Oficina de Prensa de la Santa Sede se convirtió en el centro neurálgico de un acontecimiento global. Llegaron periodistas de todo el mundo, se multiplicaron las colas, las acreditaciones, las carreras entre un acto y otro. El traslado del féretro, la capilla ardiente, el funeral, el recorrido hasta Santa María la Mayor, las congregaciones generales, el cónclave... Todo se encadenó sin pausa.
Cubrir esos días era informar, pero también observar cómo una institución bimilenaria desplegaba toda su liturgia en un momento de transición histórica. Vivirlo desde dentro deja huella, pero no por puro sentimiento, sino por la conciencia de estar asistiendo a algo que excede lo periodístico. Uno cubre los hechos, toma notas, escribe deprisa, busca confirmar datos, entra en directo. Pero en algún momento entiende también que está siendo testigo de un cierre de época.
Momentos antes de la inhumación del féretro de Francisco
Tenía 5 años cuando Ratzinger fue elegido Sucesor de Pedro y 13 cuando Jorge Mario Bergoglio salió al balcón de San Pedro. Recuerdo aquel instante como muchos recuerdan dónde estaban en ciertos momentos históricos. Nunca pensé que años después vería, desde la columnata de Bernini, el traslado de su féretro hacia la basílica para abrir la capilla ardiente, ni que me tocaría contarlo desde Roma.
Quizá eso es lo que dejan acontecimientos así: no solo emoción, sino una perspectiva. La de entender que a veces el oficio te coloca delante de episodios que también ordenan tu propia memoria. Y que contar la muerte de un Papa no consiste solo en narrar el final de un pontificado, sino en medir, casi en tiempo real, el alcance de un legado. Una tarea que no es sencilla.
Misericordia y perdón
Sin embargo, bastaron pocos días para que se multiplicaran análisis 'exhaustivos' sobre lo que dejaba Francisco, sus aciertos, sus ambigüedades, sus reformas inconclusas y el tipo de Papa que ahora necesitaría la Iglesia. Es un ejercicio inevitable, pero también arriesgado cuando se hace con la prisa de la actualidad. Hay acontecimientos que exigen algo más que opiniones rápidas: piden tiempo para comprender y prudencia para escribir. Quizá con Francisco ocurra eso. Su pontificado deja debates abiertos, tensiones evidentes y no pocas preguntas, pero también algunas intuiciones que sería simplista despachar.
Más allá de los grandes debates sobre reformas, periferias o tensiones internas, el pontificado de Francisco dejó también enseñanzas espirituales que han pasado más desapercibidas y que, sin embargo, ayudan a entender mejor el núcleo de su pensamiento. Una de ellas fue su profunda confianza en san José –a quien presentaba como modelo de silencio, valentía y providencia–, su apuesta por devolver centralidad al Sagrado Corazón como síntesis del amor concreto de Cristo, y su convicción de que la misericordia no era un acento pastoral más, sino «el corazón del Evangelio».
No fueron elementos secundarios de su pontificado, sino claves que muchas veces quedaron opacadas por lecturas exclusivamente políticas de su figura. Francisco no solo habló de pobres y periferias; también insistió en la confianza en la providencia, advirtió en numerosas ocasiones sobre la existencia del demonio y sobre el peligro de dialogar con la tentación. Asimismo, subrayó la importancia de la reparación, de la confesión y de una vida interior más arraigada en la experiencia del perdón. Una semilla de todo ello que se reflejó también en su insistencia en escuchar, en transmitir la alegría del Evangelio y en salir al encuentro de quienes están lejos.